El papa que quiso matar a Hitler

Como acostumbró a hacer en otras ocasiones, Hitler quiso dar un escarmiento de libro a Pío XII en forma de ocupación. No podía permitir tanto desdén. ¡El Vaticano! Lo pagaría caro

Después de su habemus papam, Pío XII no volvió a condenar el antisemitismo 
En marzo del 37, Pío XI, a quien la prensa del momento calificó como «un indisciplinado de Hitler», había hecho publicar una encíclica, Mit Brennender Sorge, en la que se aludía explícitamente al nazismo latente de Alemania. Ese año, al contrario de lo que se ha dicho en muchas ocasiones y que apunta a la legitimidad intimidatoria del régimen nacionalsocialista, rastreaba la sangre de lejos. El terruño Europeo anunciaba carmines. Se veía venir.

Hasta en cinco ocasiones se refiere Pío XI a la raza, a menudo enmarcada dentro de la deificación del hombre, es decir, cuestiones de totemismo hitleriano: «Aquel que con sacrílego desconocimiento de la diferencia esencial entre Dios y la criatura, entre el Hombre-Dios y el simple hombre, osase poner al nivel de Cristo, o peor aún, sobre Él o contra Él, a un simple mortal, aunque fuese el más grande de todos los tiempos, sepa que es un profeta de fantasías a quien se aplica espantosamente la palabra de la Escritura». Amanecerá Dios, y medraremos.

Aunque al final se pudo leer en todas las parroquias alemanas, Hitler puso mucho empeño en evitarlo. Así, se realizaron registros en imprentas y en los diarios católicos de Berlín en busca de las deseadas copias. Pero este pisar los talones no llegó a ninguna parte: «Parece que la carta ha sido impresa en alemán fuera de Berlín, repartida a los obispados y distribuida a las parroquias por motoristas», decía La Libertad el 27 de mayo.

Objetivo de Hitler: terminar con el clero polaco

El mazazo de la Mit Brennender Sorge de Pío XI fue grande para el Reich en un momento en el que el nazismo caminaba con el papo lleno después de la publicación de Divini Redemptoris, otra encíclica del pontífice que hacía una crítica de lenguas calvas sobre el comunismo: «Se destruye la libertad del hombre. Se niega el derecho a la persona humana», decía.

En 1939 Polonia era invadida por el ejército alemán ante la pasividad del resto de Europa, sobre todo de Inglaterra, obligada moral y legalmente a salir en defensa de los polacos, algo que ya había sucedido con la invasión de Austria y de Checoslovaquia. Un supuesto pogromo contra los ciudadanos alemanes en Polonia sirvió de excusa al nacionalsocialismo. Todos los gatos son pardos o una puesta en escena que sacó de entre bambalinas a la Segunda Guerra Mundial. Imparable, inclemente, salvaje.

¿Para qué seguir fingiendo? Entonces Hitler confeccionó una lista de 75.000 polacos relevantes contrarios a Alemania. Y comenzó la matanza. Todos aquellos que pretendían mantener la nacionalidad de Polonia frente a la desnacionalización que ansiaba el Tercer Reich fueron perseguidos sin misericordia. Respecto al catolicismo, el 20 por ciento del clero polaco dejó de respirar. Un ejemplo de esta persecución que cansó del todo a la Abwehr se ve en las palabras que Juan Pablo II dedicó al tema en Don y Misterio:

«Durante el período de la ocupación, el Arzobispo Metropolitano estableció el seminario, siempre de modo clandestino, en su residencia. Esto podía desencadenar en cualquier momento, tanto para los superiores como para los alumnos, severas represiones por parte de las autoridades alemanas».

Objetivo del papa: terminar con Hitler

Por esa época, el timón del Vaticano quedaba en manos de Pío XII, quien había hecho mutis por el foro una vez fue elegido papa. A pesar de que durante muchos años se le echó en cara esta aparente connivencia con el nazismo, parece ser que su silencio se debió a un plan estratégico que pasaba por terminar con la vida de Hitler como única solución a la sangría europea. Punto y seguido este, porque los partidarios de una y de otra versión siguen existiendo hoy allá donde el tema adquiere especial relevancia.

Es decir, la cabeza del Führer dejaría de remover el puchero de la raza. Al menos eso opinaba Pío XII. También Wilhelm Canaris, el jefe de la Abwehr o la inteligencia militar alemana. Una prueba (entre un millón) de esta complicidad papal por buena parte del mundo la tenemos en casa.

El 18 de julio de 1941, entornando en la misma caja el franquismo, el nazismo y al alto clero, España Popular, clandestino, se dolía de la falta de atención que estaba sufriendo la derrotada República española por parte de Pío XII: «La exquisita sensibilidad papal ha permanecido inalterable, lo cual está perfectamente ligado a su propia actitud en el caso del terror sembrado a voleo por todos los campos de Europa por ese moderno Atila que es Hitler».

Canaris y el pontífice eran dos de los vértices en el triángulo conjura. El tercero, Josef Müller, abogado del judío, católico de pura cepa y voluntarioso opositor al régimen nacionalsocialista. En este triangular que tenía como centro la vida, la muerte de Hitler, la información seguía este patrón: de Canaris a Müller y de este a Pío XII y a Inglaterra.

Segando la hierba bajo sus pies

Así desde 1939. Los intentos de asesinar a Hitler fueron tantos como las hormigas que Zeus tenía delante de los ojos, y considerables también los tirones de pelo ante quien Ribling aseguró tener la suerte del diablo: el Führer salió ileso de todas las tentativas, incluida la cinematográfica Operación Valkiria que se cobró la Abwehr y la vida de Canaris. Müller, sin embargo, soportó la sombra de la muerte, que era la suya misma, agarrando sus pies en Dachau.

Lógicamente, Hitler puso el grito en el cielo. ¡El Vaticano! Como acostumbró a hacer en otras ocasiones, quiso dar un escarmiento de libro a Pío XII en forma de ocupación. No podía permitir tanto desdén. ¡El Vaticano! Lo pagaría caro. Pero Wolff, el general encargado de encabezar la conquista, católico, no convino con el plan. Dicen que rindió a sus tropas sin el visto bueno de Hitler una vez que los aliados avanzaban por Italia. Cuentan que puso las cosas fáciles al enemigo.

Aquí, el punto ya fue final. Decía Pío XI en su famosa encíclica que «sobre ellos, y solamente sobre ellos y sobre sus protectores, ocultos o manifiestos, recae la responsabilidad de que en el horizonte de Alemania no aparezca el arco iris de la paz, sino el nubarrón que presagia luchas religiosas desgarradoras». Hubo monstruos, en plural.

Bibliografía

BLET, P., Pío XII y la Segunda Guerra Mundial. Madrid, Cristiandad, 1997.

BASSETT, R., El enigma del almirante Canaris: historia del jefe de los espías de Hitler, Barcelona, Crítica, 2006.

Vía| Vatican, Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, Hemeroteca de la BNE, ver bibliografía
Imagen| Pius PP. XII

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