¿Cuáles son los 6 peores gobernantes de la Historia?

Crueldad, incompetencia y despiadada búsqueda de poder Imagen meramente ilustrativa. En los anales de la historia, encontramos figuras que, ...

El papel asignado a las mujeres en los relatos sobre los orígenes humanos.

1. Introducción .
Todo el mundo sabe que en la investigación sobre los orígenes y primeros tiempos de las sociedades humanas –lo que llamamos Prehistoria- resulta muy difícil, si no imposible, llegar a conocer cuestiones relacionadas con el comportamiento social, el reparto del trabajo, la atribución de poder o de influencia, el rol de cada miembro del grupo, etc. El corto alcance del registro arqueológico conservado, sobre todo si pensamos en las épocas más remotas, apenas llega a informarnos sobre qué comían o qué instrumentos utilizaban para conseguir o procesar la comida.
A pesar de esta evidente ausencia de conocimientos, son abundantísimos los textos –escolares, de divulgación, universitarios, literarios, etc.- en los que estas cuestiones sociales se abordan. Además, no estamos hablando de un contexto sin importancia: las representaciones sociales del pasado más remoto se han utilizado durante los últimos 150 años, de forma repetitiva, para justificar a la sociedad del presente, tanto en sus aspectos menos positivos –guerras, agresiones, desigualdades- como en los mejor considerados –conquistas, inventos, avances-. La importancia que las sociedades occidentales de este último siglo dan a todas estas representaciones del pasado depende en gran medida del valor que se le da a la fuente; y las fuentes han sido dos: la religión –cristiana, por supuesto- y la ciencia.
Desde una mirada actual, podríamos decir que la primera no ofrece pruebas ni exige razones, sino tan sólo fe. Y que la segunda, lógicamente, se comporta al revés; sin embargo, esto último no es siempre cierto. En muchas ocasiones la llamada ciencia ha asumido cuestiones sobre los primeros momentos de la humanidad que nunca pasaron de la categoría de hipótesis, es decir, que no han sido contrastadas y tal vez nunca lo sean; pero la sociedad en general no las pone en duda porque lo ha dicho la ciencia, que le merece una total credibilidad.
Una de las asunciones más firmemente asentadas en estos discursos ha sido –y en gran parte aún es- la inferioridad de las mujeres respecto a los hombres en las sociedades más antiguas. Con el fin de intentar desmontar ese sólido edificio, con el objetivo de aportar un grano de arena para una educación en igualdad, hemos analizado los discursos que sobre este tema se han venido construyendo desde más o menos mediados del siglo XIX, fechas en las que por primera vez al milenario mito de Adán, Eva y la costilla, le surge un rival llamado evolucionismo, darwinismo o transformismo, hasta el momento presente.

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2. Eva, Darwin, la educación y la lengua.
En nuestro ámbito occidental, la respuesta a la cuestión “de dónde venimos” ha sido, durante más de dos milenios, la elaborada por la sociedad patriarcal hebrea en un contexto social muy diferente al actual, el relato del Génesis: Dios crea a Adán del barro y lo hace rey de la creación; luego crea a Eva de una costilla de Adán.
Esta inocente historia ha sido objeto de diferentes versiones, interpretaciones y explicaciones en los textos españoles en los que se habla de origen humano. Repetida hasta la saciedad en los manuales de Religión y en los de Historia, ha sido utilizada como plastilina ideológica para refrendar un sinnúmero de ideas contradictorias (ver p.e. Querol 2001). Y por supuesto se ha utilizado también –y se utiliza- para sustentar, apoyar y hacer evidente la inferioridad de las mujeres respecto a los hombres.
Y aunque nos hubiera gustado poder demostrar lo contrario, las teorías de Darwin sobre los orígenes humanos corroboraron las palabras del Génesis sobre lo que nos interesa. En efecto, la explicación sobre el origen del comportamiento humano que presenta, mantiene y argumenta Darwin, sobre todo en su obra “La descendencia del hombre”, escrita en su segunda versión en 1874, está basada principalmente en la asunción de la inferioridad psíquica y física de la mujer, inferioridad cuya explicación reside en el valor de la caza como actividad económica originaria.
