domingo, 25 de febrero de 2007

La Roma Republicana (327-70 a.C.): Guerra e Imperialismo.

La victoria en la guerra reportaba monumentos conmemorativos a las ciudades que llenaban de laus o gloria a su promotor.
Recreación de una batalla del ejército romano.
Todas las primaveras el Estado romano movilizaba su ejército para combatir contra sus vecinos. La lucha ocupaba un lugar importante en la formación del aristócrata romano adolescente y adulto. Según Polibio, no se podía acceder a un cargo político importante en Roma sin haber completado una serie de campañas militares. Así, por ejemplo, los hombres con un futuro político por delante accedían al cargo de tribuno militar por elección o selección. El acceso al consulado llevaba consigo mucha responsabilidad, tanto en el poder político como en la guerra, de modo que era normal que uno de los cónsules fuera a la guerra cada año. La valentía y el éxito en las campañas bélicas eran fuentes de gloria, aunque el conocimiento de leyes y oratoria también eran importantes para el acceso a cargos públicos importantes.

La victoria en la guerra reportaba una serie de monumentos conmemorativos a las ciudades como altares, columnas, arcos del triunfo, etc. y llenaba de laus o gloria a su promotor. Aportaba también enriquecimiento a la población como producto del saqueo, de la incorporación de nuevas tierras, de la esclavitud, etc. Los hombres más distinguidos competían entre sí por la fama, que era la base de la nobilitas. Esta iba íntimamente ligada a la riqueza ya que ayudaba a extenderla y a mantenerla. Los romanos le dieron mucha importancia al triunfo individual hasta la segunda mitad del siglo II a.C., lo que puede explicar su actitud belicosa hacia los otros Estados.

La fides romana era un poderoso motivo para que Roma no atacara a un Estado con el que existía un acuerdo, pero habitualmente la invocación de la fides era el pretexto que justificaba una intervención armada en nombre de un Estado con el que Roma estaba aliado. Normalmente el Senado no deseaba hacer la guerra impulsivamente, sino que mostraba cautela para evitar muchos compromisos simultáneos.


En el 151 a.C. empezó a ser más frecuente que uno de los cónsules pasara el año sin ir a la guerra. Los motivos podían ser la dificultad de reclutar legionarios o el menor entusiasmo de los propios cónsules.


El Estado romano era aristocrático pero permitía al ciudadano medio ejercer cierta influencia sobre la política exterior. El Senado tenía en cuenta la opinión del pueblo en sus decisiones sobre la paz o la guerra, aunque tras la guerra de Aníbal el poder directo del pueblo disminuyó.
El ciudadano medio, según muchos historiadores, se oponía a la forma más agresiva del imperialismo romano. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la bravura mostrada en una batalla era una fuente de prestigio y de ascenso social, y que la guerra aportaba botín y tierras. Además, la idea de patriotismo frente a algunos enemigos que debieron ser odiados en mayor o menor medida por el pueblo pudo ser otra estimulación. De todas formas, en las fuentes es difícil diferenciar a un recluta de un voluntario.


A mediados del siglo II a.C. la actitud de la ciudadanía ante la guerra empezó a cambiar. Esto se observa en la aparición de nuevas leyes y en la proletarización de las legiones por Mario en el 107 a.C.


Los móviles económicos de la guerra y de la expansión fueron importantes ya que pasaron a manos romanas enormes extensiones de tierras, grandes riquezas procedentes del botín, millones de personas esclavizadas y pagos de diversos tributos. También sacaron provecho de la situación los hombres de negocio romanos. Hay varias posturas sobre la importancia del interés económico de la guerra. Por una parte están los investigadores italianos con sus teorías mercantilistas, y por otra los angloparlantes que dicen que hablar de mercantilismo es un anacronismo moderno. Según parece, los motivos económicos estuvieron ausentes hasta el siglo II a.C., cuando se inició un cambio gradual. Posiblemente en las guerras italianas se produjeron algunas expediciones de saqueo y para la obtención de tierras y esclavos, pero no es seguro que hubiera ambiciones mercantiles.


Entre el 327 y el 220 a.C., se aprecia en las fuentes que el enriquecimiento por medio de la guerra era algo normal y aprobado. Se percibe una conexión entre la expansión militar y la riqueza, aunque no aparece la codicia como fuerza motriz del avance romano. De hecho, hay autores que niegan que los ingresos públicos adicionales fueran un móvil significativo para llevar a Roma a la guerra y la expansión.


A partir del 219 a.C., Roma se va transformando en una potencia mundial. El Estado había incrementado enormemente los ingresos públicos antes de la Segunda Guerra Púnica sin que los gastos aumentaran de forma comparable.


