lunes, 5 de marzo de 2007

El hombre es un lobo para el hombre

Ayer fui al cine a ver una película de Leonardo Di Caprio, “Diamantes de Sangre”. Narra la historia de un ex mercenario blanco sudafricano que se dedica a traficar con piedras preciosas, y de un pescador negro que fue arrancado de su familia para realizar trabajos forzados en unos campos de diamantes. Los dos son africanos, pero sus vidas y sus circunstancias son muy diferentes. El destino los une en la búsqueda común de un extraño diamante rosa, una piedra preciosa de mucho valor en el mercado. La historia se desarrolla durante el caos de la guerra civil que se desató en Sierra Leona durante la década de 1990.
Como siempre suele ocurrir, la película no me ha dejado indiferente. Durante el trayecto que separa las salas de cine de mi casa he ido reflexionando sobre el porqué de la existencia de las guerras. ¿Es verdad eso de que el hombre es un lobo para el hombre? Si somos la especie más inteligente de la Tierra, por qué matamos por matar. ¿Vale más un barril de petróleo o un diamante que una vida humana? Supongo que si esa vida humana se encuentra a miles de kilómetros de Nosotros, donde no llega el ruido de las bombas ni de las balas, no vale nada. La distancia, la mentira y el “borreguismo” ensordecen los llantos de las madres que buscan a sus hijos entre las ruinas de los edificios. No somos capaces de ver, o no queremos hacerlo, que detrás de nuestro estado del bienestar existe un barrizal camuflado en guerras de religión o en luchas de superhéroes norteamericanos contra infernales dictadores. No nos conviene mirar el trasfondo, ni el más allá de los rollos que nos cuentan los telediarios. Los Estados invierten en la guerra para conseguir algo a cambio. Las guerras dan prestigio, botín y petróleo.

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