Darwin defendió que la caza, llevada a cabo exclusivamente por los varones, era tan difícil y compleja y obligaba a tanta coordinación y entendimiento, que provocó o causó el desarrollo de la inteligencia humana (del varón), mientras que las mujeres, esperando pasivas la llegada de los hombres con los alimentos cárnicos, no contribuyeron en nada a ese desarrollo.
Está claro que este autor, como cualquier otro ser humano, no tiene otra forma de explicar el mundo que la propia de su momento y su cultura; él observa a las mujeres aisladas en el ámbito doméstico, poco inteligentes o emprendedoras, pequeñas y débiles, sumisas y prudentes, o sea, tal cual las ha educado la clase burguesa victoriana, y decide imaginar que todas esas cualidades de las mujeres son tan antiguas como la propia humanidad, se formaron en sus primeros tiempos y son por lo tanto naturales e inamovibles.
Estas ideas, que Darwin no se inventa pero que refuerza con sus teorías, serán utilizadas por los tratadistas de finales del XIX y casi todo el XX, como verdades positivas, demostradas e inamovibles, es decir, como asunciones sobre las cuales se va edificando la filosofía contemporánea occidental.
Así, en los textos revisados, los discursos construidos sobre la base de la inferioridad natural de las mujeres, tanto por creacionistas como por transformistas, se repiten una y otra vez. En ocasiones, la desigualdad se expresa como psíquica (menor valor, menor inteligencia, menos capacidad de mando, imposibilidad de aprender), otras veces como física (menos fuerza, menos tamaño, menos musculatura) y en la mayoría de los casos como ambas cosas; pero nunca se discute.
De hecho, estos argumentos se utilizan cuando se plantea la llamada “cuestión de la mujer”, es decir, si las mujeres tienen o no derecho a una educación y, en caso afirmativo, si esta ha de ser igual o diferente a la que reciben los varones. Muchas de las ideas en contra se basan en que “desde los primeros tiempos” las mujeres han sido menos inteligentes, sus cabezas son menores, y por lo tanto, no tienen capacidad para los estudios.
El resultado de tal disputa, como es bien sabido, es que sí, que las mujeres han de ser educadas, “pero una educación especial, basada en cuáles son los conocimientos más útiles para las mujeres: religión, moral, idea de la justicia y de la verdad, caridad y misericordia, respeto y obediencia, paciencia y resignación...” (Matilde del Real y Mijares, 1890: 220).
Durante gran parte del siglo XX, sobre todo tras la guerra civil, la educación se atiene a este modelo: separación de sexos en las escuelas y en las enseñanzas. Y aunque la Ley General de Educación de 1970 supone un gran cambio, los verdaderos ensayos de coeducación no tendrán lugar hasta las dos últimas décadas del siglo XX.
Por otro lado hay que resaltar el hecho de que el uso de la lengua española es sexista. Al pluralizarse en masculino, la mujer se convierte en invisible y se perpetúa la oposición entre lo masculino visible y activo, y lo femenino oculto y pasivo, porque el hombre, en el sentido de ser humano, se superpone en nuestras lenguas al hombre en el sentido de masculino.
Este fenómeno afecta claramente a los textos históricos, se refieran a la época a la que se refieran; y sobre todo a los discursos modernos sobre los orígenes humanos. Así, hasta más o menos 1970, cada vez que en estos discursos, tanto creacionistas como evolucionistas, se desea incluir a las mujeres, se las nombra como tales; después, en los últimos 35 años, la situación se hace menos clara; en muchas ocasiones no hay motivos para pensar que el autor o autora no esté incluyendo a las mujeres cuando escribe o habla en masculino. En otras, casi tan abundantes como las anteriores, un pequeño giro –el “salto semántico” que explica García Meseguer (1988)- nos demuestra que ese masculino no es genérico y que las mujeres están fuera del discurso aunque parezca, a veces, difícil de creer.
La búsqueda y análisis de esos “saltos semánticos” ha sido otro de los objetivos de nuestra investigación.


3.- Orígenes humanos y mujeres.
Los textos revisados de finales del siglo XIX y principios del XX son sobre todo libros o manuales escolares sobre Religión o sobre Historia, únicas materias en las que este tema se explicaba. En los primeros, de Religión católica, Doctrina, Catecismo o Historia sagrada, el discurso pasa indefectiblemente por Adán, Eva y la costilla, como es de esperar. Lo que resulta más curioso es que ocurra lo mismo en los textos de Historia, cuyo primer capítulo copiaba las palabras del Génesis asumiéndolas como verdades históricas (p.e. Laita y Moya, 1887: 9-10).
