La batalla de Resaena: un punto de inflexión en la historia romano-sasánida

El amanecer de un conflicto milenario Imagen meramente ilustrativa. En el año 243 d.C., el vasto paisaje de Resaena, hoy conocido como Ceyla...

Los Patarro: arquitectos de las piedras.

Cuando Ramón o José acarician a sus mujeres, más bien las rascan. El tercer hermano, Germán, no es que sea más delicado, es que está soltero. Son los hermanos Patarro, de Burguillos del Cerro, cuyas herramientas de trabajo son sus manos y una maza de diez kilos. La materia prima, la piedra.

Su trabajo quizás sea de los más primitivos y, con seguridad, de los más duros. Cuando ustedes conducen plácidamente por las carreteras extremeñas seguramente se habrán fijado en esos muros de piedra que delimitan la fincas. Pues ellos son los que los ponen ahí, una piedra encima de otra. Y luego otra. Y otra. «Y sin guantes porque entonces te entallas. Además, con la mano desnuda tienes más sensibilidad para encajar las piedras», dice José, el mayor de los tres, con 47 años y más de veinte en este oficio a punto de extinguirse que combina la arquitectura más básica con el mimo de un artesano.

Orgullosos, extienden los brazos y enseñan sus manos para insistir en que no mienten cuando dicen que el oficio es duro. Parecen de mentira, desproporcionadas, como de otro cuerpo, más bien parecen de alguien que mida más de dos metros. «Toda entera es un callo, yo ya he mudado todas las uñas dos veces porque te entallas y van reventando. Y claro, te pones un esparadrapo, sigues con la faena y luego ya no salen igual», explica Ramón, de 46 años y con la musculatura dura como la roca que manosean a diario. «Para dedicarse a esto hay que ser cien por cien ibérico», dice con sorna.

Cuentan que todo empezó porque antes había tractores en las dehesas, pero cuando llegaron las cosechadoras éstas no cabían por las portillas y había que derribar las vallas y ensancharlas. Como ellos le daban -y le dan- a todas las faenas del campo un encargo más fue reconstruir aquellos muretes. Fue tal su velocidad y precisión que convirtieron su maña en oficio y su oficio en negocio. «No hemos tenido maestros, ayudantes sí, alguno que otro, pero el que más aguantó no sé si llegó al año y lo dejó porque ya no podía más. Esto cansa mucho», declara José mientras le da palmadas a una piedra de veinte kilos hasta encajarla.

Mejor verano que invierno.

Estos muros los encargan los dueños de las fincas, dicen, porque la malla metálica -que también colocan los Patarro- no siempre da buen resultado. «El ganado se rasca con ella y al final la tiran. Además, como el animal vea luz detrás de ella sigue y la puede echar abajo. Si está tranquilo no, pero si están haciendo saneamiento y están inquietos al final la tiran. La piedra no, la piedra la respetan, según la altura claro porque he visto terneras saltando muros de un metro y medio. Pero lo normal es que si la vaca no ve lo que hay detrás no pase», explica Germán, el más pequeño de los tres, con 43 años y el único que emigró de Extremadura a una fábrica de Sabadell. «Pero volví rápido. A mí aquella vida no me gusta. Lo nuestro es el campo», afirma rotundo.

Los Patarro prefieren el verano al invierno y la cuarcita a la pizarra. «Con el frío es que se te quedan las manos congeladas y hay que parar a calentarlas en la candela. Además, llegas por la mañana y con la helada la piedra se queda pegada al suelo. En verano es duro también, pero te das un remojón y sigues», explica José.

En cuanto a la roca, la cuarcita o el granito permite hacer bloques grandes, pero la pizarra viene en lajas, ocupa menos y hasta que el muro coge altura tardan más. La piedra siempre llega en un remolque y los currantes de la finca la dejan al lado de la línea imaginaria que en pocos días se convertirá en un muro. Entonces los hermanos Patarro entran en acción. ¿Es como si Obélix se hubiera dividido en tres, no? «Sí, ése es el de los menhires, ¿verdad? Nos lo ha dicho alguno», ríen los tres.

Su técnica es simple. «Ramón va delante cimentando, es decir, allanando el terreno, y nosotros dos vamos cerrando, ya está, no hay más». Bueno, algún detalle sí tienen en cuenta. Primero usan un cordel para alinear el muro. Echan un vistazo a la pedrera, eligen una y con un martillo van dándole forma para ir encajándolas unas encima de otras como un puzzle de varias toneladas. Si la piedra no se deja llaman a 'la madre', ¿la madre? Una maza de diez kilos con el mango de plástico «porque de madera no sirve, hemos roto varios», dice Ramón. «Le das con 'la madre' y no falla», y arrea un mazazo a una roca de más de cuarenta kilos que queda partida en dos diedros perfectos. José pinza uno con cada mano, los coloca y mete un par de cuñas para tapar los huecos. «Para nosotros toda piedra es buena. Otra gente que se dedica a esto le pone pegas y le sobran trozos, pero para nosotros toda es buena. Toda ... toda, las piedras las aprovechamos todas, ahí está lo complicado».

Como un arquitecto ufano, los Patarro se acercan a una de sus obras para demostrar que tanto peñasco no se coloca al azar. «La base es más ancha para que asiente y luego se remata redonda por arriba o como el cliente quiera. A veces la compactamos con barro, con cemento, la hacemos de metro veinte, de metro cincuenta, más baja ...». El muro más largo que recuerdan tiene tresmil metros y lo levantaron hace quince años en Salvatierra de los Barros.

La espalda, punto débil.

Seguramente los Patarro desconocen el mito de Sísifo, aquel personaje griego condenado a cargar una y otra vez una piedra que siempre rodaba hacia abajo cuando era colocada. Pero esta escena que podría asaltarles mientras duermen no es su pesadilla ni mucho menos. Su mayor amenaza es real: los alacranes. En verano acechan bajo las piedras y los tres hermanos han probado ya su aguijón. Aseguran que el dolor es insoportable. «Lo peor es que dura 24 horas», dice uno de ellos mientras el otro agita una mano y resopla confirmando a su hermano. Los picotazos y la espalda, claro. Por eso lo que menos les gusta son los muros bajos, de menos de medio metro, precisamente los que obliga la Junta de Extremadura a hacer cuando quedan cerca de la carretera para evitar colisiones fatales de los conductores que se salgan de la calzada. «Cuando toca un muro bajo te pasas el día agachado y la espalda lo nota. Al final sales andando así (y camina como un simio) porque si te incorporas de golpe malo. Alguna que otra vez hemos estado sin trabajar unos días. Hay que parar si se resiente la columna», dice Germán.

Acaban el cigarro y los hermanos siguen con su tarea. José Patarro se agacha, coge un piedra y la carga contradiciendo la recomendación más básica de un fisioterapeuta o cualquier delegado de riesgos laborales de una empresa.

- ¿Doblando las rodillas con la espalda recta no es más cómodo?, - ¿Cómo?, ¿así? (y hace el gesto) Imposible, estos consejos serán para trabajar en la oficina, en el campo no valen, ¿Ves?, no soy capaz de levantarla. Aquí se hace así.

Y carga la piedra como si fuera de cartón, la deja sobre el muro, escudriña con la vista el montón de piedras, coge otra más grande, la coloca encima ... y allí se quedan los hermanos Patarro con su tarea, bajo una fina lluvia, en una finca perdida por los alrededores de Burguillos del Cerro.
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Extraído de Hoy

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