Pero, ¿cuánto va a subir el nivel de los océanos?

Algunas estimaciones derivadas de los modelos del cambio climático auguran que, a finales del presente siglo, el nivel de los mares subirá una media de 2 metros. Ahora un nuevo pronóstico sostiene que se han equivocado; en el peor de los casos, dicen, las aguas se elevarán 0,8 metros. Sin embargo, otra predicción afirma que los anteriores estudios subestimaron la rapidez del deshielo de Groenlandia, que contribuirá a la subida de los océanos en casi 60 centímetros más de lo previsto. ¿A cuál creer?

Tales predicciones se basan en proyecciones del ritmo de deshielo de las eras glaciares, en cálculos de cuanto hielo alberga el planeta, y en la rapidez con que su descongelamiento repercutirá en los océanos.

La de los expertos de la Universidad de Colorado-Boulder se centra en la velocidad de descarga de los glaciares de Groenlandia y Antártida. De sus observaciones infieren que para elevar el nivel del mar en 2 metros, el ritmo de derretimiento debería aumentar 70 veces, una imposibilidad física. Más probable les parece que las aguas suban unos 0,8 metros, señalan en 'Science'.

En cambio, Anders E. Carlson, de la Universidad de Wisconsin, sostiene en 'Nature Geoscience' que la capa gélida de Groenlandia se derrite a un paso más acelerado de lo anteriormente calculado, por lo que su contribución a la subida de los océanos se situará entre uno o dos pies (30,4 y 60,9 centímetros). Carlson tuvo en cuenta, entre otros parámetros, la desaparición de la barrera de hielos de Laurentia hace unos 8.000 años, que provocó un aumento de los océanos de 1,2 centímetros al año.

Cuántas predicciones… A ellas dediqué un libro, “Historia del futuro” en donde decía que la ansiedad por saber lo que deparará el mañana ha sido constante en todas las culturas, siendo los métodos mágicos (astrología, quiromancia, ornitomancia…) los más habituales. El judaísmo nos legó la profecía. ¿Su originalidad? El profeta anuncia a su público los males que le aguardan de no cambiar su conducta (por abrir esa posibilidad, la profecía contiene el germen de su propia anulación). Luego, el pronóstico científico sustituyó a la profecía: fisgonear en el porvenir ya no depende de un don divino, sino de extrapolaciones de series estadísticas obtenidas de la experiencia del pasado. De la profecía se heredó su carácter proactivo: el mal pronosticado se atajará si se toman las medidas adecuadas. Así sucede en esta guerra de predicciones en que se ha convertido el debate sobre el cambio climático: la gran mayoría coincide en que la catástrofe se evitará si abandonamos nuestros hábitos contaminantes (unas pocas afirman que el desastre ya no tiene arreglo y sólo resta procurar que no sea mayor).

Muy interesante, me diréis, pero, ¿cuál es la fiabilidad de la predicción? Pues bien: esta técnica choca con serios límites: las extrapolaciones no contemplan factores imprevistos, a menudo decisivos; el número de variables manejadas siempre será inferior al existente en la realidad (solo la mente de Dios podría conocer todas las variables en liza); por no hablar del Efecto Mariposa, tan aficionado a fastidiar las proyecciones lineales. Y hay fenómenos inéditos de los que no disponemos antecedentes estadísticos (el calentamiento global brinda unos cuantos ejemplos). Dicho esto, no podemos negar que las técnicas predictivas evolucionan a pasos agigantados y que el contraste de los resultados ayuda al refinamiento de los pronósticos.

Invocar las limitaciones de las predicciones para tirarlas a la basura sería una tontería; igualmente necio sería tomarlas por la verdad revelada. En nuestra complicada situación no podemos confiar ciegamente en las predicciones, ni tampoco vivir sin ellas.
Extraído de Soitu

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