El tratamiento de las mujeres se concreta en la figura de Eva y en el asunto de la costilla, pero en la década de 1870 comienzan a llegar a España los textos sobre transformismo, tanto a favor como en contra, y en ellos queda también claro que la mujer es inferior al hombre, y que además lo es “por naturaleza” (antes lo era por “obra de Dios”; se trata de una sustitución de responsabilidades, los resultados son los mismos).
Con muy pocas excepciones, estos lenguajes de diferencia y de inferioridad se repetirán durante los 130 años analizados. La mayoría de aquellas tienen que ver con la traducción al castellano de libros de impacto en el mundo norteamericano, como el célebre “El mono desnudo” de Desmond Morris (1969), un ensayo sobre el origen y la evolución de la sexualidad humana en el que, sorprendentemente, el autor asume que tanto hombres como mujeres son agentes igualmente activos en el proceso de selección natural.
Durante estas décadas, al menos hasta la mitad del siglo XX, se afianza en el pensamiento mítico social, a través de muy distintas vías, el poco controvertido tema del tamaño de la cabeza como razón principal para el fenómeno de humanización. La peor consecuencia de esta popular corriente de pensamiento, que llegó a constituir pseudociencias como la frenología o fisiognomía y a convertirse en inspiradora de importantes movimientos sociales, es que fue utilizada como fundamento “científico” para decidir sobre capacidades raciales, para identificar tipos criminales, como filtro para las inmigraciones y, en definitiva, para poner en práctica un tipo de racismo que juzga a las personas por la forma de sus cráneos y no por sus capacidades reales. Su apogeo se produjo en Estados Unidos en el siglo XIX, sirviendo durante varias décadas para demostrar lo que la sociedad dirigente deseaba demostrar: la inferioridad de los negros y la menor inteligencia de las mujeres.
Así, en la historia de la consideración social de las mujeres, estas ideas tuvieron una influencia grande y por supuesto negativa. Recordemos al criminólogo italiano Cesare Lombroso, de finales del siglo XIX que, como determinista biológico, pretendía poder distinguir a una prostituta de una mujer moralmente normal por la simple forma de su cráneo, nariz, brazos, muslos y ángulo facial. Según Lombroso, la “mujer moralmente normal” se caracterizaba por su “pasividad, docilidad y apatía hacia el sexo” (Milner, 1995, p.194).
Por lo que respecta a esta obsesión por el tamaño de la cabeza existe una evidencia: las mujeres son por término medio más pequeñas que los hombres, y por supuesto sus cráneos también son más pequeños –y sus manos, y sus pies, y sus orejas, etc.-. Pero la frenología descontextualizó el cráneo, separándolo del resto del esqueleto y la conclusión final fue: las mujeres tienen el cráneo más pequeño, luego son menos inteligentes. Hay que llegar a épocas muy recientes para que en los textos sobre evolucionismo humano –y no en todos- se explique algo que debería haber sido obvio desde el primer momento, pero que no lo fue porque las asunciones previas llegan a convertirse en verdaderos muros para el pensamiento: la relación lógica que existe entre el tamaño general del esqueleto y el tamaño de la cabeza.
Y aunque ideas como esta continúen en los cimientos de nuestra forma de ver el mundo, poco a poco, a lo largo del siglo XX, algunas importantes cuestiones sobre la Prehistoria remota van cambiando. Así, en el periodo de tiempo comprendido entre 1970 y el presente lo primero que hay que destacar es la multiplicación extraordinaria tanto de textos como de otros soportes que hablan de evolución y de orígenes, sobre todo desde el boom del yacimiento de Atapuerca, a mediados de los 90.
Otra cuestión a resaltar es que, por primera vez veremos aparecer –desde luego no siempre- un cuidado en los lenguajes que pretenden convertirse en no sexistas, lo que plantea enormes dificultades. Esto ocurre en algunos textos de Religión, que incluso comienzan a defender la idea de que el cristianismo siempre trató a la mujer de forma privilegiada; pero se trata de un fenómeno aislado. En su mayoría, este tipo de textos utilizan la expresión hombre aparentemente genérica, y cuando hay que hacer referencia a las mujeres porque se habla de cuestiones exclusivamente femeninas, ellas aparecen diferenciadas –ya no son hombres-.
