miércoles, 23 de marzo de 2016

La peregrinación a Jerusalén de Jesús de Nazaret en la arqueología

Jesús atravesó una de las puertas de las murallas de Jerusalén montado en un asno y deseando la paz a todos

Entrada triunfal de de Jesús de Nazaret en Jerusalén. Grabado de Hans Collaert (ca. 1530 - 1580)
En la entrada anterior analizamos la madurez de Jesús, desde un punto de vista arqueológico, y acabamos reseñando que, en la pascua del año 30, él decidió peregrinar a Jerusalén acompañado de sus discípulos. La fecha, por un lado, era la más apropiada porque se congregaban en la ciudad santa cerca de cien mil peregrinos pero, por otro lado, el momento era el más peligroso porque las autoridades extremaban las precauciones ante cualquier disturbio.

Jesús atravesó una de las puertas de las murallas de Jerusalén montado en un asno y deseando la paz a todos. Los evangelistas, con toda seguridad, han elaboraron este hecho teológicamente hasta convertirlo en una entrada triunfal del Mesías en la ciudad santa judía, pero ¿es posible que se tratara simplemente de una sátira o burla de las entradas triunfales de los romanos en las urbes? En opinión de Crossan, el propio acto de entrada “antitriunfal” pudo bastar para ejecutarlo.

Lo cierto es que, en la actualidad, se puede reconstruir la Jerusalén que pisó Jesús gracias a los textos y los restos que se conservan. La arqueología nos desvela que la Jerusalén del siglo I estaba amurallada y que, de norte a sur, tenía un aspecto alargado. El recinto fortificado resguardaba a toda una infinidad de casas, que podían ser más o menos altas, amplias o suntuosas, dependiendo del estatus económico y social de su morador. Sobre este enjambre cuasi homogéneo destacaban una serie de edificios de mayor envergadura que, en muchos casos, fueron obra de Herodes el Grande (37-4 a.C.).

En este conjunto más monumental, centrándonos sólo en los edificios relacionados con la presencia de Jesús en Jerusalén, embelleció y agrandó el Templo, erigió la torre Antonia y construyó el palacio de Herodes.

El Templo, el gran centro religioso y espiritual hebraico, estaba en obras en esa época y, de hecho, no se concluiría hasta cerca del año 64 d.C. Jesús, sin embargo, pudo observar el gran lujo de su ornato, su descomunal envergadura y, sobre todo, la impresionante plataforma que ampliaba el monte Moria, la más grande del Imperio Romano. Este gran podium estaba pavimentado y se sustentaba por un complejo sistema de muros, relleno y bóvedas que aún se puede ver o intuir. El famoso “muro de las lamentaciones” es uno de los hitos que aún se conservan del conjunto, junto a una rampa de acceso y a parte del podium. Sobre la plataforma se asentó la explanada de los gentiles, los atrios y el templo propiamente dicho.

Los evangelios narran que Jesús fue al Templo y, una vez dentro, protagonizó una peligrosa escena al comprobar que el mercado había corrompido un lugar que debía ser sólo de culto a Dios. Encolerizado, en la gran plataforma, volcó las mesas de los cambistas, tiró los puestos de los vendedores de palomas y expulsó a los vendedores y compradores. Puede parecer un gesto modesto, pero estaba cargado de una gran fuerza. Atacar el Templo era pinchar justo en el corazón del pueblo judío. Cualquier acometida contra el santo lugar era una ofensa peligrosa e intolerable para sus dirigentes y, en general, para todos los hebreos.

Por otro lado, Herodes también levantó la torre Antonia, en una zona aledaña al Templo,  sobre la antigua fortaleza de los Macabeos. En la actualidad, la construcción no se conserva, tan sólo se aprecia la base rocosa sobre la que se apoyaba. Sabemos, así, su posición contigua al templo, al norte, para vigilarlo y dominarlo. Lo cierto, no obstante, es que no sabemos seguro si Jesús estuvo allí durante su proceso de muerte, ni se puede afirmar con convicción si la fortaleza contuvo alguna guarnición romana para el control del santuario durante las fiestas. Lo único cierto es que la torre fue destruida, más avanzado el siglo I, durante la guerra judía.

Por último, el Palacio de Herodes, que sobresalía en el monte Sión, estaba cerca de la muralla oeste y próximo a tres grandes torres herodianas. El edificio fue el gran centro gubernamental de Herodes aunque, en tiempos de Jesús, se usaba como pretorio o residencia oficial de Poncio Pilato. Roma conocía bien el peligro de la fiesta de la pascua y desplazó a Jerusalén a Pilato para que reforzara la guarnición de la torre Antonia y para que cortara de raíz cualquier acción subversiva que pudiera contagiar a la masa de peregrinos. Allí, en el pretorio, sí estuvo Jesús durante el litigio.

Tras los acontecimientos del Templo, Pilato toma conciencia del peligro que representa Jesús para el orden público. Su persona atraía a las masas y su mensaje del “reino de Dios” iba contra la idea de la Roma imperial.

Como se verá en la última entrada de esta serie, Jesús murió ejecutado en el monte Gólgota o Calvario, a las afueras de Jerusalén, por órdenes de Pilato, condenado por insurrección contra el Imperio romano.

Vía| CROSSAN J. D. y REED J. L., Jesús desenterrado. Barcelona, Crítica, 2007
Imagen| Adarve