sábado, 19 de agosto de 2017

Cleopatra, la víbora del Nilo (II)

Cleopatra se hallaba bajo la vigilancia de Octavio César, ¿por qué?
  
‘La muerte de Cleopatra’, óleo de Juan Luna (1881)
Como veíamos en la entrada anterior, Cleopatra se hallaba bajo la vigilancia de Octavio César. Los centinelas que la custodiaban eran romanos. César quería a toda costa conservar la vida de la reina, para que figurase encadenada a su carro de triunfo en Roma, y había dado las órdenes más severas para que se ejerciera con su persona la mayor vigilancia. ¿Cómo es posible que la reina de Egipto se las ingeniase para tener, fuera de su dorada prisión, contactos con el campesino que le trajo los higos debajo de los cuales se ocultaba la víbora del Nilo?

La versión del envenenamiento por la víbora tiene visos de leyenda, y además en ella se encuentran contradicciones. Unos historiadores pretenden que el áspid venía oculto no bajo los higos, sino bajo flores; otros hablan de racimos de uva. Se dice también que la reina guardaba el áspid en un vaso, en su palacio. También hay discrepancias sobre cuál fue la parte del cuerpo de la reina que ésta ofreció al mordisco letal. Cabanés dice que Shakespeare “coloca la víbora en los labios de la reina”. El ilustre doctor, que tan sagazmente plantea los términos de este problema, parece no recordar, al decir esto, el texto del drama Anthony and Cleopatra:
“Pobre loco venenoso —dice la reina aludiendo al áspid—, entra ya en furor y apresúrate... ¡Silencio! ¡Silencio! ¿No veis que la nodriza tiene el niño en el pecho y le da teta para dormirle?”
No entraremos, sin embargo, en la superflua discusión de los doctores Moreri y Ségur, que pretenden haber determinado incluso si fue en el pecho derecho o en el izquierdo. También se dice que la reina tuvo que pinchar al áspid perezoso con un huso de oro, para excitarlo, y entonces el animal la habría trabado del brazo. Esto coincide con la versión plutarquiana de que en la comitiva de triunfo de Octavio se paseó una efigie de la reina del Nilo llevando una víbora enroscada al brazo; y así se la ha representado después tradicionalmente.

Cuando Octavio, furioso al ver que habían fracasado sus medidas de seguridad, hizo registrar sistemáticamente la habitación donde había muerto la reina, no se encontró víbora alguna, ni en la cámara, ni en el sepulcro, que estaba practicado en el interior del mismo palacio. El propio Plutarco, después de haber transmitido muchos detalles de la versión, añade de un modo ingenuo y desconcertante:
“No sabemos, en verdad, cómo murió.” “Se dijo también —prosigue el de Queronea— que había llevado consigo el veneno en un alfiler hueco y éste lo tenía escondido entre el cabello. Pero no se notó mancha ni cardenal alguno en su cuerpo ni otra señal de veneno...”
En cuanto al reptil, después de atestiguar Plutarco que nadie logró encontrarlo —una víbora no se escapa como un ratón—, prosigue:
“Se dijo que se habían visto algunos vestigios de él a orillas del mar, por la parte del edificio que miraba al agua, y donde había ventanas abiertas.” (Los reptiles diminutos no dejan fácilmente huellas). “Algunos dijeron que se habían notado en el brazo de Cleopatra dos punzaditas sumamente pequeñas y sutiles, a lo que parece que dio crédito César.”
En la Antigüedad —exceptuando a los poetas, que por su oficio prefieren admitir versiones para dramatizarlas que investigar su verdad— ningún autor ha considerado segura la versión de la víbora. Suetonio dice: “Creían que murió de la mordedura de un áspid.” La cosa se complica cuando se ha querido investigar si en Egipto había realmente áspides. Muchos zoólogos modernos lo niegan, aunque otros lo afirman, porque en los paquetes de reptiles que se sepultaban con las momias, en algunas pirámides, por motivos de ritual, al tratar de analizar las diversas especies por el estudio de los huesos se ha creído encontrar un tipo correspondiente al famoso áspid del Nilo.

Las sospechas más comunes recaen sobre la naja hajé, cuyo veneno está considerado como actuante en forma de narcótico. En cierto modo resulta inverosímil que el reptil tuviese aún veneno al salir de la cesta de higos, pues al sentirse oprimido por el peso de éstos y prisionero en la cesta debió morder a diestro y siniestro, gastándolo antes de ser aplicado al brazo. El veneno del áspid tiene que ser segregado con cierto ritmo y no se improvisa después de varias mordeduras sucesivas. Y no sólo habría mordido el áspid los higos o las hojas que venían en el cesto, sino que, según la leyenda, mordería primero a Cleopatra y después a sus esclavas Iras y Carmiana, cosa poco menos que imposible, según los científicos, para causar la muerte.

Por último, el doctor Viaud-Grand-Marais, fundándose en que las habitaciones de Cleopatra estaban cuidadosamente, casi herméticamente cerradas cuando se producía la tragedia, propone que las tres se habrían asfixiado sometiéndose voluntariamente a las emanaciones de un brasero. El óxido de carbono deja sobre el organismo tan pocas trazas como fueron halladas en el cadáver de Cleopatra. Lo más divertido de esta hipótesis —y que no pertenece ya a Egipto, ni a Roma, sino al París de principios de siglo— es que estos suicidios solían emplearlos en la “Ville Lumière” las heroínas de melodrama de Montmartre, o como dice con elocuencia local Grand-Marais, “una lavandera engañada por un sargento en cambio de guarnición”. Esto para los sabios franceses es un inconveniente, por parecerles impropio de una reina el suicidarse como una lavandera; pero para nosotros no ha de serlo. ¿Qué sabía Cleopatra acerca de cómo se suicidarían en lo futuro las modistillas de Montmartre?

Bibliografía

TAYLOR WOOTS, J., Enigmas de La Historia. Libertarias-Prodhufi, 1999.

Autor| Jeremy Taylor Woots (adaptado)
Vía| Ver bibliografía            
Imagen| Museo del Prado   

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