jueves, 3 de diciembre de 2015

¿Qué funciones pudieron cumplir los dólmenes prehistóricos?

Los dólmenes eran monumentos megalíticos que tenían fundamentalmente funciones funerarias, pero ¿qué otros usos se les daban?, ¿eran como calendarios astronómicos gigantes o incluso como diagramas del cosmos?

Interior del corredor del dolmen de Soto durante el equinoccio de otoño
A partir del Neolítico, y hasta mediados de la Edad de Bronce, los primeros agricultores y ganaderos, que gradualmente comenzaban a tener un comportamiento más sedentario, fueron los que empezaron a construir extraordinarios dólmenes y otros monumentos arquitectónicos con grandes bloques de piedra conocidos hoy como megalitos, del griego “mega” grande y “lithos” piedra. Muchos de ellos todavía perduran en la actualidad y podemos visitarlos en muchos lugares de nuestro entorno, tales como el impresionan y monumental dolmen de Soto, en Huelva, o el de Aizkomendi, en Álava.

Hay varios tipos de dólmenes, que ya describimos en “10 formas de construir un megalito”, pero en general podemos decir que los dólmenes son construcciones más o menos complejas que esencialmente están formados por varios ortostatos verticales que soportan el peso de otros colocados encima de forma horizontal, llamados “losas de cobertura”. Estas construcciones solían cubrirse con un túmulo o montecillo artificial normalmente formado de piedras y tierra que, a su vez, daba solidez a la construcción. Sin embargo, en muchos casos el túmulo no ha llegado hasta nuestros días, tal como ha ocurrido en el caso del dolmen de Aizkomendi.

Dólmen de Aizkomendi en Egilaz, Álava
La función básica más importante de los monumentos megalíticos sería sin duda la de servir de sepultura y dentro de los dólmenes hay un espacio, llamado “cámara”, donde se depositaban los restos de los muertos: a veces se depositaba allí el cuerpo entero, mientras que en otras ocasiones se colocaban solo los huesos o incluso las cenizas después de la incineración. En muchos casos encontramos en los dólmenes enterramientos colectivos y así, por ejemplo, en Aizkomendi fueron extraídos "70 calaveras y más de cinco carros de huesos” cuando se descubrió el dolmen, en el siglo XIX.

Sin embargo, algunos investigadores han llegado a la conclusión de que los dólmenes no solo eran meros "depósitos" de los restos de los muertos, sino que tenían otras varias funciones. En algunos casos está claro que la funcionalidad de los dólmenes tuvo que ser más compleja que la estrictamente funeraria porque, por ejemplo, en el espectacular dolmen de Soto se enterraron solo 8 cuerpos “y la envergadura y carga simbólica de su construcción (recordemos que su construcción habría requerido un formidable esfuerzo de varios cientos o miles de horas de trabajo y una participación colectiva de al menos varias decenas de personas) no se corresponde como contenedor reservado al enterramiento exclusivo de 8 individuos”, como se dice en la página web de la junta de Andalucía.

Asimismo, también se les atribuye a los dólmenes funciones religiosas, ceremoniales y conmemorativas, es decir, habrían sido como una especie de templos de la Prehistoria, de lugares comunes de encuentro o de culto donde se visitaba a los difuntos para honrarles y venerarles. Seguramente, a través de las ceremonias y ritos funerarios, se pretendía honrar a los difuntos para, al mismo tiempo, asegurar el bienestar de los vivos, ya que creían que los espíritus de los muertos viajaban por el cosmos y si se les hacía ofrendas en los dólmenes, sus espíritus satisfechos contribuirían a mantener la estabilidad en la tierra. Además, también se solía celebrar ceremonias de otro tipo más social, tales como los ritos de iniciación, emparejamientos, bodas e incluso pudieron servir de zona de mercado para el intercambio de ganado, semillas de grano etc.

