sábado, 16 de junio de 2018

Relaciones entre nativos algonquinos y balleneros vascos en los siglos XVI-XVIII

Los contactos entre estos dos pueblos generaron la necesidad de crear una lengua simplificada para poder comunicarse

Recreación de unos balleneros vascos

Si te dijeran que hubo un grupo de nativos norteamericanos que hablaban euskera, ¿lo creerías? Parece algo poco posible, pero si nos ponemos a mirar un poco en la historia del siglo XVI al XVIII en la zona de Terranova y Labrador podemos ver que fue un hecho.


Vamos a situarnos primero en la cornisa cantábrica; la gran actividad de los marineros vascosprovocaba una gran presión entre la fauna marina de la zona, sobre todo en grandes cetáceos, como la ballena franca (Eubalaenaglacialis).

Su grasa se convertía en aceite, también llamado saín, que servía para alumbrar y no soltaba olor ni humo. Su carne en España no era apreciada, por ello se salaba y se vendía a los franceses. Las barbas eran muy preciadas al ser uno de los pocos materiales flexibles de la época. Los huesos servían como material de adorno y muebles. Se percibía grandes ganancias con la caza de este animal, junto al comercio de pieles y la pesca de bacalao.

Debido a la presión cinegética en la zona y la rivalidad con otros pescadores holandeses, alemanes y británicos, la caza de las ballenas empezó a desplazarse hacia Galicia y posteriormente al Mar del Norte, Islandia, Groenlandia, Labrador y Terranova (estas dos últimas en Canadá). Estas expediciones se financiaban por cofradías, ayuntamientos privados o particulares con gran capacidad adquisitiva.

La txalupa vasca

Según la tradición popular, los vascos llegaron a la costa canadiense en 1375, pero de esto no hay evidencias. No es hasta la llegada de Jacques Cartier (siglo XVI) a la zona de Terranova cuando éste indicó: “en aquellas aguas remotas encontré a miles de vascos pescando bacalao”.

La época de mayor apogeo para los balleneros vascos ocurrió entre 1530-1570. En este momento la flota vasca reunía unas treinta embarcaciones, con sus correspondientes hombres a bordo (en total, cerca de unos dos mil) y capturaban alrededor de cuatrocientas ballenas cada año. Esto les proporcionaba cerca de nueve mil barriles de saín.

La presencia reiterada de población vasca en la zona y su interacción con los nativos algonquinos de la zona, mikmaq(micmac) y beothuk principalmente, obligó a que tuvieran que entenderse para poder intercambiar productos y comerciar. Tuvieron que recurrir a simplificar sus lenguas (también conocido como pidgin) y hablar en algonquino-vasco o vasco-algonquino (en Islandia los vascos también tuvieron que recurrir a esto).

Varias fuentes del momento evidencian el uso de este pidgin entre los nativos como algo habitual, como Esteban de Garibay, que en 1571 hablaba acerca de que los nativos de estas zonas habían aprendido euskera y que el resto de población europea, al estar mejor preparada culturalmente, también podría hacerlo.

Las relaciones entre las tribus algonquinas y los balleneros vascos propiciaron que aquéllos empezaran a adoptar palabras euskeras e incluirlas en su propio idioma

En Histoire de la Nouvelle France (1612) el autor, Lescarbot, comenta que es accesible comunicarse con aquellas comunidades al tener en su idioma muchas palabras vascas mezcladas.

Lope Martínez de Isasti en 1625 apunta que los nativos saludan con la fórmula euskera “apeizakhobeto” (“¡los curas mejor!”) a la pregunta “nolazaude” (“¿cómo estás?”). Peter Bakker en 1710 indicaba que seguía usándose esta lengua mezclada con las nativas. Los mikmaq se apropiaron de palabras vascas o cambiaron el nombre de sus tribus por términos en euskera.

A finales del siglo XVI los barcos y sus marineros son alistados obligatoriamente en la Armada Invencible, pero la derrota de esta supuso una gran pérdida para los balleneros vascos. Con el Tratado de Utrecht (1713), ingleses y franceses se quedaron con la zona Labrador y Terranova, donde los balleneros vascos no pudieron volver.

Actualmente, en Red Bay podemos encontrar un museo de los balleneros vascos; en el escudo de San Pedro y Miquelón (Canadá) se puede observar una ikurriña. Se pueden encontrar en esta zona topónimos como Etxalde Portu, Baratxoa, Plazentzia,… Hoy en día el legado de los balleneros y la lengua algonquina-vasca es evidente en la zona oriental de Canadá.

Imagen| Wikipedia

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