martes, 17 de abril de 2018

Los primeros gitanos inmigrantes legales en América

Desde los homicianos, hasta el herrero Jorge Leal 
 
La Habana en el siglo XVII, por Jhon Ogliby
Los primeros gitanos que pisaron tierra americana llegaron con Colón en su tercer viaje, y lo hicieron en virtud de una real cédula de 22 de junio de 1497, por la que se conmutaba a los delincuentes las que les hubieran sido impuestas si aceptaban convertirse en colonos de las nuevas tierras descubiertas. La Española, Santo Domingo e islas aledañas se convertirían de esta forma en la meta final de un viaje de más de tres siglos a través de los cinco continentes.

Los Reyes Católicos, una vez comprendieron las dimensiones del descubrimiento colombino, vieron la urgente necesidad de poblar las tierras recién descubiertas y consolidar así su dominio sobre ellas, por lo que dispusieron una improvisada política colonizadora, por medio de medidas tan sencillas y rápidas como la de autorizar la transferencia de población penal a las nuevas tierras. En principio, se trató de personas condenadas a destierro, aunque posteriormente, dado el insuficiente contingente que generaba tal disposición, se amplió a los sentenciados por delitos de muerte o heridas, a los que se les invitaba “a servir en persona a la isla Española y sirvieren en las cosas que el dicho almirante les dijere y mandare”.

La estancia en las Indias se graduó en relación al delito cometido: dos años para los que mereciesen la pena de muerte, y de un año para los merecedores de una pena de menor cuantía. A todos ellos se les perdonaba “cualesquier crímenes y delitos, y de cualquier manera y calidad y gravedad que sean”. Además, se les restituía “a los dichos delincuentes en su buena fama”. De esta forma, el 30 de mayo de 1498, entre los 300 hombres y 30 mujeres de la expedición, se hallaron los gitanos Antón, Macías, Catalina y María de Egipto, todos ellos condenados por homicidio.

Este tipo de política colonizadora fue rápidamente abandonada, pues la corona acabó decantándose por el asentamiento de familias de campesinos y artesanos en América, desechando el modelo inglés de convertir América en una especie de colonia penitenciaria para los delincuentes metropolitanos.

No sabemos si estos primeros colonos gitanos echaron raíces en tierras americanas, ni si al socaire de dicha cédula, nuevos elementos de esta etnia aceptaron trasladarse a las Indias, antes de la creación de la Casa de Contratación en 1503, pues desde entonces se comenzó a vigilar estrictamente el cumplimiento de la legislación en lo referente a moros, judíos, gitanos y protestantes, exigiendo testimonios para demostrar la condición de cristianos viejos. Finalmente, a primero de febrero de 1570, Felipe II dispuso la prohibición de pasar “a las Indias gitanos, ni sus hijos, ni criados”.

Las fuertes trabas que en general se establecieron para pasar a América, aun cuando era constatable la gran necesidad de colonos que necesitaba el despoblado Nuevo Mundo, repercutieron en la escasez de mano de obra especializada, como lo fue en el caso de los maestros herreros. Así, en 1602, Pedro de Valdés, gobernador de la isla de Cuba, tras no haber hallado a nadie que se ofreciera para trasladar su herrería a la isla, se lo propuso al trianero Jorge Leal. Para solventar el escollo que suponía ser de “casta de gitanos”, Valdés justificó que Jorge Leal sería “muy necesario para la obra y de los castillos” de La Habana, muy debilitada por los ataques de franceses y de ingleses en aquellas fechas.

Siguiendo los trámites indispensables para obtener la licencia, Jorge Leal presentó su solicitud, así como la autorización para que con él pasasen su mujer Magdalena Fernández y sus dos hijos, Fabián y Sebastián de Heredia. Igualmente se obligaba a residir en La Habana sin hacer ausencia de ella. Admitida esta justificación, Jorge Leal presentó a continuación a tres testigos trianeros, también gitanos,quienes corroboraron que conocían a Jorge Leal de muchos años atrás y que su matrimonio e hijos eran legítimos.

Obtenida de forma definitiva su licencia para trasladarse a Cuba como maestro herrero, Jorge Leal compareció el 13 de marzo de ese año para otorgar su carta de obligación, por la que se comprometía a residir con su familia en La Habana “todo el tiempo que S.M. mandase, sin salir de ella sin licencia, usando de “su oficio de tal herrero”, por todo lo cual obligó su persona y bienes.

Superados los obstáculos legales, Jorge Leal y familia lograron cruzar el Atlántico y bien pudieron sentar el precedente para allanar el camino de otros gitanos, que bien pudieron ser los testigos anteriormente nombrados, también oficiales herreros. Sin embargo, no debieron ir bien las cosas a esta familia gitana, pues tres décadas más tarde hallamos a su nieto Jorge, hijo de Sebastián, condenado a diez años de galeras por resistencia, robo y salteamiento en las cercanías de Cádiz, en donde dijo había nacido.

Bibliografía

MARTÍNEZ MARTÍNEZ, Manuel, Los gitanos y la prohibición de pasar a las Indias españolas. Revista de la CECEL. Expediciones y pasajeros a Indias, 10, 2010: 71-90.

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Imagen| La Habana en el siglo XVII, por Jhon Ogliby

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