Es tan sólo en los textos especializados sobre orígenes humanos en los que, a partir de los 80, van a aparecer las mujeres ligadas de alguna forma a tales orígenes. Así ocurre con el célebre ADN mitocondrial, que se transmite por vía exclusivamente materna y no se mezcla en cada cruce. Según los estudios realizados a este respecto, los ADN mitocondriales de todas las variedades –mal llamadas razas- humanas, confluyen en África hace algo más de 100.000 años; es decir que todas las mitocondrias de las actuales células humanas procederían de una mujer africana de aquellos tiempos. Como era de esperar, a esa mítica mujer original se la llamó Eva, la “Eva africana”. Y aunque se trata de una teoría sujeta a crítica y a revisión, hay muchos libros de Antropología modernos y muy recomendables, en los que la única alusión a una mujer es esta cita de la Eva mitocondrial, la más que nunca eterna Eva (p. e. Chaline 1997, p. 88-90).
También en la década de los 80 comienzan a llegar a España algunas –escasas- publicaciones en las que, para explicar los orígenes humanos, se recurre a modelos complejos o sistémicos en los que las mujeres juegan algún papel. Con el fin de facilitar su comprensión los he agrupado en tres tendencias: la de la caza, siempre dominante, la del sexo, y la de la cooperación.
El modelo explicativo de la caza ya lo conocemos: es el de Darwin, el de toda la sociedad occidental durante los siglos XIX y XX y es, sin la menor duda, el modelo más fuerte y más persistente. Por su influencia, los restos de huesos y de piedras encontrados en los más antiguos yacimientos arqueológicos –en el este y en el sur de África- se han interpretado siempre como restos o huellas de actividades cinegéticas. Y no existe una sola representación de grupos de la Prehistoria remota que no ligue a los varones con tales actividades. Es el paradigma por excelencia.
A lo largo del siglo XX este paradigma se ha visto reforzado en numerosas ocasiones: por Raymond Dart en los años 20 y 30, cuando atribuyó a los pequeños y débiles Australopitecos de Sudáfrica un comportamiento agresivo y sanguinario, hasta la celebración del famoso congreso internacional “Man the Hunter”, publicado por Lee y DeVore en 1968, cuyos resultados insisten en demostrar que la caza había sido desde tiempos inmemoriales una parte consustancial al ser humano. Utilizando analogías etnográficas ilustran cómo la caza había permitido a la humanidad adaptarse a todo tipo de ecosistemas, y además presentaban este modo de vida como preferible al estrés de las sociedades productoras. Se propuso con claridad que nuestro intelecto, intereses, emociones y nuestra vida social básica habían sido producto de la adaptación a la caza, y se reivindicó, con la misma claridad, que la caza era una actividad llevada a cabo por los hombres, tanto en el presente etnológico como el pasado arqueológico.
La lectura subliminal de tales aseveraciones continuaba siendo la misma que para Darwin: si la caza había sido el motor principal de lo que nos convirtió en seres humanos, era el hombre, y no la mujer, el verdadero protagonista del proceso evolutivo.
Curiosamente, en ese mismo congreso se reconoció que la recolección tenía una mayor importancia que la caza para la dieta de estos grupos, y que esa labor era básicamente femenina en los ejemplos etnográficos. Pero como venía siendo normal en dos mil años de historia patriarcal, esa evidencia feminista se ocultó mediante el simple y eficaz truco de infravalorarla.
Diez años después se publica en nuestro país el texto más conocido del célebre y prolífico norteamericano Robert Ardrey: “La evolución del hombre: la hipótesis del cazador”. Con un punto de partida pesimista, sus ejercicios de actualismo son continuos y siempre contra la emancipación de las mujeres, a las que atribuye dos únicas invenciones: el orgasmo y la consiguiente insaciabilidad sexual (p.89), y la pérdida del vello corporal (p.114).
Está claro que en el discurso de este autor y en todas aquellas personas que lo leyeron y reprodujeron sus ideas, los hombres no son las mujeres –linguísticamente hablando- y las diferencias entre unos y otras, muy ligadas a la actividad de la caza, se remontan a los primeros tiempos, y son fuertes, insuperables, y muy negativas para ellas.
