martes, 23 de septiembre de 2008

Ya es otoño en Llerena

Ya es otoño. No es que me disguste el verano, pero prefiero el otoño. No hay nada comparable al olor a tierra mojada, ni a las caricias del viento fresco sobre la cara, ni a los charcos reflejando los tejados de mi Llerena. Me gusta pasear jugando a imaginar las figuras que se forman en las cambiantes siluetas de las nubes errantes. Sentir la melodía de la fina lluvia sobre los tejados de barro cocido. Percibir como las noches alargan sus horas venciendo a los debilitados rayos del sol. La naturaleza cambia la gama en su paleta de color. Suelta los tonos cálidos para estrenar, como cada año, sus pigmentos grises y amarillos melancólicos. Pinta las huérfanas hojas caídas, el viento veloz, el agua fina y las nubes algodonadas. Los riachuelos salen de sus escondites y corren con fuerza hacia ningún sitio. No importa el destino. Sólo corren porque es otoño, nada más. Otoño, por fin es otoño.

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