viernes, 10 de febrero de 2017

Bagdad, quinientos años en cenizas

Quinientos años de historia, de arte, de cultura. Ese es el bagaje de la ciudad de Bagdad, a la que en 1257 Hulagu y Guo Kan decidieron poner fin. Cenizas, escombros y sangre

Hulagu entrando en Bagdad
Desde que en el año 761 d. C. Al-Mansur decidió mandar a levantar Bagdad, a los más de cien mil trabajadores de los que disponía, bajo la tutela de los arquitectos Marsallah y Naubakht, no se ha conocido ninguna ciudad de unas características similares, con esa superflua planta, con esos desbordantes canales, y esas murallas que rozaban las manos de Alá. Lector apasionado, estudió y admiró a Euclides, de ahí, la forma de la ciudad de Bagdad, en su honor.

Ciudad de planta circular, con muros sobresalientes (en la base estos podrían llegar a medir unos 44 metros, y en cuanto a altura, podrían haber llegado a alcanzar unos 30 metros), con cuatro puertas, denominadas como la puerta de Kufa, Basora, Jurasan y Siria, según la orientación a dichas ciudades. Con el Palacio de la puerta de oro, desaparecido, la Casa de la Sabiduría, donde se inició ese largo proceso que se conoció como el Movimiento Traducción del califato abasí, desaparecida, el cuartel y la mezquita, desaparecidos también. Algunas de las construcciones que hoy en día sí podemos apreciar, aunque muy restauradas, la Universidad de Al-Mustansiriya, edificada por el califa Al-Muntansir en 1227 y la torre-minarete conocida como Suq al-Ghazel, levantada entre los años 901 y 907 d. C. por el califa Muktafi.

Hoy, 10 de febrero, se conmemora el 759 aniversario de la caída de la ciudad de Bagdad en manos de los generales Hulagu y Guo Kan. Pese a ser una de las ciudades más admiradas en la época, poseía también importantes defectos, como nos lo hacían ver los califas en sus textos. Gran centro de control de las rutas comerciales y lugar agraciado con la abundancia de agua y su sistema de canales, pero apodada ‘la sauna’ por Harún Al-Rashid en el siglo IX, cuando se estima que la población rondaría los 700.000 habitantes. Esto motivó el traslado del palacio a Raqqa por parte del califa, que cuatro años después de su muerte, en el 813 d. C., vio como sus hijos desataron una guerra civil que desencadenó una de las primeras destrucciones de la ciudad.

Siglos después, nada volvería a ser lo que había sido, y no gozaría del esplendor de antaño. Ya en el siglo X vemos a Bagdad en una seria decadencia, al igual que el califato abasí. De un califato que ocupó Irak y parte de Irán sin ceder un ápice ante sus enemigos, se encontraban ante el panorama desolador de la pérdida constante de territorios, y las memorias de antaño de un califato poderoso, ahora manejado, cual marioneta, a manos de los mamelucos y los caudillos turcos. Así, en 1257, Hulagu junto con Guo Kan, emprendieron el camino hacia la conquista de Bagdad que, con tiempo, consiguieron. Las crónicas nos dicen que el califa no se dispuso a defender la ciudad, apenas varias intentonas de este, inútiles frente a la eficacia del ejército que les asediaba, que les cortaban los suministros de agua y bienes, y les hacían prisioneros en su propia jaula. Alá no iba a ser esta vez quien ayudase a su población. El 10 de febrero se produjo la rendición, que llegaba tarde, pues no iba a ser aceptada, hasta que el día 13 de febrero, sangre y piedras cubrieron la planta de la ciudad de Bagdad.