Los neandertales del norte de Europa también comían tortugas: Neumark-Nord revela una dieta más compleja de lo esperado
Un estudio en Alemania demuestra por primera vez que los neandertales explotaron tortugas de estanque al norte de los Alpes y los Pirineos, en un paisaje donde también cazaban elefantes
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| Esta ilustración muestra una tortuga de estanque europea arrastrándose junto a la pata de un elefante europeo de colmillos rectos | © Nicole Viehofer / MONREPOS–LEIZA |
En el paisaje lacustre de Neumark-Nord, en la actual Sajonia-Anhalt, al este de Alemania, los neandertales no se limitaron a cazar grandes mamíferos. Hace unos 125.000 años, durante el último interglacial, también recogieron y procesaron tortugas de estanque europeas en las orillas de dos cuerpos de agua que frecuentaron de forma reiterada. El dato puede parecer menor si se compara con la explotación de animales mucho más grandes, pero precisamente ahí reside su valor. Obliga a mirar la subsistencia neandertal no como una economía centrada casi exclusivamente en la caza mayor, sino como una estrategia mucho más flexible y diversa.
El estudio, basado en restos procedentes de las cuencas de Neumark-Nord 1 y Neumark-Nord 2, documenta por primera vez el aprovechamiento de tortugas por parte de neandertales al norte de las grandes cadenas montañosas europeas, más allá de la cuenca mediterránea. Hasta ahora, la explotación de testudines en contextos neandertales estaba bien atestiguada sobre todo en Iberia, Italia y el Levante, pero no en esta parte de Europa.
Lo más llamativo es el contexto en el que aparecen esos restos. Las tortugas no fueron recolectadas en un entorno de escasez extrema ni en ausencia de otras presas. Al contrario. En Neumark-Nord, los neandertales procesaron de manera intensiva una fauna extraordinariamente variada, desde pequeños reptiles de aproximadamente un kilo hasta elefantes de colmillos rectos cuyos machos adultos podían superar las diez toneladas.
Un paisaje breve en el tiempo, pero denso en actividad
Uno de los aspectos más importantes del estudio es la escala desde la que observa el problema. Muchas reconstrucciones sobre la dieta paleolítica combinan datos dispersos de yacimientos distintos, acumulados a lo largo de grandes intervalos temporales. Aquí ocurre lo contrario. Los investigadores trabajan con una especie de «instantánea geológica» de unas 25 hectáreas, un espacio relativamente acotado que permite observar de manera más precisa cómo actuaban los neandertales en un paisaje concreto.
Las dos cuencas de Neumark-Nord, expuestas durante la explotación minera del lignito, conservaron un registro excepcional de ocupación humana. La mayor parte de la evidencia arqueológica corresponde a los primeros milenios del interglacial eemiense, y en algunos sectores puede acotarse a lapsos muy breves a escala geológica. Esto permite analizar no solo qué animales fueron explotados, sino también cómo se articulaban esas actividades dentro del territorio.
En ese paisaje aparecen hogares, herramientas de sílex, restos de grandes herbívoros y evidencias de aprovechamiento intensivo de cadáveres. En una de las capas más conocidas, por ejemplo, se documentó el procesamiento de un elefante de colmillos rectos. El resultado general es la imagen de un espacio frecuentado repetidamente, donde la presencia neandertal dejó una huella intensa y prolongada.
Noventa y dos restos de tortuga en un mundo de grandes mamíferos
El estudio identificó 92 fragmentos de Emys orbicularis, la tortuga de estanque europea. De ellos, 67 procedían de Neumark-Nord 1 y 25 de Neumark-Nord 2. La mayoría correspondían a fragmentos de caparazón y plastrón, con una clara predominancia de este último, probablemente porque sus placas son más gruesas, grandes y fáciles de detectar en las condiciones de recuperación del yacimiento.
Los investigadores pudieron establecer un número mínimo de individuos de al menos 16 tortugas en el conjunto total analizado, distribuidas entre distintos sectores y momentos del relleno lacustre. La longitud estimada de los caparazones oscilaba entre 10,9 y 16,5 centímetros, con al menos dos ejemplares juveniles. También se pudo inferir el sexo en parte de la muestra, con una proporción ligeramente mayor de machos.
Este nivel de detalle importa porque demuestra que no se trata de una presencia anecdótica o casual. Las tortugas aparecen repetidamente y en distintos contextos del paisaje. No son un hallazgo aislado, sino parte de un patrón de aprovechamiento reiterado.
Las marcas de corte confirman el procesamiento humano
La clave interpretativa del trabajo está en la tafonomía. En 22 fragmentos se identificaron marcas de corte, la mayoría en la cara interna de los huesos del plastrón y, en menor número, del caparazón. La distribución de esas marcas no es aleatoria. Indica con bastante claridad operaciones de desarticulación, extracción de tejidos blandos y, en algunos casos, una limpieza cuidadosa de los elementos óseos.
En los fragmentos del caparazón, varias incisiones se localizan en zonas relacionadas con la cintura escapular y pélvica, lo que sugiere la retirada de miembros y otras partes anatómicas. En el plastrón, las marcas apuntan sobre todo a la extracción de carne, vísceras y otros tejidos blandos. El patrón general coincide con lo observado en otros contextos arqueológicos donde la manipulación humana de tortugas está bien documentada.
El dato más importante es que estas huellas no permiten reducir el hallazgo a una acumulación natural. Las tortugas fueron capturadas, abiertas y procesadas por neandertales.
