domingo, 26 de octubre de 2008

Las Hurdes, el verde y el agua.

EUGENIA RICO
Creo que empecé a hacerme mayor el día en que mi abuela me contó cómo el Rey Alfonso XIII había visitado Las Hurdes y agotado de ver tanto sufrimiento había pedido un vaso de leche. Los notables locales se mesaban los cabellos, no había leche en Las Hurdes, ni cabras, ni vacas ni ningún animal que se pudiera ordeñar para atender al regio visitante, pero lo que no daba la tierra, bien podían darlo los hombres. Le sirvieron al rey una copa de la leche de una mujer que hacía poco había parido. En aquel tiempo yo no había visto Las Hurdes: Tierra sin Pan, de Buñuel y ni siquiera sabía qué era el Surrealismo, pero me propuse hacerme un poco más mayor si me dejaban y si me dejaban ir a Las Hurdes y enterarme de la veracidad de la historia y del coraje de unas gentes que ya no es que sacasen pan de debajo de las piedras, es que sacaban leche.

Ningún hurdano pudo aclararme si era cierta la anécdota, lo único cierto es que las gentes de por aquí son de las que no se desaniman por nada. Ya lo había dicho Unamuno: «Si en todas partes del mundo el hombre es hijo de la tierra, en Las Hurdes la tierra es hija de los hombres». A lo largo de Las Hurdes, las terrazas labradas en los montes recuerdan al Machu Pichu o a cualquier arrozal de Asia. Para levantar estas terrazas los campesinos subían la tierra en cestos, a menudo sobre sus cabezas. Así es como le ganaban la partida al hambre. Y así es como nació este paisaje único.

Trabajadores e ingeniosos, a los hurdanos les molesta que durante muchos años se dijera «esto no son Las Hurdes», cada vez que en un pueblo de España se quería reivindicar la modernidad. Esto sí son Las Hurdes. En el extremo norte de la provincia de Cáceres entre la sierra de Gata y el río Alagón. Uno de los parajes más hermosos que puede encontrarse a pocas horas de Madrid. Verde y agua. Pizarra y jara. Arroyos recién nacidos que se despeñan por los pizarrales. Enebros, robledales y castaños. Piscinas naturales. Todo parece rico y abundante hoy en Las Hurdes. Sobre todo las flores que en primavera estallan por todas partes e invaden los campos como un ejército de luces.

A pesar de que los hurdanos renieguen de ello, Buñuel y Unamuno les dieron fama mundial. Aunque fuera como paraíso de la dureza. Las Hurdes de hoy son prósperas y acogedoras. Casas de piedra y pizarra, ermitas blancas, terrazas y bancales floridos. Estas son Las Hurdes. Podemos recorrerlas a nuestro antojo, pues cualquier comienzo será bueno. Podemos tener un dulce principio en Aldehuela, pueblo de mucha miel y mejores casas. La típica arquitectura hurdana, con pizarra, piedra y serenidad verde, donde un cuarto de hora parece una hora entera y, sin embargo, las horas son demasiado cortas. A lo largo de Las Hurdes, las casas bajas de piedra, con tejados de pizarra se funden de tal manera en el paisaje que a veces no nos damos cuenta de que hemos llegado a un pueblo hasta que lo tenemos encima.

En Asegur las casas tienen la mampostería vista y nos parece que estamos visitando una postal del Tirol, pero seguimos en Las Hurdes, para nuestro bien y el de nuestro paladar. Las Hurdes de hoy no sólo no son tierra sin pan, sino que es lugar donde se come un excelente cordero asado y al ajillo, migas, el guiso de berzas, la ensalada de limones y las castañas con leche. Antes de llegar a Caminomorisco, el pueblo más grande de la comarca, podemos parar en Cambroncino y visitar la iglesia de Santa Catalina. Los pueblos de por aquí tienen una belleza adusta como si nunca se rieran o se hubieran reído demasiado. Por eso mismo es una belleza que no cansa sino que, al contrario, se hace más gustosa a medida que uno avanza por las carreteras secundarias amenazadas siempre por las flores que salen al encuentro en cada cuneta como si quisieran asaltarnos y hacer que nos quedásemos aquí para siempre. Cerca de Caminomorisco hay una hermosa poza encantada y encantadora donde podemos jugar con las ninfas desnudas e invisibles que sin duda pueblan el agua cristalina, aunque ellas no lo sepan. Las piscinas en los pizarrales se repiten a lo largo de Las Hurdes como un estribillo de agua, y son una de las muchas recompensas que el viajero obtiene de su alborozado descubrimiento de Las Hurdes.