Sin embargo, poco tiempo después llegan a España las publicaciones de Glynn Isaac primero, y de Lewis Binford después, defendiendo la idea de que aquellos primeros homínidos, cazadores imaginados, hubieran sido tan sólo una presa más de los leopardos y de las hienas. Surge así el “modelo del carroñeo”, que causa bastante revolución, como resulta comprensible; a él se le añade, por las mismas fechas, el llamado “modelo de mujer recolectora”, que destaca la contribución de las hembras a la subsistencia mediante la recolección.
Pero este modelo feminista tuvo muy poco éxito. En 1997 Hager especula sobre las razones de este fracaso, indicando que los paleoantropólogos, casi todos hombres, lo interpretaron como un simple contraataque feminista al modelo del hombre cazador, como demasiado ginocéntrico y sesgado femeninamente como para ser tomado en serio (p. 7). Sin embargo, no olvidemos que el modelo del hombre cazador era y es exclusivamente androcéntrico y tampoco existen datos científicos suficientes como para mantenerlo.
Pero en el momento actual el péndulo de la Historia se ha movido de nuevo y la idea de la caza vuelve a estar de moda. El mejor ejemplo lo encontramos en otro autor de divulgación norteamericano, Desmond Morris, con su obra “Masculino y Femenino, claves de la sexualidad” (2000) que a pesar de su título, tiene como verdadera protagonista a la caza. aunque por su título pudiera parecer más adecuado para ser comentado en el apartado siguiente –el sexo-, su verdadera protagonista es la caza. Para él, mujeres y hombres somos diferentes en todo o en casi todo y la razón ancestral de esas diferencias es la actividad cazadora por parte del hombre en el inicio de la humanidad.
Por lo que respecta al modelo explicativo basado en las relaciones sexuales, recordemos que ni para la Antropología ni para la Arqueología, el sexo y la familia han dejado de presentar un claro masculinismo a lo largo de toda nuestra historia, y así vemos cómo desde la teoría de la preformación hasta la más actual Bioquímica, se encargan de repetirnos de mil maneras distintas que el papel sexual y familiar de las mujeres, aunque indiscutiblemente importante, es inferior en valor y en poder al de los hombres.
Pero en los años 70, en la saga de la Arqueología procesual, Mary Fisher y Owen Lovejoy plantearon sus modelos de “El contrato sexual” y “La atracción epigámica” ambos dados a conocer en castellano en 1982.
Lovejoy (1981) dio a la recolección el estatus de actividad primaria de subsistencia, pero en este nuevo modelo, los recolectores de alimentos vegetales eran también los hombres. Para este autor, el bipedismo comenzó porque permitía a los machos recolectores aumentar con sus brazos la cantidad de comida que podía llevar a su hembra y a sus crías, que se quedaban esperando en el campamento. El aspecto sexual del modelo viene determinado por el hecho de que las hembras se aseguraban de que el macho volvería a ellas (y sólo a ellas) desarrollando caracteres sexuales como grandes pechos, ausencia de vello o desaparición del estro, con lo que permanecían continuamente receptivas para el sexo (Hager, 1997, p. 8).
El macho así atraído asume las obligaciones de padre y esposo y se encarga de la búsqueda de alimento para toda la familia, para lo que necesita sus extremidades superiores libres. Así, si las mujeres no son cuadrúpedas, es por pura casualidad de las leyes de la herencia, de ninguna manera por sus propios merecimientos. Ya lo decía Darwin.
Helen Fisher, igual que Lovejoy, explica la aparición del bipedismo por la necesidad de transportar palos, piedras y alimentos. Ese nuevo modo de caminar trajo consigo una modificación de la pelvis que habría reducido el canal obstétrico, con lo que los partos se volvieron más difíciles. Sobrevivían mejor las madres con criaturas prematuras que, al tener menos grande la cabeza en el momento del parto, causarían menos problemas. Pero un bebé prematuro necesita más cuidados. Era necesario que alguien la ayudara y así hizo un pacto con los machos: el contrato sexual.
Este consiste en sexo a cambio de alimentos y ayuda, con la desaparición del estro: una hembra receptiva todo el tiempo puede atraer al macho -o a los machos- y mantenerlo a su lado. El aspecto sexual se convierte así en el motor generador de la vida social humana.
