La esfinge romana convertida en escalón: el misterio arqueológico resuelto en El Monastil

Una escultura funeraria mutilada y reutilizada

Detalle de la recreación de la esfinge de El Monestil | Fuente: Pilar Mas Hurtuna

En el año 2000, durante las excavaciones de una muralla tardorromana en el yacimiento de El Monastil, en Elda, apareció una pequeña escalera formada por tres peldaños. En principio, el hallazgo parecía puramente constructivo. Sin embargo, unas lluvias intensas provocaron al año siguiente el desplazamiento de varios sillares y dejaron al descubierto que uno de aquellos bloques no era una simple piedra de obra.

Las marcas de corte y los restos de talla indicaban que el bloque había tenido otra función antes de ser incorporado a la escalera. Alguien lo había recortado de manera deliberada, eliminando buena parte de su volumen original para adaptarlo a una nueva estructura. La pieza, de caliza beige local, medía apenas 31 centímetros de altura y 55 de anchura, pero conservaba suficientes rasgos como para sospechar que procedía de una escultura monumental.

Durante años, sin embargo, su identidad siguió siendo incierta. La pérdida de la cabeza, las alas y las patas, unida a la erosión provocada por los golpes y la reutilización, dificultó enormemente su interpretación. Se plantearon distintas posibilidades, desde una figura femenina de tradición ibérica hasta una representación divina de época romana.


La limpieza que devolvió una identidad a la piedra

La resolución del misterio llegó tras una limpieza profunda realizada por el Museo Arqueológico de Elda y una nueva revisión de la pieza. El análisis comparativo, desarrollado con la colaboración del especialista en escultura romana Ferrán Arasa i Gil, permitió reconocer semejanzas claras con otras esfinges funerarias romanas documentadas en distintas regiones del Imperio.

La forma del torso, la disposición de los volúmenes conservados y la comparación con ejemplares procedentes de Italia, los territorios danubianos y las provincias fronterizas del norte europeo condujeron a una identificación más precisa. La pieza correspondía a una esfinge funeraria romana fechada en torno al siglo I d. C.

El hallazgo no consistía, por tanto, en una escultura completa, sino en el fragmento de una figura que había formado parte de un monumento funerario mucho más ambicioso. La imagen original habría combinado un cuerpo de león con rasgos femeninos y elementos alados, siguiendo una iconografía de origen oriental que el mundo romano incorporó y reinterpretó dentro de sus propios rituales funerarios.

Un sector del Poblado de El Monestil | Fuente: Wikipedia


Una guardiana para el mundo de los muertos

En el ámbito funerario romano, la esfinge no era un simple ornamento. Su presencia sobre tumbas y mausoleos estaba vinculada a la protección del difunto y al tránsito hacia el más allá. Estas figuras podían desempeñar una función apotropaica, es decir, destinada a alejar amenazas, profanadores y fuerzas consideradas peligrosas.

Su naturaleza híbrida reforzaba esa capacidad simbólica. La fuerza del león, la inteligencia humana y, en algunos casos, las alas asociadas al desplazamiento entre mundos convertían a la esfinge en una criatura situada en el límite entre la vida y la muerte. También podía entenderse como un ser psicopompo, vinculado al acompañamiento del alma del difunto.

La escultura de El Monastil debió de pertenecer a un monumento funerario levantado por una familia de elevada posición económica. Durante el siglo I d. C., las élites locales de la región de Ilici, la actual Elche, utilizaron mausoleos, esculturas y monumentos visibles desde las principales vías de comunicación para expresar públicamente su rango y su integración en la cultura romana.


La arquitectura que devoraba sus propios monumentos

Siglos después de su creación, aquella esfinge había perdido su función funeraria y también buena parte de su significado. En algún momento de la Antigüedad tardía, probablemente entre los siglos V y VI, fue mutilada y transformada en material constructivo.

Esta práctica recibe el nombre de spolia, término utilizado para describir la reutilización de elementos arquitectónicos o escultóricos procedentes de edificios más antiguos. Columnas, capiteles, relieves, inscripciones y estatuas fueron incorporados con frecuencia a murallas, viviendas, iglesias y fortificaciones. No se trataba necesariamente de una voluntad de destruir el pasado, sino de una solución práctica ante la disponibilidad de piedra ya tallada y preparada para la construcción.

La reutilización podía alterar por completo el sentido de una pieza. Una figura concebida para proteger una tumba y exhibir el prestigio de una familia terminó convertida en un peldaño, pisada durante generaciones por quienes probablemente ignoraban su origen. Ese desplazamiento revela cómo los objetos pueden sobrevivir a las sociedades que los crearon, aunque lo hagan despojados de su antigua identidad.

Recreación de la esfinge de El Monestil y en naranja se marca el trozo hallado | Fuente: Pilar Mas Hurtuna

El Monastil, un yacimiento formado por muchas vidas

El valor del hallazgo aumenta al situarlo dentro de la compleja historia de El Monastil. El enclave estuvo ocupado en diferentes momentos desde la Prehistoria y conserva evidencias correspondientes a la Edad del Bronce, la cultura ibérica, la presencia púnica, el dominio romano y las etapas bizantina y visigoda.

Cada una de esas ocupaciones transformó el espacio y reutilizó materiales anteriores. El yacimiento funciona así como una superposición de comunidades que construyeron sobre las huellas de quienes las precedieron. En ese contexto, la esfinge convertida en escalón no constituye una anomalía, sino una expresión especialmente llamativa de un proceso habitual.

La arqueología ha logrado ahora invertir ese proceso. Después de siglos reducida a material de construcción y de décadas almacenada bajo una identificación incierta, la pieza ha recuperado parte de su historia. No sabemos a quién protegía, dónde se encontraba exactamente su monumento funerario ni qué aspecto tenía la escultura completa. Pero sí sabemos que aquella piedra fue antes una criatura sagrada, después un escalón y, finalmente, una pieza capaz de revelar cómo las sociedades antiguas reutilizaban, transformaban y olvidaban su propio pasado.

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