lunes, 10 de octubre de 2016

‘Mujeres de consuelo’, las esclavas sexuales de Japón durante la II Guerra Mundial

En torno a 200.000 mujeres violadas por hasta 30 hombres al día estuvieron cautivas en los campos de esclavitud sexuales de Japón

El primer requisito para ser mujer de consuelo era estar soltera
De 11 años para arriba, todas las mujeres de consuelo fueron esclavas arrebatadas de sus hogares para satisfacer las necesidades sexuales del ejército japonés durante la II Guerra Mundial. Las voluntarias que pusieron en marcha el primer burdel en 1932 no eran suficientes: las pretensiones niponas imperiales se extendían y, con ellas, su ejército.

Entonces el Emperador consideró que los anuncios que se exhibían en los periódicos japoneses para captar carne de burdel suponían una mancha en la honorabilidad de Japón, y por eso ordenó que los intermediarios buscaran en los países vecinos, Corea y China sobre todo, adolescentes que engordaran a la fuerza sus campos de explotación sexual.

Las estaciones de consuelo, como se denominaban estos campos de esclavitud sexual, tenían la finalidad de evitar conflictos con los países ocupados por Japón durante la II Guerra Mundial. Conflictos que vendrían motivados por las supuestas violaciones que sus militares podrían cometer contra las mujeres de aquellos países. Pero las violaciones existieron de igual modo.

También se argumentó que los prostíbulos tenían la finalidad de amansar el pronto revolucionario de los soldados, de calmar los desórdenes disciplinarios de los militares contra sus propias autoridades y de evitar las enfermedades venéreas. Pero en torno a 2.000 soldados japoneses murieron debido a infecciones sexuales.

Hasta 30 hombres al día

El primer requisito para ser mujer de consuelo era estar soltera; lo de joven se daba por supuesto. Así es que para salvaguardar la integridad y el honor, muchas orientales comenzaron a contraer matrimonio con quien fuese. Todas, excepto las niñas, que no contaban con la edad legal que se exigía para pasar por el altar. A estas las escondían para que no fuesen raptadas por el ejército japonés.

Las jugun ianfu, adolescentes y niñas de consuelo, eran llevadas a Japón desde los países ocupados. A las extranjeras se les rebautizaba con nombres locales antes de ser encerradas en cubículos cochambrosos que contaban con poco más que una cama ratonada donde debían cumplir las órdenes sexuales de hasta 30 hombres al día, y a la noche. Todo en primera línea de fuego.

El tiempo de consuelo para los soldados nipones estaba entre tres y 30 minutos. Hasta las habitaciones de guerra se acercaban con una autorización que había sido previamente firmada por algún oficial, y en la que aparecía el nombre su unidad, bajo sello, junto al tiempo que se le había concedido para satisfacer sus necesidades sexuales, porque las de la mujer de poco importaban.

Cada siete días revisaban la salud de estas chicas, y cada quincena les inyectaban el 606, el dioxidiamidoarsenobenzol que se utiliza en la actualidad para tratar las infecciones de sífilis, y que por entonces se usaba para provocar el aborto. Con tanto maltrato a la Naturaleza, las mujeres que fueron de confort no pudieron ser madres cuando alcanzaron su libertad, la física, porque la mental nunca la consiguieron.

Hoy, las que aún viven, descansan en 'La Casa Compartida'

Ninguna de las que fueran mujeres de consuelo se atrevió a contar al mundo qué había ocurrido durante los años en los que habían permanecido desaparecidas. En 1991, una de ellas, Hak-Soon Kim, destapó el horror. Tras ella, otras más.

Aunque el gobierno japonés se lavase las manos argumentando que las estaciones de consuelo nada tenían que ver con el ámbito militar, la Historia demostró que no era cierto. Entonces llegaron la capitulación y los remordimientos. Si bien la esfera pública nipona siguió obviando el asunto —a pesar de las presiones por parte de la Comisión sobre los Derechos Humanos de las Naciones Unidas—, algunos de sus ministros se ofrecieron a resarcir el dolor de las mujeres de confort con un puñado de dólares. Ellas no lo aceptaron.

Hoy, las que aún siguen vivas pasan sus días trabajando los campos de Nanumui Jib, La Casa Compartida, una residencia levantada por la caridad en Kyonggi, Corea del Sur. Un hogar para algunas de ellas.

Son pocas las que han visto cómo Japón se encontraba con Corea del Sur en 2014 para reconocer públicamente la deshonra de sus antepasados. Lo aceptan, sí, pero no se conforman: «Lloré tantas veces que hacia el final de la guerra no me quedaba ningún diente. Camino a duras penas. Me siento tan sola... No quiero vivir. Mi vida ha estado llena de lágrimas y pesar. Ya es hora de sentir un poco de alivio», dijo la ex mujer de consuelo, Soon-Ae, clamando la muerte en 2001.

Imagen| Wikimedia