Ambos modelos, que no son ni mucho menos originales y que reciben una buena cantidad de oportunas críticas, se introducen con facilidad en los textos universitarios y de divulgación –no en los escolares-, siempre asociado al de la caza. Así, por ejemplo, Thomas, en una Historia universal de 1982, dice: “Mientras los hombres cazaban, las mujeres se dedicaban a coger plantas, a guisar (asando en hoyos) o a cuidar de los hijos, si bien los chicos salían a cazar a partir de la edad de diez años, como ayudantes de sus padres. La prolongada infancia de los seres humanos acentuó la conveniencia de una unión más permanente entre el hombre y la mujer que entre el resto de los animales” (p.34).
En los años 90 este tipo de discursos –para los que no existe absolutamente ninguna base científica- continúa casi sin alteración, aunque a veces es posible ya encontrar algún aviso sobre la importancia de las mujeres, motivado sin duda por la presión de los movimientos feministas occidentales.
Ya en la segunda mitad de los 90 se produce en España un espectacular lanzamiento editorial y de imágenes en torno al yacimiento de Atapuerca. Y en ese contexto, el sexo suele contemplarse de una u otra forma. Así Arsuaga y Martínez (1998), siguiendo a Lovejoy, nos cuentan: “Para que un macho de los primeros homínidos bípedos alimentase a una hembra con crías... tendría que estar seguro de que esas crías llevaban sus propios genes. Si las hembras de la especie tenían periodos de celo, habría que vigilarlas estrechamente durante todo el tiempo que éste durase. Si además la hembra no tenía estro, es decir, si no era posible saber cuándo estaba ovulando (para monopolizarla durante ese tiempo), la única alternativa viable para asegurar la paternidad era la monogamia y la fidelidad sexual” (pp. 211 y 212).
El tercer grupo de explicaciones sobre los orígenes se sitúan en torno a la palabra “cooperación” y sus derivados. Surge también en los años 70 en Estados Unidos y su inventor es el ya citado G.Isaac, para el que los yacimientos arqueológicos más antiguos de las sabanas africanas, compuestos por amplias acumulaciones de restos óseos, habían sido producidos por grupos de homínidos –Homo habilis- con una conducta solidaria: parte del grupo conseguía alimento cárnico mediante la caza, y la trasladaba al campamento para compartirla con el resto.
Isaac publicó su primer artículo en castellano en 1978 con el título “Cómo compartían su alimento los homínidos protohumanos”. Su investigación se centra en yacimientos con dataciones en torno a los dos millones de años, en África oriental, yacimientos de cuyo estudio deduce que grupos de homínidos bípedos fabricaban utensilios y acarreaban los alimentos hasta su lugar de residencia. De este modelo desprende “la formación de lazos de apareamiento de larga duración entre un macho y una o más hembras... lazos que suponen vínculos económicos recíprocos, responsabilidad conjunta en la cría de los niños y restricciones en el acceso sexual” (pp.55-56). Además, este autor, cuya enorme riqueza de ideas fue seguida y desarrollada punto por punto en las décadas siguientes a su temprana muerte en 1984, tiene claro que “mientras no corrijamos el desequilibrio creado por la perdurabilidad de los huesos en comparación con la de los restos vegetales, los estudios de la evolución humana tenderán a tener prejuicios a favor de los machos” (p.64).
La palabra compartir se presenta así como motor de la humanización. Y esta idea surge al mismo tiempo y en la misma sociedad en la que los movimientos feministas y pacifistas están intentando transformar el mundo. Ya no es la caza, la agresividad, el gusto por la sangre y por la carne; ya no es el contrato sexual lo que obliga a los machos a trabajar para las hembras a cambio de sexo continuo. Ahora, lo que nos hace humanos es la cooperación.
En la secuela de este cambio de mentalidad, en nuestro propio país se han publicado dos modelos explicativos para los orígenes humanos que tienen que ver con la cooperación. El primero es de Domínguez Rodrigo (1994) y el segundo es de mi propia autoría (2000).
Para la formulación del modelo de contrato social de Domínguez Rodrigo (1994) este autor establece que hace unos seis millones de años la falla del Rift se reestructuró, aumentando su longitud y acelerando la extensión de las praderas. Según las previsiones bioquímicas, filogenéticas y paleontológicas, fue entonces cuando el último ancestro común a póngidos y homínidos dio lugar a esas dos ramas. Los póngidos quedaron en la parte occidental de la falla, donde aún existe mucha vegetación arbórea. Los homínidos, en la parte oriental, donde se extendió la pradera y se alejó la selva, dando lugar a paisajes más abiertos.
