La Arqueología y los rituales funerarios

Los seres humanos sabemos que la muerte es el final de nuestra existencia corporal, aunque la mayoría de las sociedades crean que hay algo más allá de la vida. El hombre de Neandertal fue quizás el primero en practicar los enterramientos de los miembros de su grupo. Desde entonces, el hombre ha incluido en su cultura algunas formas de ceremoniales para sus muertos, que en ocasiones son acompañados de actos que “ayudan” a la transición del difunto al mundo de ultratumba.
En los rituales funerarios pueden diferenciarse dos partes. Una es el funeral en sí, es decir, el paso del muerto de su vida carnal a la espiritual. La otra es el luto de los supervivientes, en la que los familiares se aíslan de la comunidad para luego reincorporarse con unas nuevas relaciones.
La historiografía historicista, basándose en presupuestos difusionistas, ha utilizado normalmente el ritual funerario como un criterio fiable para delimitar las áreas culturales y los procesos de contacto entre pueblos. Esto puede deberse a la creencia de que el ritual funerario se caracteriza por ser una de las prácticas culturales más resistentes a los cambios y cualquier variación en el rito (inhumación, cremación, etc.) se interpretaba como fruto de un dilatado proceso evolutivo o como la imposición de nuevas gentes llegadas a la zona, que imponían sus prácticas culturales más significativas. La Nueva Arqueología, por el contrario, amparándose en la documentación antropológica y etnográfica, opina que el mundo funerario es muy cambiante y que una misma cultura puede practicar dos tipos de rituales funerarios distintos.

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