ESPLENDOR ANTIGUO
En Caminomorisco los aleros y los balcones de madera pregonan un esplendor antiguo, que contradice (o quizá no) el espléndido retrato de Buñuel. Como tantas otras veces a lo mejor el león no es tan fiero como lo pintan y Las Hurdes tampoco fueron tan pobres. En todo caso son ricas en cultura porque en Casar de Palomero hay un barrio judío (Los Barreros), un barrio árabe (Hanete) y el testimonio del barrio cristiano dominado por la Ermita del Cordero. Y es que durante 500 años Las Hurdes fueron refugio de los perseguidos por razones políticas o religiosas. A nosotros nos persigue sólo el rumor incansable del agua. Pequeñas cascadas y la sombra verde de los montes en el camino a Casares de Hurdes. Aunque el Chorro de la Miacera, cuando ya hemos llegado a El Gasco, es la madre de todas las cascadas de Las Hurdes.

DE ESPÍRITUS
Seguimos el río Malvellido, cerca está el centro religioso de Cotolengo. Y es que las Hurdes se consideraron durante siglos pobladas por espíritus. Y en documentos antiguos se habla de la fundación de monasterios como el mejor medio de ahuyentarlos. Por este motivo se dice que se construyó, en tierras cercanas, el Monasterio de las Batuecas. Pero los espíritus de los olmos, de los castaños, de las hayas son nuestros amigos. Lo último que quisiéramos es ahuyentarlos. Quizá son ellos los que hacen esta región tan especial. Pasamos La Horcajada y en Ladrillar vemos una cueva excavada en la pizarra, de la que se cuentan muchas historias. Y es que Las Hurdes son tierra de leyendas, Lope de Vega situó aquí una comedia en la que describe a sus habitantes como bárbaros y caníbales. Pero los hurdanos que encontramos son gente muy civilizada y de buen humor que nos cuentan historias de misteriosas luces o luminarias, que flotan sobre los ríos y hacen perecer a los caminantes que las encuentran. Todavía más que el agua, el mito crece abundante en las Hurdes.

Hay muchas historias de luceros. En una de ellas un mulero se encuentra con una misteriosa luz y muere poco después de unas extrañas fiebres. Otros lugareños hablan de las apariciones de ovnis. Al fin y al cabo hasta no hace tanto tiempo Las Hurdes eran un lugar apartado y remoto, ideal para cualquiera que quisiera visitar este planeta. Se cuenta que un campesino vio una luz triangular y al volverse «oyó como un rechinar de dientes» y vio una figura negra y famélica, cubierta con una especie de capa o sayo. Huyó, pero la figura fue vista en otros lugares. Se organizaron batidas en su busca y en una de éstas, cuando estaban a punto de alcanzarla, se vieron tres luces triangulares en el cielo, a partir de ahí la figura desapareció para siempre.

Y en verdad no hay nada oscuro ni siniestro en esta mañana de primavera, sino más brezo y tojo en flor. En Las Mestas espera El Charco de la Olla. Cómo puede haber tantas fuentes, tantas piscinas, tanta agua por todas partes y tantas flores. Pasamos la Garganta de la Sierpe para llegar a Nuñomoral. De allí a Ovejuela. Y en el camino verde: Pinos, robles, helechos, castaños. Por todas partes el esplendor de la antigua Península Ibérica que una ardilla podía recorrer sin bajarse del árbol. Tampoco nos extrañaría encontrar a la ardilla mágicamente conservada por la miel de Las Hurdes y los espíritus de los bosques.

Nos parece ver a la ardilla pero es sólo una sombra que nos lleva a Pinofranqueado, donde nos reponemos de nuestros avatares místicos con un contundente queso de Las Hurdes, una de esas delicias que no se encuentran fácilmente en la ciudad. Todavía hay cerezos en flor. Sabrosos como poemas en medio del campo. Y es que es la hora de comer y hemos llegado a Riomalo. Hay mucha gente que ha venido a pasear o a pescar a Riomalo de Abajo. El río no sólo no es malo aquí, sino que es cantarín, socarrón y repleto de truchas con las que una buena cocinera nos hará olvidar las fatigas del camino.

Una cosa alegra mi corazón y son las vacas de raza suiza y ubres magnificentes que acompañan nuestro camino. Mi abuela se hubiera quedado asombrada al recorrer estas Hurdes, pulcras y ricas, donde la tierra no sólo mana leche y miel, sino también exquisitos quesos. El rey Alfonso no hubiera tenido hoy en día ningún problema para que le sirvieran un vaso de leche. Muchas cosas han cambiado en esta comarca pero la belleza de los montes oscuros y el hechizo del agua no han cambiado y prometen no hacerlo. El rumor del agua nos invita a quedarnos para siempre y a disfrutar de las cosas que en verdad importan.
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Extraído del archivo de El Mundo Viajes (abril de 2003)

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