Domínguez Rodrigo plantea que los homínidos se atrevieron a adentrarse en las áreas descubiertas porque fueron capaces de hacer frente a los riesgos que estas ofrecían. Para ello tuvieron que optar entre dos caminos: o convertirse en más agresivos, haciendo frente a los predadores en caso necesario, o hacerse más cooperativos. Esta última opción, que da entrada a un papel importante de las hembras, es la que el autor defiende.
El segundo modelo fue presentado por mí en 1995 (Querol, 2000), y se titula de ampliación del comportamiento maternal al resto de los miembros del grupo. En él, partía del hecho de que cooperar, compartir, trabajar para el grupo y no para el individuo, son las expresiones claves del origen de la humanidad, ya que de ellas se desprende la existencia de un campamento u hogar y el traslado a él de los alimentos.
En la sabana de África oriental, hace algo más de 2 m.a., debieron existir varios grupos de primates bípedos –que lo eran desde hace tiempo por diversas y discutidas razones-. Su comportamiento debía ser muy parecido al de los chimpancés actuales, divididos en grupos con un macho dominante, forrajeando de día sin compartir y durmiendo en los árboles, de forma individual -salvo madre/cría, claro está-. El hecho de atreverse a forrajear en las zonas abiertas, con peligro de depredadores potentes, lo enfrentaba cada grupo como podía: unos blanden palos y gritan para ahuyentarlos, otros, ni se acercan a los cadáveres, con lo que su posibilidad de acceso a la carne disminuye.
En este contexto las relaciones sociales más evidentes son las maternales: la madre es la responsable de socializar a las criaturas, de transmitirles todo el conocimiento, el lenguaje, las técnicas, la geografía, los animales peligrosos y los comestibles, las hierbas buenas y las malas, el agua que hay que beber y cómo conseguirla. Además, las madres bípedas han tenido que arreglárselas para sujetar de algún modo a sus crías mientras forrajean -las cuadrúpedas, como los chimpancés actuales, los llevan sobre la espalda y las crías se sujetan con manos y pies prensiles a los pelos; pero las bípedas no tienen pies prensiles y es probable que tampoco mucho pelo. Ellas han inventado una tecnología más compleja que los simples palos y, desde que son bípedas, han fabricado cestos más o menos rudimentarios que se atan al pecho para llevar a su cría-.
Al mismo tiempo, la necesidad de comunicarse tantas cosas, de conservar tanta memoria, de enfrentarse a problemas desconocidos con adaptabilidad u oportunismo, hace que el desarrollo sea más tardío y la crianza, tanto interna como externa, mayor -aquí pueden intervenir variaciones en la Biología del desarrollo, con mutaciones en los ritmos de crecimiento que se verían favorecidas -. En consecuencia, las madres no pueden parir más de una cría cada 5/7 años, con lo que corren demasiados riesgos de no tener descendencia alguna.
Uno de los grupos -o tal vez más de uno- desarrolla un nuevo modelo de comportamiento. Con los mecanismos que sean -y aquí entra la desaparición del estro, la atracción epigámica, etc.- contagia al resto de los miembros del grupo su comportamiento maternal, con lo que consigue:
1-Los machos jóvenes o adultos y las hembras sin crías realizan las mismas actividades que las madres con crías, es decir, todo el grupo, ellos y ellas, son individuos maternales: cuidan, enseñan, trabajan para los demás y transportan a las crías.
2.-En las correrías peligrosas -conseguir carne por carroñeo primario o incluso secundario o por caza- las crías no deben correr peligro, por lo que son colocadas en lugares protegidos, en los que se quedan también los pocos miembros del grupo que no pueden o no deben participar -machos y hembras-. Cuando acaba la correría, en la que ha participado más del 60% de sus individuos, el grupo cazador o carroñero transporta la carne conseguida al lugar donde se encuentra el resto del grupo y allí la comparte.
Ninguno de los modelos o explicaciones presentadas deja de ser criticable en cuanto a su oportunidad teórica; todos ellos intentan colocar en el origen –para imprimirle el sello de lo auténtico- actitudes y comportamientos que hoy nos parecen buenos, o que hoy defendemos por unas razones o por otras, casi siempre individuales. Y ninguno de ellos puede ser demostrado científicamente, ya que, al menos hasta hoy, el alcance del registro arqueológico de los yacimientos más antiguos, como indiqué al principio, es muy limitado.
