martes, 27 de marzo de 2018

Los autorretratos de Goya: una visión crítica (III)

Goya y el doctor Arrieta 
 
Francisco de Goya, Goya atendido por el doctor Arrieta (1820). Detalle
Fechado en 1.820, Goya realizó un homenaje al que fuera su Médico de cabecera, el doctor Eugenio García Arrieta, por medio de un óleo sobre lienzo, de 117 por 79 centímetros, que se encuentra en el Instituto de Arte de Minneapolis, en Estados Unidos.

Un año antes de la ejecución de este magnífico y emotivo lienzo, Goya había sufrido otra crisis, suponemos que en el marco de la enfermedad que ya padecía desde Noviembre de 1.792, si bien algunos autores han puesto de relieve que el artista, en esta ocasión, enfermó de tifus, siendo curado por este galeno, al que él, agradecido, le dedicó el cuadro titulado “Goya atendido por el doctor Arrieta”. En la parte baja del lienzo, en una cartela, se puede leer lo siguiente: “Goya agradecido, a su amigo Arrieta: por el acierto y esmero con que le salvó la vida en su aguda y peligrosa enfermedad, padecida a fines del año 1.819, a los setenta y tres años de su edad. Lo pintó en 1.820.”

En este lienzo, vemos cómo la patología de nuestro artista influye en su pintura. Efectivamente, el artista aparece autorretratado muy enfermo, agonizando, sostenido por detrás por el galeno que le da a beber, de un vaso, alguna medicina. En un fondo oscuro, espectral, fantasmagórico, aparecen a la izquierda unos rostros femeninos que algún sector crítico ha identificado como las Parcas. Las Parcas, también llamadas Moiras, eran tres diosas – o brujas – de avanzada edad, las más viejas del Olimpo. Aparentemente no tenían tanto poder como Zeus, pero todos los dioses las respetaban y las temían. Las Parcas conocían el futuro, pero casi nunca lo revelaban y tenían en sus manos las vidas de todos los mortales. Sus nombres eran. Cloto, Láquesis y Átropos. Representaban el pasado, el presente y el futuro. Ellas tejían los hilos de la vida de los mortales, de los seres humanos. Cloto elegía un hilo, Láquesis lo tejía, y Átropos lo cortaba. Cuando esto sucedía, la persona a la que pertenecía el hilo moría en el acto.

Francisco de Goya, Goya atendido por el doctor Arrieta (1820)
Otro sector doctrinal ha pensado que esos rostros femeninos pudieran estar inspirados en la figura de Leocadia Zorrila, la mujer que convivió con el artista en sus últimos años de existencia, tras enviudar de la que fue su esposa, Josefa Bayeu.

Cabe preguntarse qué significado tiene este lienzo, ya que hay que recordar que la mayor parte de las pinturas de Goya a partir del padecimiento de su enfermedad, en 1.792, tienen un simbolismo que el espectador tiene que descifrar.

Una parte de la crítica ha interpretado este lienzo como un exvoto a su médico, en atención al agradecimiento, la gratitud que sintió Goya por la curación de la terrible y delicada enfermedad que sufrió cuando contaba setenta y tres años de edad. El artista estimó que el galeno le había salvado de la muerte, de la Parca, y, en un arrebato de gratitud y reconocimiento, pintó este portentoso lienzo.

El cuadro pudiera concebirse, en la actualidad, como una Piedad laica; en el lugar de Cristo, se coloca al artista enfermo, moribundo, y el galeno haría las veces de ángel protector y guardián. El menaje, a mi juicio, parece evidente: la vida pende de un hilo; la vida de Goya se va, agoniza inmerso en un mar de sufrimientos, y sólo el médico es capaz, con sus cuidados solícitos, de salvarle, otra vez, de la muerte que le llama a su lado, con su terrible incertidumbre, sus fantasmas y sus ecos de tenebrosidad. El artista siempre había sentido, desde bastante joven, un miedo cerval a la muerte, entendía ésta como un abismo en el que el ser humano se precipita y la nada acoge no solo el cuerpo, sino también el alma.

Goya se autorretrata en este lienzo con la boca ligeramente abierta, la mirada extraviada – los ojos no tienen un punto de atención fija, es una mirada perdida en la desolación y el sufrimiento -, con una actitud moribunda, en tensa relajación, falto de fuerzas y de total consciencia. Hay un elemento importante en el cuadro y son las manos del artista, que aferran, febrilmente, las ropas que le cubren, como si, con este detalle, quisiera el artista agarrarse al débil hálito de vida que aún le quedaba.

Es interesante destacar, asimismo, el hábil manejo del color y la iluminación, en cuanto establecen un contraste entre las carnaciones respectivas de Goya u su médico. Efectivamente; el artista aparece con un aspecto pálido, sepulcral, debilitado, mientras que el galeno presenta un saludable aspecto. Es el contraste entre la enfermedad y la salud. Este contraste, así como el juego de luces producido por la bata del artista, de color blanco brillante, lo mismo que la sábana a la que intenta aferrarse, subrayan el dramatismo de la escena y denota, en esa luz blanquecina, reminiscencias de la pintura del holandés Rembrandt, al que Goya admiraba profundamente y consideraba como su maestro.

La pincelada es precisa, pero suelta y libre. Las dos figuras aparecen cercanas al espectador, buscando, de este modo, que éste se sienta inmerso en los sentimientos que del lienzo afloran.

El cuadro, si se analiza desde un punto de vista global, refleja una temática, muy característica del Siglo XIX y de la burguesía de aquella época, cual es la admiración por la Ciencia y, en particular, por la Ciencia Médica. Goya se distancia, aquí, de la intervención cristiana y del concepto propiamente religioso de la vida, no entendiendo su curación como un milagro realizado por el Ser Supremo, sino como una actuación, cabal, de la sabiduría reflejada en la medicina y encarnada por este galeno al que retrata con gran humanidad, sin que esa humanidad le reste firmeza y decisión a la expresión del rostro de Arrieta. Con estos datos, el lienzo se aleja de las connotaciones tradicionales de la pintura religiosa y académica del Siglo XVIII, e incluso de las sátiras y burlas contra los galenos, tema éste muy habitual en el Antiguo Régimen y que el mismo Goya trató de forma prolífica en sus estampas, en las que ridiculizaba a los galenos, llegando a dibujarlos como si fueran burros, en atención a su falta de conocimientos y a las escasas habilidades en su oficio.

Con este lienzo, homenaje, en definitiva, a la Medicina, Goya inaugura la pintura moderna.

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Bibliografía

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Sánchez Cantón y Xavier de Salas: Goya y sus pinturas negras en la quinta del sordo. Editorial Milán-Rizoli, 1963.

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Imagen| Wikipedia

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