jueves, 13 de septiembre de 2018

El diablo en el arte medieval

Satanás, figura contrapuesta a Cristo en el arte sacro medieval

El Diablo Sostiene el Misal de San Wolfang, Michael Racher, siglo XV

Han transcurrido más de 3000 años desde que se comenzaran a escribir las primeras páginas de la Biblia y, desde entonces, el diablo, como encarnación del mal, ha estado presente en el imaginario colectivo cristiano. El arte sacro medieval no fue ajeno a la influencia “satánica”, alcanzando su máxima expresión durante el siglo XII y en la representación del Juicio Final.

El diablo judío

En torno al 200 a.C. los escritores del Apocalipsis Judío, influidos por los persas seguidores de la religión dualística del Zoroastrianismo, comenzaron a preocuparse profundamente por el problema del mal. Satanás era el nombre que más se prodigó en el Antiguo Testamento, pero no era el único, otros nombres que encarnaban el mal fueron Belial, Azazel, Masterma y Stanail. El término diablo llegó con las traducciones griegas de las antiguas escrituras con el término “diabolos” (calumniador). En el Nuevo Testamento el papel de Satanás es el de oposición al género humano y al propio Dios.

El primer Satanás

Esta imagen del diablo tuvo impacto en la mente de los artistas que se afanaban por representar escenas bíblicas.  Pero hay que esperar hasta el siglo VI d.C. para encontrar una primera representación de Satanás, concretamente en un mosaico situado en la iglesia de San Apollinaire Nuovo de Rávena. En esta representación se presenta a Satanás vestido de rojo, parado frente a Cristo. La elección del color rojo por parte del autor del mosaico de Rávena tuvo gran influencia posterior. Posiblemente, tal y como destaca Jeffrey Barton Russel, este color rojo fuera tomado del dios egipcio Seth, símbolo de la sangre y el fuego, del desierto, de las malas cosechas y del hambre. El rojo se convirtió, junto con el negro, en el color del diablo.

Para el artista medieval, el diablo tiene forma grotesca, combinando la figura de un hombre de rostro malvado y la de una bestia. Se trata de figuras inconfundibles, caracterizadas por una larga cola, cuernos, piel negra y ojos oscuros. Otro rasgo habitual era la de tener un segundo rostro, situado en la parte baja delabdomen, en el lugar que debieran ocupar los genitales. Para el hombre medieval, el aspecto exterior refleja la imagen del alma. No se conciben almas atormentadas con resto bello y afable ni almas bellas con apariencia externa monstruosa o deforme.

El esplendor del siglo XII

Es especialmente durante el siglo XII donde se aprecia un mayor interés por la representación del diablo. Los artistas de la época tenían predilección por una escena en concreto: la caída celestial de Satanás y de los ángeles rebeldes. Conforme los ángeles y Satanás van cayendo del cielo se van ennegreciendo y les van creciendo las zarpas y garras, las narices se vuelven picos y las bellas alas angelicales se tornan alas de murciélagos.  Esta escena se prodiga en las representaciones del Juicio Final.

Los demonios son representados como antítesis de los ángeles, si éstos eran los representantes de Dios en la Tierra, aquellos ejercían una función homóloga en favor de Satán. Asimismo, los artistas del medievo se apoyaron en los Siete Pecados Capitales para demostrar a los fieles cuál era el “modus operandi” de Satanás. Cada pecado capital se representaba en contraposición a la virtud contraria.

El infierno

De acuerdo con las Sagradas Escrituras, el infierno es el destino final de aquellos que dejaron de lado en vida a Dios y a Cristo. Los artistas medievales buscaban plasmar “el llanto y rechinar dedientes” del Evangelio de San Mateo. La caldera del diablo aparece plagada de gusanos, monstruos y alimañas. El infierno se representa como contraposición al Paraíso, donde el sufrimiento extremo de los condenados contrasta con la tranquilidad y la belleza de los rostros de los elegidos.

Imagen| Opac

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