Sin embargo los dólmenes constituían para las personas del Neolítico algo mucho más complejo. Para algunos investigadores, como Lewis-Williams o Pearce, los dólmenes eran una especie de réplicas o “diagramas existenciales” del cosmos, tal y como los hombres del neolítico y postneolítico lo imaginaban. Para ellos, la religión y la cosmología estaban interrelacionados y se imaginaban el cosmos como formado por varias capas principales: debajo se encontraba el subsuelo o mundo subterráneo, en el medio la tierra, donde viven las personas, y arriba se encontraba el firmamento, que es el lugar donde los astros se mueven. Quizás, por tanto, el interior de los dólmenes reproducía en cierta manera el aspecto de cuevas, no solo porque quisieran rendir homenaje o continuar con la tradición de sus inmediatos antepasados, los cazadores y recolectores nómadas, que habitaban e incluso enterraban a sus muertos en las cuevas, sino también porque las cuevas representaban una manera de llegar al "universo paralelo" del mundo subterráneo desde la tierra. De la misma manera, el túmulo que se alza hacia el cielo representaría la tierra que se proyecta hacia el firmamento.

Por lo tanto, los dólmenes podrían haber sido considerados como un punto de encuentro con el firmamento, casi como el eje del cosmos, desde donde todo el universo pivotaba y, así, podrían haber servido de conexión entre las diferentes dimensiones del universo para aquellos hombres prehistóricos.

También los dólmenes pudieron haber sido un lugar de transición entre la vida (cosmos terrenal) y la muerte (cosmos subterráneo), ya que se pudo considerar la muerte como un pasaje transicional entre los diferentes ámbitos del cosmos, es decir, una especie de transición entre este cosmos terrenal, el mundo subterráneo y el firmamento. Aquellos hombres prehistóricos, posiblemente, pusieron creer en la existencia de una ruta concreta que seguían las almas de los muertos en su viaje transcosmológico de la Tierra al Cielo, o al mundo subterráneo, que pudieron tener lugar en una época concreta del ciclo anual.

Vista aérea del impresionante dolmen de Soto en Huelva
Esta visión cosmológica de la religión que tenían los constructores de los megalitos, podría explicar por qué las entradas a estas construcciones estaban normalmente orientadas hacia el este, lugar por donde sale el sol por las mañanas, simbolizando así la "regeneración", la vuelta a la vida o la resurrección. Se comprueba, de este modo, que algunos dólmenes estaban orientados de este a oeste, tal y como ocurre en el caso del dolmen de Soto, “de tal manera que los primeros rayos de sol en los equinoccios tanto de primavera como otoño, 21 de marzo y de septiembre, avanzan por el corredor y se proyectan en la cámara durante unos minutos, en un rito donde quizás los difuntos renacían de la vida de ultratumba, bañados por la luz solar”.

Asimismo, los dólmenes también pudieron haber servido, a aquellos pioneros de la agricultura, como calendarios astronómicos para saber cuándo sembrar y recoger sus cosechas.

Finalmente, otra fascinante función estaría relacionada con servir de delimitadores del territorio, esto es, podrían haber servido para delimitar las tierras de los diferentes clanes vecinos o para delimitar campos de cultivo. Es por ello que la mayoría de los dólmenes se encontraban en lugares visibles. En cierta manera es como si los hombres prehistóricos del Neolítico, aquellos primeros agricultores y ganaderos cada vez más sedentarios, quisieran marcar sus dominios para dejar claro que desde el momento de la construcción de los dólmenes, esas eran sus propias tierras.

En conclusión, podemos afirmar que los dólmenes tenían varias funciones además de la estrictamente funeraria, puesto que también se pudieron haber utilizado como templos, observatorios astronómicos o como representaciones-diagramas del cosmos. Por suerte, muchos de estos magníficos dólmenes todavía siguen en pie en nuestro paisaje, llamando la atención a las generaciones presentes y venideras de la importancia que nuestros antepasados han tenido (sin ellos nosotros no estaríamos aquí) y seguirán teniendo: todos estos monumentos megalíticos más o menos grandiosos o modestos, construidos por aquellos pioneros de la agricultura y la ganadería, además del sedentarismo, hacen de enlace entre el pasado, el presente y el futuro: rinden homenaje a nuestros antepasados, embellecen nuestro paisaje y, en cierta manera, parecen enseñarnos la importancia de valorar el pasado y de tenerlo siempre presente para que nuestros descendientes lo conozcan y también puedan aprender de él.