No era hambre: el problema de explicar por qué las recogían
La interpretación más sencilla sería pensar que estos pequeños animales fueron consumidos por necesidad, como recurso complementario en momentos de escasez. Pero eso es precisamente lo que el estudio pone en duda. En Neumark-Nord no faltaban presas mayores. El registro muestra una explotación abundante e intensiva de mamíferos medianos y grandes, incluidos ciervos, caballos, bóvidos y elefantes.
Por eso los autores sostienen que la recolección repetida de Emys orbicularis no puede explicarse únicamente por una carencia de macronutrientes. En otras palabras, no parece que los neandertales recurrieran a las tortugas porque no tuvieran otra cosa que comer.
Eso abre un terreno interpretativo mucho más interesante. Quizá las tortugas fueran apreciadas por su sabor, por la facilidad de captura cuando se encontraban cerca de la orilla, por el papel que pudieron desempeñar niños en su recogida o por el posible uso secundario de los caparazones. El estudio no cierra ninguna de estas posibilidades, pero insiste en que el factor puramente nutricional no basta.
Una cocina neandertal más compleja de lo que parece
Las tortugas de estanque no aportan grandes cantidades de carne o grasa. En comparación con otras presas, su rendimiento energético es reducido. Sin embargo, son animales relativamente fáciles de capturar y de procesar, sobre todo si están disponibles en cuerpos de agua frecuentados de manera constante.
Los autores sugieren que, además del consumo de carne y órganos, algunos caparazones pudieron ser limpiados con cuidado para un uso posterior, quizá como recipientes o utensilios. En Neumark-Nord 2/2B, incluso se plantea de forma prudente que algunos de estos elementos pudieron servir como una especie de «cuchara» en actividades vinculadas al procesamiento de grasa. La hipótesis es especulativa, pero no gratuita, porque se apoya en el patrón de limpieza observado en ciertos restos.
Este punto resulta especialmente sugerente. La relación con las tortugas no habría terminado en la ingesta. También pudo implicar una dimensión técnica modesta pero útil dentro de la vida cotidiana.
Del kilo de una tortuga a las diez toneladas de un elefante
Pocas imágenes resumen mejor la flexibilidad neandertal que la que ofrece Neumark-Nord. En un mismo paisaje y en un intervalo relativamente acotado del último interglacial, estos grupos explotaron animales diminutos en comparación con las mayores presas terrestres del Pleistoceno. La distancia entre una tortuga de un kilo y un elefante de más de diez toneladas no es solo de tamaño. Es también una diferencia de estrategia, coste, riesgo y temporalidad.
Esto refuerza una idea que ha ido ganando peso en los últimos años. Los neandertales no fueron cazadores especializados y rígidos, encerrados en un repertorio estrecho de presas. Su comportamiento revela una notable plasticidad ecológica. Podían cazar grandes herbívoros, recolectar pequeños animales, procesar grasa ósea y aprovechar recursos vegetales del entorno.
El paisaje de Neumark-Nord muestra, además, que esas actividades estaban distribuidas espacialmente. No todo se hacía en el mismo lugar. Algunos animales eran cazados y desmembrados en un punto, mientras partes del esqueleto eran transportadas para otras tareas, como la extracción de grasa. Esta organización espacial obliga a pensar la subsistencia neandertal a escala de territorio, no solo de yacimiento.
Un paisaje de agua, fuego, animales y plantas
Aunque el estudio se centra en las tortugas, su contexto recuerda algo esencial. La subsistencia de estos grupos no dependía solo de la carne. En Neumark-Nord también se han documentado restos carbonizados de avellana, bellota y endrino, además de un registro botánico mucho más amplio que sugiere el aprovechamiento de numerosas plantas comestibles.
El paisaje alrededor de las cuencas lacustres ofrecía agua, fauna terrestre, pequeñas presas acuáticas y recursos vegetales variados. Incluso se ha propuesto que la acción humana contribuyó a mantener áreas relativamente abiertas en el entorno, lo que habría facilitado la explotación de ciertos alimentos vegetales.
En ese marco, la tortuga de estanque no aparece como una rareza exótica ni como un último recurso desesperado, sino como una pieza más dentro de una economía diversa y atenta a lo que ofrecía el lugar.
Lo que cambia este hallazgo
La importancia del estudio no reside solo en añadir una especie nueva a la lista de presas neandertales. Su valor está en mostrar, con una resolución poco habitual, cómo funcionaba una economía de subsistencia en un paisaje concreto y durante un lapso temporal relativamente breve.
Neumark-Nord demuestra que los neandertales del norte de Europa también capturaron tortugas, algo que hasta ahora solo estaba bien documentado en regiones más meridionales. Pero, sobre todo, muestra que esa conducta coexistió con la explotación intensiva de presas mucho mayores. Eso obliga a abandonar explicaciones demasiado simples basadas en la escasez o en una supuesta incapacidad para diversificar estrategias.
Lo que emerge aquí es una imagen más matizada. La de grupos capaces de aprovechar un abanico muy amplio de recursos, sensibles a las oportunidades específicas del entorno y perfectamente integrados en un paisaje donde agua, fauna, fuego y plantas formaban parte de una misma lógica de ocupación.
Las tortugas de Neumark-Nord, pequeñas y discretas frente a los grandes mamíferos del Pleistoceno, no cambian por sí solas la historia de los neandertales. Pero sí la afinan. Y, a veces, en arqueología, eso importa más que cualquier gran gesto.

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