miércoles, 14 de marzo de 2018

El año sin verano que inspiró a los artistas románticos

La excepcional y extrema climatología que tuvo lugar en 1816 influirá en la obra de diversos autores

J. M. W. Turner, Canal de Chichester, 1828
El 5 de abril de 1815 tuvo lugar un hecho con desastrosas consecuencias: el volcán Tambora, ubicado en la isla de Sumbawa, Indonesia, entró en erupción. Su actividad volcánica alcanzará un máximo histórico el 10 de abril, convirtiéndose en un auténtico infierno de fuego líquido con columnas de humo y cenizas que parecían no tener fin, lluvias de piedras y explosiones que se escucharon a miles de kilómetros de distancia.

Más de 10.000 personas murieron durante la erupción, a las que hay que sumar las más de 60.000 que perecieron por hambre o enfermedad posteriormente. Pero las fatales secuelas no habían hecho más que empezar, pues los varios millones de toneladas de azufre lanzados a la estratosfera provocaron grandes cambios climáticos a nivel mundial. La gran cantidad de polvo y cenizas volcánicas sumadas al azufre hicieron que se redujera la luz del Sol, ocasionando un descenso generalizado de las temperaturas.

Vista del volcán Tambora
Este fenómeno, unido a una caída histórica en la actividad solar, hizo que al año siguiente, 1816, se le conociera como “el año sin verano”. Los efectos no se hicieron esperar: la pérdida de las cosechas, la subida de los precios, las hambrunas y las epidemias fueron las protagonistas principales en el escenario. Entre los sitios más castigados estuvieron el norte de Europa y el nordeste de América, aunque la situación fue desastrosa en todo el planeta.

Pero, en medio de tanta desgracia y muerte, algunos artistaslograron encontrar la inspiración incluso con un panorama tan terrorífico.

J. M. W. Turner, El declive del Imperio Cartaginés, 1817
Los atardeceres de Turner

Los niveles de ceniza en la atmósfera hicieron que en Inglaterra el cielo se tiñera de un inusual tono rojizo al ponerse el sol. Algunos de los impresionantes crepúsculos que plasmará el pintor romántico J. M. W. Turner son, sin él imaginárselo, consecuencia directa del azufre que impregnaba el ambiente. La extraordinaria paleta que utiliza Turner en sus lienzos se vuelve aún más increíble debido a una explosión volcánica que había tenido lugar al otro lado del mundo, estos colores quedarán grabados en su memoria para siempre.

Turner representa al artista romántico en todo su esplendor, inspirado por el poder y la fuerza de la naturaleza intenta plasmar lo sublime y lo violento de los fenómenos naturales en sus obras, demostrando la insignificancia del ser humano ante el empuje y la potencia de estos.

La crueldad del mar, la catástrofe que acarrea un incendio o la belleza inexplicable del atardecer son las musas de Turner, conocido como“el pintor de la luz”. En cuadros como El declive del Imperio Cartaginés (1817) podemos ver las consecuencias directas de esos cielos rojizos que Turner observó en el verano inexistente de 1816. Una gama de colores que no dejará de acompañarle y que se puede comprobar en lienzos como Canal de Chichester (1828), Castillo Flint (1838) o Barco de esclavos (1840).

J. M. W. Turner, Castillo Flint, 1838
El nacimiento del monstruo de Frankenstein

Fue en este invierno perpetuo de 1816 cuando varios escritores e intelectuales románticos del momento, que solían veranear en la Villa Diodati cercana al Lago de Ginebra, permanecían bajo techo debido a las inclemencias meteorológicas. Entre ellos se encontraban Lord Byron, Percy Shelley, su amante y futura esposa Mary Shelley o John Polidori, quienes idearon una competición de historias de terror para matar el aburrimiento.

Los resultados no pudieron ser más extraordinarios, ya que Mary Shelley acabó concibiendo a partir de uno de sus relatos el origen para su novela Frankenstein o el moderno Prometeo, que verá la luz en 1818. La atmósfera desoladora que se observaba en el exterior, unido al tiempo libre y la tensión que se empezaba a respirar en el interior, llevaron a la mente de la joven escritora a crear el monstruo protagonista de una de las ficciones más notables de todos los tiempos.

Las experiencias y relatos que se vivieron en la mansión también inspiraron a John Polidori para escribir El Vampiro, creando el personaje del vampiro romántico que más tarde servirá de inspiración a Bram Stoker para escribir su Drácula.

Lord Byron, el poeta romántico por antonomasia, compondría durante esta reclusión literaria un poema de 82 versos al que llamó Oscuridad y que comienza así:

Tuve un sueño, que no fue un sueño.
El sol se había extinguido y las estrellas
vagaban a oscuras en el espacio eterno.
Sin luz y sin rumbo, la helada tierra
oscilaba ciega y negra en el cielo sin luna.
Llegó el alba y se fue.
Y llegó de nuevo, sin traer el día.
Y el hombre olvidó sus pasiones
en el abismo de su desolación (…)

De las palabras de Byron, que no dejan indiferente, se puede empezar a imaginar esa oscuridad y ese invierno perpetuo en que se había sumido el mundo: el hombre totalmente expuesto y a merced de la naturaleza.

Portada de Frankenstein o el moderno Prometeo, 1831
Creaciones en otros campos

Fue en 1816 cuando el gran Beethoven compuso su único ciclo de canciones, A la amada lejana, una serie de composiciones que reflejan esas tinieblas heladas que asolaban Europa.

Las consecuencias de este fenómeno se dejaron ver incluso en el campo de la invención. La falta de cebada para alimentar a los caballos pudo ser el motivo que llevó al inventor alemán Karl Drais a imaginar nuevas formas de transporte que no necesitaran animales creando el velocípedo en 1817, germen de la futura bicicleta.

Las temperaturas comenzaron a normalizarse de nuevo en 1818, pero el año de 1816 contó con el verano más frío de la historia, un verano gélido, un verano que nunca fue, en el que los artistas se crecieron una vez más ante la adversidad, dejando sus vivencias e influencias grabadas en sus mejores obras.

Imagen| WikiArt

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