jueves, 12 de febrero de 2009

Pinceladas sobre el mundo de los Mayas.

Mayas: el ascenso.

El hacedor de reyes.

El forastero llegó cuando la época de sequía comenzaba a endurecer los senderos en la jungla, lo que permitía el paso de los ejércitos. Flanqueado por sus guerreros, se adentró en la ciudad maya de Waka, pasando al lado de templos y mercados, y atravesando las plazas. Los ciudadanos debieron quedarse boquiabiertos, impresionados no sólo por la exhibición de fuerza, sino también por los extravagantes tocados de plumas de estos hombres, las jabalinas y los escudos refulgentes: insignias reales de una remota ciudad imperial.

Las inscripciones antiguas dan como fecha del acontecimiento el 8 de enero de 378 y el nombre del forastero: ‘‘Nace el Fuego’’. Él llegó a Waka, en la actual Guatemala , como enviado de una gran potencia de la altiplanicie de México. Durante los siguientes decenios, su nombre figuró en los monumentos de todo el territorio maya, la civilización mesoamericana de la selva y, gracias a su legado, los mayas alcanzaron un apogeo que perduró por cinco siglos.

Los mayas han sido siempre un enigma. Hace algunos decenios, la majestuosidad de sus ciudades en ruinas y su hermosa pero entonces indescifrable escritura llevó a muchos investigadores a imaginar una noble sociedad de sacerdotes y escribanos. Cuando los epigrafistas aprendieron finalmente a leer los jeroglíficos mayas, surgió una imagen más oscura, de dinastías en guerra, rivalidades en la corte y palacios incendiados. La historia de los mayas se convirtió en un tapiz de fechas precisas y personajes de nombres evocadores.

Sin embargo, quedaban grandes misterios por resolver, entre ellos, qué impulsó el salto final de los mayas hacia la grandeza. En la época en la que se extendía la fama de Nace el Fuego, una ola de cambios sacudió el mundo maya. Lo que había sido un grupo de ciudades-Estado centradas en sí mismas amplió sus nexos con sus vecinos y con otras culturas, y alcanzó las alturas artísticas que definen el periodo maya Clásico. Nuevos indicios, extraídos de las ruinas tapizadas de maleza y obtenidos a partir del análisis de textos recién descifrados, apuntan a Nace el Fuego como la figura central de esta transformación. Aunque fragmentaria, la evidencia hallada en la última década sugiere que este misterioso forastero rehizo la dirigencia política del mundo maya. Combinando la diplomacia y la fuerza, forjó alianzas, instaló nuevas dinastías y amplió la influencia de la remota ciudad-Estado que él representaba, la gran metrópoli de Teotihuacan, ubicada cerca de la actual Ciudad de México.
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Extraído de National Geographic
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Mayas: el colapso.

Rivalidades funestas.

Un día del año 800, la pacífica ciudad maya de Cancuén se volvió un torbellino. El rey Kan Maax debió haber sabido que se avecinaban problemas, pues trató de construir parapetos improvisados en los accesos de su palacio de 200 habitaciones. Pero no terminó a tiempo.
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Los atacantes invadieron rápidamente las afueras de la ciudad e irrumpieron a raudales al centro ritual de Cancuén. La velocidad del ataque sigue siendo obvia hoy en día: construcciones inconclusas derrumbadas en el suelo, monumentos de piedra a medio tallar que enmarcan los senderos y platos y vasijas esparcidos por la cocina del palacio.

Los invasores tomaron 31 rehenes. Las joyas y los ornamentos encontrados con sus restos indican que eran nobles, tal vez miembros de la familia extendida de Kan Maax o huéspedes reales de ciudades conquistadas. Entre los cautivos había niños y mujeres; dos estaban embarazadas.

Llevaron a todos al atrio ceremonial del palacio y los ejecutaron sistemáticamente. Los asesinos utilizaron lanzas y hachas, con las que empalaron o decapitaron a sus víctimas. Colocaron los cuerpos en el chultún (aljibe) del palacio. De apenas nueve metros de largo y tres de profundidad, estaba forrado de estuco rojo y era alimentado por un manantial subterráneo. Los cuerpos, acompañados de prendas ceremoniales y adornos preciosos, cupieron fácilmente. Kan Maax y su reina corrieron la misma suerte. Fueron enterrados a 90 metros de distancia en 60 centímetros de relleno de construcción que serviría para remodelar el palacio. El rey aún portaba su elaborado tocado ceremonial y un collar de madreperla que lo identificaba como el Sagrado Señor de Cancuén.

Nadie sabe quiénes fueron los asesinos o qué buscaban. Aparentemente, no les interesaba el botín: unas 3 600 piezas de jade y artículos domésticos en el palacio y objetos de cerámica de la gigantesca cocina de Cancuén quedaron intactos. Pero, para los arqueólogos que durante los últimos años han excavado buscando evidencias, el mensaje es claro. Al depositar los cadáveres en el chultún, ‘‘envenenaron el pozo’’, dice el arqueólogo Arthur Demarest. También mellaron los rostros tallados en los monumentos de piedra y los colocaron bocabajo. ‘‘El sitio –dice Demarest– fue asesinado ritualmente’’.

Cancuén fue una de las últimas piezas del dominó que cayó en el valle del río La Pasión, una zona del antiguo centro maya en lo que hoy es Guatemala. Muchas ciudades ya habían tenido un final semejante y, a lo largo de toda la tierra caliente del sur de Mesoamérica, lo que llegó a conocerse como el periodo maya Clásico ya estaba en progreso. La civilización que había dominado la región durante 500 años entraba entonces en una prolongada e irrevocable decadencia.

Algunas efervescentes ciudades-Estado fueron destruidas por las guerras, pero otras simplemente decayeron. Los kuhul ajaw, o señores sagrados, que conmemoraban sus hazañas en murales, esculturas y arquitectura, ya no mandaban edificar obras nuevas. Las exposiciones públicas de escritura con glifos escasearon y las fechas en el sistema calendárico de la Cuenta Larga casi desaparecieron de los monumentos. La población disminuyó drásticamente. Los nobles abandonaron sus palacios, que fueron invadidos. Después, los habitantes emigraron y la jungla reclamó lo que quedaba.

Extraído de National Geographic

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