No obstante, considero de gran interés subrayar la importancia de todos estos intentos teóricos de explicar la humanización sobre todo por dos cuestiones: en primer lugar porque para que avance la ciencia de la Prehistoria a través de los análisis arqueológicos en los yacimientos más antiguos, es totalmente necesaria la existencia de modelos a modo de hipótesis que nos guíen en el camino de su contrastación, con el fin de obtener alguna dosis, aunque sea mínima, de conocimiento científico.
La segunda razón es más de incidencia social: ante la escasa posibilidad de que cualquiera de estos modelos llegue algún día a contrastarse científicamente, lo que sí hemos visto y vemos en la actualidad, es la enorme importancia de su presentación como vehiculadores de justificaciones sociales. En definitiva, si tan científico resulta hablar de agresión, sangre y pelea como de cooperación, altruismo y sacrificio, como motores de la evolución humana o humanización, es mucho más positivo socialmente –por lo que tiene de esperanzador para el incierto futuro- que nos centremos en esto último.
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4. Conclusiones.
Es evidente que existen diferencias entre hombres y mujeres y que esas diferencias, que son sobre todo biológicas y físicas, pueden ser mayores o menores en casos individuales. Pero también creo y esa es la esencia de mi planteamiento teórico feminista, que los valores atribuidos a tales diferencias deben ser los mismos. En definitiva, que hay hombres y que hay mujeres, y que tan valioso es ser mujer como ser hombre, en todos los aspectos.
De acuerdo con esta postura, considero correctos aquellos discursos sobre los orígenes y primeros tiempos que nos hablen de ambos géneros, de sus posibles papeles, características o contribuciones, dándole a ambos un valor social idéntico.
Como hemos visto, ese tipo de discurso ha sido realmente muy escaso a lo largo de los últimos siglos por lo que se refiere a los escritos analizados. De hecho, tan sólo en textos escolares actuales, así como en algún manual universitario aparece ese esfuerzo por presentar y defender un estatus de igualdad en el que quien protagoniza la Historia son las personas, con independencia de su sexo o de su género. Las mayores dificultades para mantener este equilibrio, como hemos visto, son sobre todo de carácter educacional y lingüístico. En todo caso, esta tendencia cuenta con demasiados pocos años como para que haya influido en la sociedad. Habrá que esperar al futuro.
En las últimas tres décadas se han multiplicado los soportes a los que la sociedad tiene acceso para conocer, comprender o visualizar las explicaciones sobre orígenes y evolución humana. Antes se trataba sólo de libros, periódicos o alguna revista científica. Ahora hay exposiciones, películas, novelas, cómics, videos, internet, juegos virtuales y un elevadísimo número de noticias periodísticas que utilizan los orígenes –y sobre todo el determinismo biológico- para defender, disculpar o rechazar cuestiones que tienen que ver con las pretendidas diferencias entre hombres y mujeres, cuestiones que casi siempre aparecen presentadas junto a juicios de valor.
En muchos de esos nuevos medios se habla de las razones por las que algunos grupos de primates prehumanos pasaron a convertirse en humanos, es decir, a desarrollar un comportamiento que se caracteriza por dejar restos arqueológicos. Y como en esos grupos humanos a la fuerza tiene que haber alguna mujer –aunque a veces nos sorprenda su escaso número o incluso su ausencia-, esta riqueza de representaciones nos ofrece un mundo casi inabarcable de pruebas a favor de nuestras hipótesis de partida: la infravaloración de los papeles sociales de las mujeres y el continuado uso sexista de la lengua y de las imágenes.
Y esta es la principal conclusión a la que hemos de llegar para finalizar este artículo: los mitos y los relatos sobre los orígenes humanos, tanto creacionistas como evolucionistas, así como los repetidos y supuestos comportamientos sociales durante los primeros tiempos de nuestra historia, han servido y aún sirven, tanto en su fondo como en su forma, para mantener en la sociedad occidental la certeza profunda de que los caracteres físicos y psíquicos de las mujeres, así como sus aptitudes, su inteligencia y su valor, son menores y menos valiosos que los de los hombres.
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Extraído de UCM
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