lunes, 12 de marzo de 2007

“Querido señor Caro Baroja...”

Hojeando algunos libros en una de las bibliotecas de la Universidad de Sevilla, encontré una carta que me llamó la atención. La escribió Gerald Brenan a Julio Caro Baroja en Churriana (Málaga) el 18 de noviembre de 1953. Para situarnos, Caro Baroja es hijo del editor Rafael Caro Raggio y de Carmen Baroja, sobrino del novelista Pío Baroja y del pintor Ricardo Baroja. Ejerció como profesor en la Universidad de Madrid, donde se había doctorado en la especialidad de Historia Antigua. Posteriormente dirigió el Museo del Pueblo Español de Madrid. Pues bien, la carta decía lo siguiente: “Querido señor Caro Baroja:... Estoy muy contento de saber que empieza usted a interesarse por Andalucía. No es todo gitanos y toros y cante jondo aquí. En el terreno folklórico y tradicional hay cosas muy interesantes que no se han investigado –por ejemplo, las ermitas dedicadas a la Virgen que se encuentran en sitios apartados de las poblaciones y casi siempre en lo alto de algún cerro. Se pudiera sacar un libro muy útil sobre ellas, contando sus leyendas, sus orígenes en la historia y quizás algunos enlaces con templos ibéricos. Muchas de ellas son de una arquitectura barroca bastante bonita y así el libro se pudiera ilustrar con fotografías. Y los exvotos, que van desapareciendo hoy, son algunas veces interesantes. Tanto se ha escrito sobre el cante andaluz, nada sobre su religión...”
Gerald Brenan tenía razón en lo que decía sobre que a mediados del siglo XX eran pocas las investigaciones que se habían realizado sobre la religión en el sur peninsular. En los años posteriores, los estudios sobre las creencias, rituales e instituciones religiosas meridionales han crecido. Se puede llegar a la conclusión de que esta sociedad interpreta y vive la religión a su manera. A pesar de que está encauzada por la institución, la doctrina y la autoridad oficial de cada época, la gente realiza la criba de su propia cultura, de forma inconsciente, y remodela las creencias y las formas religiosas adaptándolas a sus intereses. La religión, por tanto, no existe si no está representada en un marco sociocultural que la moldea y le da cierto contenido.
En Occidente, la religiosidad se mide siguiendo unos parámetros destinados a una religión más íntima y personal con lo sobrenatural. El ritual, por lo tanto, no es fundamental, auque en el sur de la península ocupa, de forma singular, un lugar muy destacado. En Andalucía, por ejemplo, se vive muy intensamente la religión a pesar de que no se participa de todos los principios de la iglesia ni se siguen sus rituales. La mayoría de los andaluces no son totalmente devotos, sino que practican un culto tradicional. Como muestra, se puede observar en la escasa asistencia a las misas dominicales o en la escasa aportación que se hace mediante el IRPF. Por ende, se puede concluir que la secularización va en auge y que el anticlericalismo permanece, incidiendo principalmente en las capas medias urbanas. El proceso de secularización se ve frenado, sobre todo en Andalucía, por la influencia de las hermandades y cofradías que mantienen a la sociedad cercana a la devoción por los santos titulares de sus corporaciones.
Para concluir, se debe subrayar que durante la evolución de las religiones es común que el hombre se acerque a sus divinidades con la finalidad de buscar beneficios, protección frente a las adversidades y ayuda en los tiempos de turbación. Se sobrepone a las aspiraciones espirituales elevadas y desinteresadas. Por consiguiente, la acción de gracias y la adoración tienen menor interés en la oración y el culto que las peticiones, las suplicas y las propiciaciones.
Con este breve análisis de la religión en el sur de España se pretende, entre otras cosas, que se perciba en la cercana Semana Santa de forma crítica los diferentes tipos de devociones, penitencias y falsedades que acontecen. Se podrá observar al típico hincha futbolero que todos los domingos excrementa verbalmente varias veces sobre la madre del árbitro en los campos de fútbol, con una cruz colgada al cuello y con cara de inmaculado en procesión por las calles de nuestros pueblos y ciudades.

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