Eduardo Úrculo: del desnudo femenino al sombrero como protagonista

A Úrculo se le considera el representante español más importante del pop art, un personaje querido y admirado por muchos

Eduardo Úrculo, Puente de Brooklyn, 1992.

Los comienzos nunca son sencillos. En el caso de Úrculo su infancia estuvo marcada por las penurias de la posguerra. Nacido el 21 de septiembre de 1938 en la localidad vizcaína de Santurce, pronto se trasladará junto con el resto de su familia a tierras asturianas, a Sama de Langreo, buscando una vida más próspera gracias a la minería. Sus primeros años no escaparon a la miseria que reinaba en estos momentos y a pesar de entrar en 1948 en el instituto de enseñanza media, pronto tuvo que abandonar los estudios para ponerse a trabajar como ayudante de topografía.

Sin embargo, el azar va a querer que este período fuera provechoso para el futuro artista, siendo en estos momentos cuando se despierte su interés por el dibujo, descubriendo la obra de Toulouse-Lautrec, Van Gogh o Modigliani.

Eduardo Úrculo, El cuerpo arropado, 1975.

Este primer acercamiento se intensifica cuando cae enfermo de hepatitis en 1954 y tiene que reposar en cama durante largos meses, pues aprovechará este tiempo para dedicarlo al estudio de la pintura.

Cuando se recupera no tarda en empezar a plasmar las casas y las calles de su alrededor siguiendo el estilo de estos primeros pintores que admira y trabajando a la peculiar manera impresionista, al aire libre. Había comenzado también a dibujar cómics para el periódico asturiano La Nueva España y será entonces cuando el Ayuntamiento de Langreo le conceda una beca para asistir al Círculo de Bellas Artes y la Escuela Nacional de Artes Gráficas de Madrid.

Eduardo Úrculo, Oficina de Nueva York, 1990.

Un vez establecida su residencia en la capital sus lienzos se van a volver más comprometidos, pasando por una etapa de denuncia social donde muestra el ambiente demacrado de los suburbios madrileños. Esta fase ha sido calificada de “expresionismo social”, con pinturas inundadas de tonos ocre tanto en sus personajes como en las chabolas y fábricas.

En 1959 ve cumplido su sueño de viajar por primera vez a París, donde asiste a clases en La Grande Chaumiére, visita los grandes museos donde contempla las obras que habían despertado su pasión de niño y expone su cuadro Mineros de Asturias, siguiendo la línea de esa pintura social.

Su círculo cultural y social se seguirá ampliando cuando exponga en 1961 en Marbella y conozca a Jean Cocteau, viajando de nueva a París para relacionarse con Giacometti, ManRay y Max Erns. Sus obras se siguen moviendo en el expresionismo y aun no cuenta con una identidad definida, buscando su propio lenguaje.

Eduardo Úrculo, Algo imposible, 1996.

En estos momentos se casa con la francesa AnnieChanvallon, con la que tendrá a su hijo Yoann.Pero en 1965 sufrirá una crisis creativa en la que acabará abandonando su pintura de corte social. Se instala en Ibiza y viaja por el norte de Europa, donde volverá a encontrar la inspiración que creía perdida al entrar en contacto con la obra de Warhol, Lichtenstein y Rauschenmberg, recobrando su fe en el arte al contemplar la pintura pop de estos importantes personajes en una exposición de Estocolmo.

En 1968 participa en la Primera Bienal de la pintura asturiana en Gijón, exponiendo posteriormente en Frankfurt y Estados Unidos. A estas alturas su obra ya había sufrido un cambio radical, absorbiendo los postulados del pop art, cambiando el óleo por el acrílico y con una gama cromática más cálida. En lo referente a la temática, va a pasar en estos años por una “etapa erótica”, inspirándose sobre todo en el cuerpo femenino. Esta época la desarrollará durante toda la década de los 70, algo que resultará muy atrevido teniendo en cuenta la situación política del país, llegando incluso a vivir en carne propia la censura al retirar sus cuadros de muestras como la Bienal Hispanoamericana. Esto no le impedirá seguir representando a la mujer en sugerentes posturas, introduciendo elementos como la vaca para representar la maternidad, influenciado por el embarazo de su mujer. Así, seguirá exponiendo por toda España y conocerá en estos momentos a Dalí y a Miró, enriqueciendo de nuevo su círculo artístico.

El propio Úrculo escribirá de esta etapa que “mis trabajos de entonces participaban de algún modo de la llamada revolución sexual, tenía un propósito de lucha, de autoafirmación frente a un sistema represivo”.

Eduardo Úrculo, La tentación, 1998.

La fama que está alcanzando es innegable y parece que por fin ha encontrado su propio lenguaje, el cual alcanzará su punto álgido en la década de los 80, tras pasar una breve etapa realizando bodegones. Su obra se va a volver mucho más personal al poner en el centro de sus cuadros como protagonista al hombre solitario moderno, al viajero del mundo, un personaje que se considera un alter ego del propio Úrculo, pero acompañado de un característico sombrero y siempre dando la espalda al espectador.

El mismo autor afirma que es “una representación existencial del hombre, que como protagonista solitario de un periplo metafórico, bucea en los espacios de lo íntimo más allá de la ciudad vacía”.

Eduardo Úrculo, Puente de Brooklyn, 1992.

Son estas sus pinturas más reconocidas, sin salirse de esa paleta cromática cálida de colores vivos, inundando sus paisajes con sombreros y maletas, colocando a sus figuras ante fondos de grandes ciudades como Nueva York. Úrculo nos regala su visión interior del mundo, presentando las pasiones y los escenarios donde la vida tiene lugar.

Por otra parte, en 1984 comienza a trabajar también como escultor, utilizando como material principal el bronce y exponiendo en la feria de arte contemporáneo ARCO. Así, dejará por un momento de lado la pintura para centrarse en esta nueva faceta, elaborando tallas con la misma temática que estaba desarrollando en sus lienzos, la soledad del mundo que le rodea, con sombreros y maletas vacías como elementos característicos. Realiza importantes obras que se colocarán en lugares urbanos, como El viajero en la Estación de Atocha o El regreso de Williams B. Arrensbergen las calles de Oviedo. Él mismo se definió siempre como “ un pintor que hace esculturas”.

Eduardo Úrculo, El regreso de Williams B. Arrensberg, 1993.

En sus últimos años mostró una fuerte inclinación por la temática oriental, volviendo a centrarse más en la pintura que ahora se inunda de figuras de geishas, pero alejadas de su anterior “etapa erótica”. Ahora va a utilizar los kimonos como excusa para dotar a sus siluetas de una mayor geometría, flirteando con el cubismo.

Recién llegado en 2003 de una exposición antológica en Pekín patrocinada por el Museo Reina Sofía, se encontraba en un momento de gran creación artística y mayor reconocimiento, además de estar preparando una nueva muestra para llevar a Nueva York.

El 31 de marzo de ese año, durante una comida en compañía de su segunda mujer, Victoria Hidalgo en la Residencia de Estudiantes de Madrid, sufre un infarto mortal. El mundo de la cultura y el arte lloraba su temprana pérdida y lo recordaba con palabras como las de su amigo Vargas Llosa: “Eduardo encarnaba la vida y la pintura, en él ambas cosas se confundían”. Con nosotros se ha quedado su obra llena de pasión y vivencias para siempre, que hoy se contempla en los museos de arte contemporáneo más reconocidos de todo el mundo.

Imágenes| Fundación Sabadell

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