Los megalitos no miraban al azar: el paisaje prehistórico entre España y Portugal revela una lógica oculta

Un estudio en la Serra do Laboreiro demuestra que los túmulos fueron situados siguiendo criterios precisos de altitud, relieve y significado territorial

Necrópolis megalítica de la meseta de Castro Laboreiro, Melgaço, Portugal | Crédito: Diacfc / Wikimedia Commons

En las montañas que separan España y Portugal, en la región de la Serra do Laboreiro, el paisaje conserva una huella silenciosa de las comunidades que lo habitaron hace milenios. Entre el Planalto de Castro Laboreiro y la Baixa Limia, centenares de estructuras megalíticas emergen del terreno como puntos dispersos, aparentemente aislados. Durante mucho tiempo, su distribución fue interpretada como el resultado de decisiones locales o incluso aleatorias.

Sin embargo, un estudio reciente ha alterado de forma decisiva esa percepción. Mediante el uso combinado de tecnología LiDAR, Sistemas de Información Geográfica (SIG) y análisis estadístico, los investigadores han demostrado que la ubicación de estos túmulos responde a un patrón coherente y deliberado. No son restos dispersos sin conexión. Forman parte de una organización espacial cuidadosamente construida.

El trabajo parte de una base inicial de 269 posibles yacimientos, de los cuales 178 han sido confirmados con precisión gracias al LiDAR. Esta tecnología, capaz de «ver» el relieve bajo la vegetación, ha permitido redefinir el mapa arqueológico de la zona con un nivel de detalle que antes era imposible.


La altura como elección consciente

Uno de los resultados más claros del estudio es la importancia de la altitud. La mayoría de los túmulos se sitúan entre los 800 y los 1.200 metros sobre el nivel del mar, lo que indica una preferencia sistemática por los espacios elevados.

Este dato no puede interpretarse como una simple consecuencia del terreno disponible. Las comunidades prehistóricas eligieron de forma recurrente emplazamientos en crestas prominentes o zonas relativamente llanas dentro de áreas de altura. Es decir, no solo buscaban estar en lo alto, sino en lugares específicos dentro de ese paisaje elevado.

Esta elección sugiere una relación intencional con el entorno. La altura no era solo una condición física. Formaba parte de la manera en que estas sociedades estructuraban su territorio y, posiblemente, su memoria colectiva.


La ubicación geográfica de la región de la Serra do Laboreiro dentro de la Península Ibérica, y el área de estudio con los monumentos megalíticos (puntos blancos) | Crédito: D. Lima e Silva et al. 2026 / Science Direct

El relieve como marcador simbólico

Más allá de la altitud, el estudio ha identificado otro elemento clave en la ubicación de los monumentos. La proximidad a afloramientos rocosos. Estos elementos naturales aparecen con frecuencia cerca de los túmulos, lo que indica que no fueron ignorados en el proceso de elección del lugar.

Los afloramientos rocosos actúan como puntos de referencia visibles y duraderos en el paisaje. Su presencia pudo haber tenido una función práctica, facilitando la localización de los monumentos. Pero también es probable que poseyeran un valor simbólico.

En muchas culturas prehistóricas, el paisaje no era un espacio neutro. Era un territorio cargado de significado, donde ciertos elementos naturales se convertían en ejes de organización social y ritual. En este contexto, los megalitos no solo ocupan el espacio. Dialogan con él.


Ver el horizonte, no dominarlo

Uno de los resultados más llamativos del estudio es lo que no se ha encontrado. A diferencia de lo que cabría esperar, la visibilidad panorámica no parece haber sido un factor determinante en la elección de los emplazamientos.

Durante años, se ha sugerido que los monumentos megalíticos se situaban en puntos estratégicos desde los que controlar visualmente el territorio. Sin embargo, el análisis estadístico no respalda esta hipótesis en el caso de la Serra do Laboreiro.

En su lugar, los investigadores han identificado una relación más sutil. Los túmulos se vinculan con el horizonte, con las líneas que definen el perfil del relieve, como crestas o alineaciones montañosas.

Esto implica una forma distinta de percibir el espacio. No se trata de dominar el paisaje con la mirada, sino de integrarse en él, de situarse en relación con sus formas más reconocibles.


Un paisaje que se construye con el tiempo

El estudio también revela que los megalitos no deben entenderse como estructuras aisladas. Forman parte de un proceso continuo de ocupación y reinterpretación del territorio.

Este fenómeno, descrito como satelitización, indica que nuevas construcciones se levantaban cerca de otras más antiguas. De este modo, los lugares adquirían una densidad simbólica creciente con el paso del tiempo.

Cada nuevo túmulo no solo ocupaba un espacio físico. Se insertaba en una red de significados preexistentes. El paisaje se convertía así en una especie de archivo, donde la memoria colectiva se acumulaba a través de generaciones.

Este proceso refuerza la idea de que la elección del lugar no era casual. Era una decisión que tenía en cuenta tanto el entorno natural como la historia previa del propio territorio.


Tecnología moderna para comprender decisiones antiguas

La aplicación de herramientas como el LiDAR y los SIG ha transformado la forma en que se estudian estos paisajes. Donde antes había incertidumbre y lagunas, ahora es posible identificar patrones con mayor precisión.

Este enfoque permite superar una limitación importante. La mayoría de los túmulos de la zona no han sido excavados, lo que dificulta el análisis directo de su contenido. Sin embargo, el estudio del paisaje en su conjunto ofrece una alternativa poderosa.

Al analizar variables como la altitud, la pendiente o la proximidad a determinados elementos, los investigadores pueden reconstruir las decisiones que dieron forma al territorio sin necesidad de intervenir en cada estructura individual.


Una lógica invisible hecha visible

El paisaje megalítico de la Serra do Laboreiro demuestra que las comunidades prehistóricas no actuaban de forma improvisada. Sus decisiones estaban guiadas por una lógica que combinaba factores ambientales, sociales y simbólicos.

Esa lógica no siempre es evidente a simple vista. Solo emerge cuando se analiza el conjunto, cuando se observan los patrones que conectan unos monumentos con otros y con el entorno.

Lo que hoy aparece como una dispersión de estructuras es, en realidad, el resultado de una planificación sostenida en el tiempo. Una forma de habitar el territorio que dejó una huella duradera.


A Mota Grande (A), Túmulo de Outeiro do Ferro Penagache (B), Outeiro do Ferro Penagache M5 (C).  | Crédito: Goreti Sousa ( en Sousa, 2012 , Vol. II, p. 62)

Cuando el paisaje se convierte en memoria

Los megalitos de la frontera entre España y Portugal no son solo restos del pasado. Son la expresión de una manera de entender el mundo en la que el espacio, la memoria y la comunidad están profundamente entrelazados.

Situar un túmulo en una cresta, junto a una roca o en relación con el horizonte no era una decisión trivial. Era una forma de inscribir a los muertos en el paisaje, de convertir el territorio en un lugar cargado de significado.

Tres mil, cuatro mil o cinco mil años después, ese mensaje sigue presente. No en forma de palabras, sino de piedra y relieve. Y en esa persistencia se encuentra una de las claves más profundas de la arqueología. Comprender que el paisaje no solo se habita, también se construye como memoria.

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