El botín era repartido entre el Estado, los senadores y los soldados, lo cual era una práctica normal y legítima, ya que estos beneficios no tenían que ir destinados a fines públicos. Con el tiempo, el sistema del saqueo empezó a considerarse despreciable y deshonroso, como se vio a partir del 146 a.C. cuando la posibilidad de enriquecerse pacíficamente en las provincias disminuyó la importancia del saqueo. Los miembros de la alta sociedad desaprobaban la avaricia de los gobernantes, aunque era normal que sacaran algún beneficio económico su situación privilegiada. Sin embargo, no eran los únicos que sacaban provecho de la situación, ya que muchos romanos no senatoriales que realizaron largos períodos de servicio militar compartieron proporcionalmente los beneficios económicos de la victoria. Incluso los más acaudalados ejercieron cierta influencia en la guerra y en la expansión cuando, por ejemplo, ocupaban lugares definidos de la estructura política. Del mismo modo, los grandes terratenientes se beneficiaron enormemente de la ocupación y la propiedad de las nuevas tierras y del abastecimiento de esclavos, que eran la base de la fuerza de trabajo en la agricultura y en otras actividades. También se vieron favorecidos por la ampliación de mercados y por la política intervensionista del Estado.


Económicamente se vieron beneficiados con la guerra otros ciudadanos como los participantes en las obras públicas, los recaudadores de impuestos, los negotiatiores, y los que abastecían de ropas, armas, etc. a las tropas. Por otra parte, muchos ciudadanos emigraron a las provincias en busca de oportunidades económicas, pero no es seguro que esto influyera significativamente en el apoyo a las guerras y en su participación en ellas. La perspectiva de botín tuvo mayor importancia a la hora de reclutar soldados.


El Senado se anexionaba un territorio cuando era posible y rentable hacerlo. Los romanos consideraban las provincias anexionadas y los lugares sobre los que Roma ejercía el control como parte del Imperio, pero nunca hubo una planificación estratégica a largo plazo. Polibio, que narra y analiza el proceso de expansión, no duda en afirmar que los romanos de su época y de otras anteriores querían ampliar su imperio, con lo cual se ve la actitud dominante de Roma en el mundo. Se ha intentado demostrar que Polibio se equivocaba con la opinión de que Roma se no expandía para defenderse de sus vecinos. Muchos investigadores, al intentar dar una explicación a la expansión del Imperio romano, se basan en la teoría del imperialismo de autodefensa, que es una de las más extendidas. En ella se argumenta que los romanos se sentían más víctimas de la presión de otros pueblos que promotores de un impulso expansionista; pero no hay que olvidar que los romanos pedían la expansión del Imperio en sus ritos religiosos oficiales estatales, que le daban mucha importancia a los dioses de la guerra y a Victoria, que en su literatura hay referencias a la expansión, etc. En realidad carecemos de fuentes romanas importantes para esclarecer este hecho, ya que muchos debates internos del Senado, por ejemplo, eran inaccesibles incluso para los investigadores de la época.


Lo que sí es cierto es que los romanos intentaban que todas las guerras que ellos iniciaban pareciesen justas. Según Polibio, tenían buen cuidado de no aparecer como agresores, sino aparentar estar siempre defendiéndose. La ley fecial fue uno de los mecanismos usados por los romanos para declarar una guerra justa. Formaba parte de un dispositivo para desencadenar un ataque, es decir, era una declaración de guerra por medio de embajadas. Era una obligación religiosa que se llevaba a cabo de forma aparentemente pedante y formalista, que les pudo servir para recuperar la confianza en sí mismos. La cuestión es si el procedimiento impidió de algún modo los ataques romanos, cuyos propósitos no se consideraran defensivos.


En el año 133 a.C. se expresó por primera vez que el Imperio romano incluía todo el mundo, lo que provocó que decayeran sus ambiciones y que el servicio militar perdiera su atractivo.


El año 202 a.C. es la fecha aceptada por muchos investigadores para proponer que Roma decidió no anexionar más territorios. El Senado prefería mantener Estados clientes aunque se vio obligado a hacer algunas anexiones en Macedonia, Egipto y África. Se han dado diferentes explicaciones a esto, como la dificultad de la constitución de una ciudad-estado de administrar tan vastos territorios, el miedo de la aristocracia al prestigio y al poder que podían alcanzar algunos individuos llevando a cabo actos de anexión, la evasión de la corrupción, etc. William V. Harris piensa que no hubo un principio de anexión, sino que eran más importantes las alianzas, las amistades nacionales y las conquistas. Habitualmente, para proceder a la anexión, el Senado enviaba una comisión de diez legati para investigar y organizar los territorios. Posteriormente se les asignaban a las provincias incorporadas unas tropas de guarnición en caso de necesidad. Hasta el 101 a.C., este procedimiento se llevaba a cabo cuando en un territorio era posible y rentable. Sin embargo, en los años posteriores hay casos importantes de no anexión como Cirene o Egipto, que no fueron provincias hasta más tarde.


Mapa del Imperio romano.

Bibliografía recomendada: William V. Harris (1989). Guerra e imperialismo en la Roma republicana (327-70 a.C.). Madrid. Siglo XXI de España editores.

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