Lévi Strauss y el concierto natural.

No existe perspectiva más excitante para un etnólogo que la de ser el primer blanco que penetra en una comunidad indígena. En 1938 esta recompensa suprema sólo podía obtenerse en pocas regiones del mundo, lo suficientemente escasas para poder contarlas con los dedos de una mano. Desde entonces esas posibilidades han disminuido más aún. Así, pues, yo reviviría la experiencia de los antiguos viajeros y, a través de ella, ese momento crucial del pensamiento moderno en que, gracias a los grandes descubrimientos, una humanidad que se creía completa y acabada recibió de golpe, como una contrarrevelación, el anuncio de que no estaba sola, de que constituía una pieza en un conjunto más vasto, y de que para conocerse debía contemplar antes su irreconocible imagen en ese espejo desde el cual una parcela olvidada por los siglos iba a lanzar, para mí solo, su primer y último reflejo.
Claude Lévi-Strauss, Tristes trópicos.

Acaba de morir Claude Lévi-Strauss, de quien todas las necrológicas afirman que sentó las bases de la antropología moderna. Puede que sea una simplificación excesiva afirmar que la ciencia antropológica no sea otra cosa que la mirada, la forma en que el observador se relaciona con los observados. Lévi-Strauss aplicó, allá por los años treinta, una mirada a la vez científica y humanista, muy lejana del soberbio eurocentrismo de los etnógrafos decimonónicos. Y lo que vio fue un mundo inabarcable, la inmensa diversidad de las culturas humanas repartidas por todos los rincones del planeta. Fue también el primero en avisar de la terrible pérdida que para todos suponía la desaparición de una sola de ellas.

Esta es una sección dedicada al sonido de la naturaleza. Hoy no nos vamos a salir de la norma, pero sí vamos a ampliar los horizontes, y a incluir un nuevo intérprete, la voz humana, allí donde forma todavía parte del concierto natural.

Como casi todo lo relacionado con el Homo sapiens, el viaje empieza en África. En la selva tropical en Camerún, el corazón de las tinieblas. Un mundo opresivo, con una acústica cerrada e inquietante, donde hasta los animales más inofensivos, los damanes arbóreos, lanzan unos alaridos que parece que provienen del infierno. En este mundo inhóspito, un murmullo se eleva sobre las sombras, contra el fondo continuo de los insectos. Con los ojos cerrados, podemos imaginar una nube de humo iluminada por las brasas de la leña húmeda que no arde. Envuelta en ella, una comunidad de pigmeos m´baká, quienes hoy, como desde la noche de los tiempos, levantan a su alrededor una barrera protectora con el humo, el fuego y la voz. Una situación que se viene repitiendo, noche a noche, desde la noche de los tiempos.

En la atmósfera menos opresiva de la mañana, un grupo de mujeres añade una más a la ya larga lista de utilidades del agua. Metidas hasta la cintura en una charca, palmotean contra la superficie y la convierten en puro ritmo: el agua como tambor.

Vuelve la noche cerrada en el otro extremo del continente, en el soto del río Sekenani, en la reserva keniata de Masai Mara. El aire fresco favorece la propagación de los sonidos. Sobre un fondo de anfibios silbando en todas las tonalidades, ríen las hienas y gruñe un antílope impala. Y en medio de la atmósfera desordenada y salvaje, un principio de armonía: un grupo de mujeres masai danzan en círculos tras las barreras de protección de su manyatta, la aldea de la sabana construida con un adobe formado por barro y los excrementos del ganado. La civilización y la cultura toman forma de ritmo y compás.

Al sureste, en el desierto de Namibia, un cazador bosquimano lleva la cuenta. Lo hace en una lengua que combina las vocalizaciones con chasquidos y todo tipo de ruidos, lo que nos demuestran la enorme flexibilidad de las formas de hablar. Por detrás llora una tórtola plañidera y cacarea un cálao de pico amarillo.

Para Lévi-Strauss Asia era la masificación. En su libro Tristes trópicos apunta su desagrado por unas aglomeraciones que veía como anticipo del futuro que nos esperaba a todos. A la vista está que tenía razón. Sobre todo escuchando el bullicio de una ciudad superpoblada, como Chengdu, capital de la provincia de Sichuán, En China la voz amplificada por megafonía es un elemento esencial del paisaje urbano. En este caso, mezclada además con el estrépito de un enjambre de bicicletas. Un sonido a caballo entre la actualidad y el pasado, a punto de desaparecer por el empuje del desarrollo y la masificación del tráfico motorizado.

Lejos de allí, en el espacio pero también en otra dimensión espiritual, escuchamos las letanías, los rezos y los campaniles en la atmósfera cerrada del templo de Kedareswarar, sobre el Ganges, en Benarés, uno de los lugares más santos de la más santa ciudad del hinduismo. Entre los muros resuena la invocación ancestral: Om mani padme hum.

Pero el prejuicio no es del todo justo. También en Asia encontramos voces humanas en medio del paisaje natural. Seguimos en China, en las montañas subtropicales al suroeste de Sichuán, donde aún perviven las últimas comunidades miao, inmersas en el estrépito permanente de las cigarras. O en las montañas del Altai, en Mongolia, el lugar más alejado del mar de todo el planeta. En esta inmensa soledad, fría y seca, un grupo de nómadas arrea su caravana. Gruñen los camellos bactrianos, crujen los arneses y unas voces cantarinas alegran por unos minutos el silencio de estos desiertos vacíos.

Pero Lévi-Strauss comenzó sus estudios de campo en la Amazonía brasileña, de por sí todo un mundo de voces y culturas. Aquí –y esta es una apreciación estrictamente personal- parece que los indígenas hablan siempre en una tonalidad monocorde, casi en susurros; es como si trataran de no desvelar su presencia en el mundo hostil y opresivo de la selva. Unos indios capó entonan una triste canción que, aunque no lo parezca, es un rito propiciatorio de fertilidad.

Aunque en las últimas décadas se han perdido muchas voces, el concierto de la tierra continúa. Que sea por mucho tiempo.
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Extraído de El Mundo

Comentarios

santiago ha dicho que…
estimado amigo, dieron la noticia por la radio, pero la verdad no conocía a este personaje.
Un abrazo y saludo