martes, 3 de marzo de 2009

Vía de la Plata.

Desde la más remota antigüedad las comunidades humanas, dispersas en el territorio, han sentido la necedad de relacionarse e intercambiar elementos materiales e ideas, capaces unos y otras de modificar las estructuras culturales. De ahí la importancia de los caminos históricos, verdaderos vehículos del desarrollo humano.

Si en los albores de la humanidad los primeros caminos no fueron más que senderos por los que transitaban las manadas de animales en sus desplazamientos estacionales, en momentos más recientes el hombre establecerá rutas en función de necesidades como el control y la explotación del territorio. Así surge la Vía de la Plata, camino romano que permitía la comunicación del Norte y del Sur del occidente de la Península Ibérica. El trayecto romano se trazó de modo tan adecuado que su corredor servirá siglos después para tender, con ligeras variaciones en el espacio, nuevos caminos, ya sean de tierra (cañada ganadera), ya sean de hierro (la línea de Ferrocarril Astorga-Sevilla), ya sean de asfalto (N-630 primero y A-66 después).

La Vía de la Plata se dispone en Extremadura cual si fuera un imaginario meridiano ar-ticulador de la totalidad del espacio geográfico de la región. Se configura, pues, como un inmenso "museo abierto" que permite un acercamiento excelente al rico patrimonio extremeño: monumental, arqueológico, etnográfico y natural.

La llamada Vía de la Plata es el resultado de la adición de dos caminos romanos con finalización o inicio de trayecto en Marida: uno hacia el Sur de la capital de la Lusitania, el Iter ab ostio flum/nis Anae Emeritam us-que (que comunicaba Mérida con la desembocadura del Guadiana), y otro en dirección Norte, el Iter ab Emérita Caesaraugustam (que enlazaba Mérida con Zaragoza a través de Astorga). La unión de ambos caminos, en Extremadura entre la Trasierra y Sierra Morena (entre el Puerto de Béjar y en Puerto del Viso, respectivamente), es la Vía de la Plata.

El nombre de "Plata", lejos de estar relacionada con el metal, procede de la evolución fonética de la denominación islámica del camino romano, una vez conquistada la Península por los musulmanes. éstos llamaron al itinerario al-balat, que traducido podría interpretarse como camino empedrado. De al-balat se evolucionaría a batata, y ésta daría lugar a "plata", tras ser recuperadas las tierras por los cristianos.

Las calzadas romanas son magníficas obras de ingeniería fruto de una planificación previa que conllevaba un profundo conocimiento del territorio sobre el que iban a ser tendidas: se estudiaban los mejores vados para superar los ríos, los puertos de montaña que habían de ser salvados y los trazados más rectos para hacer el recorrido lo más cómodo posible.

Las vías se construían para que perduraran en el tiempo, llegando muchos siglos después a seguir estando en uso con ligeras reformas y mejoras. En dos sistemas constructivos básicos se encuadran todas las calzadas romanas; uno es el vía terrenae, que se construye con tierra y diversos grados de compactación y el empleo ocasional de piedra para consolidar zonas de dificultad concreta, y otro el vía glarea stratae, al cual corresponde prácticamente en su totalidad la Vía de la Plata, mucho más cuidado y duradero. Consistente este último en la apertura de grandes zanjas y desmontes sobre los cuales se disponían sucesivas capas de naturaleza y compactación diferente: en primer lugar se colocaba el statumen, conformado por grandes piedras a modo de cimentación, le seguía el rudus, similar al anterior aunque compuesto por piedras más pequeñas; seguidamente se tendía el nucleus, capa compuesta por grava o arena compactada y con un perfil alomado hacia los bordes del camino, por último se situaba la summa crusta. conformada por piedras apisonadas que trataban de dar consistencia y crear una superficie que permitiera el tránsito sin dificultad. El conjunto se completaba con unos bordillos laterales y unas cunetas excavadas a ambos lados que facilitaban el drenaje hacia los bordes del camino de las aguas pluviales. La Vía de la Plata contó con miliarios situados cada millia passuum (la milla romana, medía una distancia de 1.480 metros). Los miliarios son grandes cilindros de piedra ubicados en las márgenes del camino dotados de una información básica grabada de distancia con respecto al punto de partida de la ciudad principal (por ejemplo en la ciudad romana de Caparra se localizó un miliario que indicaba 110 millas desde Mérida). En ocasiones la información referida es más amplia y aclara bajo qué emperador se realizó la obra o su reconstrucción. Algunos miliarios siguen aún hoy en pie como mudos testigos del paso del tiempo y de los muchos caminantes que transitaron y transitan junto a ellos, otros han sido reutilizados en fincas vecinas como linderos o embutidos en construcciones, como puede verse en la población cacereña de Carcaboso.

No puede hablarse de la Via de la Plata sin referirse a los numerosos puentes a ella pertenecientes, pues éstos son estructuras sumamente necesarias para permitir la tran-sitabilidad y el paso de lugares que de otro modo supondrían barreras geográficas infranqueables. En la Vía se localizan puentes de muy variada entidad y cronología; existen puentes de traza romana monumentales como el de Mérida sobre el Guadiana o el de Alconétar (término de Garrovillas), puentes romanos menores como el de Mérida sobre el Albarre-gas y medievales sobre cimentación romana como los de La Mocha (Valdesalor), Casas de Don Antonio y Bencáliz (término de Cáceres).

Han de ser destacadas, como parte esencial de la infraestructura vinculada a la Vía de la Plata, las mansiones creadas en sus márgenes a tramos regulares. Se trata de posadas o ventas construidas para atender a los caminantes, lugares de avituallamiento, descanso, cambio de caballos, etc., emplazados a distancias que oscilan entre los 25 y los 35 kilómetros, dependiendo de si es una zona de montaña o de llano, es decir, la distancia recorrible por un caminante en una jornada. En muchos casos una mansio terminó generando a su alrededor un núcleo de población estable e incluso una ciudad atraída por la presencia de viajeros y la posibilidad de crear un lugar de comercio, en otros se situaba en un asentamiento urbano ya constituido. En el tramo extremeño de la Via y desde Sur a Norte, las mansiones que se localizan son: Curíga (Monesterio), Contributa (Medina de las Torres), Perceiana (Villafranea de los Barros), Emérita Augusta (Mérida), Ad Sórores (Casas de Don Antonio), Castris Caecilis (Cáceres), Turmulus (Alconétar, Garrovillas), Rusticiana (Galisteo), Capara (Oliva de Pla-sencia, Guijo de Granadilla) y Caelionicco (Baños de Montemayor).

Si en un primer momento Roma empleó la Vía de la Plata como lanzadera para la conquista, pacificación y control del territorio, tras el sometimiento del Oeste hispano se convertirá en un medio para la explotación de este espacio peninsular y para la difusión de su cultura, relegando al olvido las precedentes.

El camino sirvió también para la Introducción del cristianismo, que desde el Sur, desde el puerto de Gades (Cádiz) penetró hasta alcanzar la Cornisa Cantábrica atravesando el espacio geográfico extremeño. A la caída del Imperio, fue camino utilizado para el tránsito de los invasores germánicos y vía para que los visigodos recuperaran el control de las provincias hispanas de Lusitania y Beto, situándolas bajo su dominio.

Entre el 711 y el 713 otros ejércitos, esta vez musulmanes, tomarían el camino, esta vez desde el Sur, para conquistar y someter el reino visigodo a su autoridad; entonces la calzada romana todavía era uno de los principales itinerarios de la Península, y como tal se encontraba en perfecto estado de uso; uso que se mantuvo a lo largo de toda la Edad Media al ser la vía de penetración de las tropas de al-Andalus hacia el Norte en las múltiples luchas mantenidas con los reinos cristianos, y de las mesnadas norteñas hacia el Sur en expediciones de saqueo y conquista. Es durante este período histórico cuando el camino será denominado de Santiago (camino de Santiago del Sur) o mozárabe, pues era el itinerario utilizado por los mozárabes para acceder hacia el Norte en su huida de la presión islámica y búsqueda de refugio, y el posterior asentamiento como colonizadores del espacio al Norte del Puerto de Béjar, ya en tierras castellanoleonesas.

Peregrinos en camino a Santiago de Compostela y ganados trashumantes en busca de pastos compartirán el uso de la Vía de la Plata a lo largo de la Baja Edad Media y la Edad Moderna, aunque la mala conservación de la infraestructura viaria, la destrucción de puenes, como el de Alconétar, y la creación de otros itinerarios terminaron por restarle el valor atesorado durante su larga y rica historia. En la actualidad, gracias al empuje de caminantes, peregrinos, turistas, asociaciones e instituciones, especialmente Junta de Extremadura, la Via de la Plata vuelve a recuperar el protagonismo perdido y su verdadera naturaleza, pues un camino nada es sin caminantes dispuestos a hollarlo.
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Extraído de Extremadura Romana

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