martes, 13 de noviembre de 2018

Paul Cézanne o el origen del movimiento cubista

Considerado el padre de la pintura moderna, para artistas como Picasso fue un auténtico mentor al que no llegó a conocer

Paul Cézanne, detalle de su Autorretrato, 1890-94

A pesar de ser una pieza fundamental en la transición pictórica entre los siglos XIX y XX, durante toda su vida Paul Cézanne (1839-1906) fue un genio ignorado e incomprendido por muchos de sus coetáneos, algo que le hizo desarrollar un carácter desconfiando, aislándose de los demás para trabajar en sus obras.

Un artista que admiró profundamente el estilo de Velázquez y Caravaggio, maestros que le marcaron profundamente al conocer sus pinturas de primera mano en el Louvre. Rechazado para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de París, conoce a Camille Pisarro en la Academia Suiza y, lo que nace siendo una relación maestro-alumno se consolida como una amistad, trabajando juntos. El mismo llegó a afirmar “todos provenimos de Pisarro”, comenzando a utilizar tonos más brillantes y a plasmar paisajes rurales.

Paul Cézanne, Autorretrato, 1890-94

Dentro del mundo impresionista, las creaciones de Cézanne nunca encontraron su lugar y, tras unos cuantos intentos fallidos de exponer con el grupo, decide separarse definitivamente de ellos. Aunque pintaba al aire libre, trata de centrarse más en la forma que en la luz, intenta tener una visión mucho más profunda de la realidad que percibe. Quería que las formas de la naturaleza quedaran representadas de manera sólida y firme.

En 1881 conoce a Gauguin en casa de Pisarro y ese mismo año fija su residencia junto a su futura mujer Marie Hortense Fiquet y su hijo en L´Estaque, en su Provenza natal, región que ya solo abandonaría en raras ocasiones y a la que convertirá en protagonista de sus cuadros. Allí recibía la visita de algunos compañeros, como Renoir y Monet, que se reúnen con él tras la muerte de Manet, pintor profundamente admirado por Cézanne.

Paul Cézanne, Bodegón con manzanas y naranjas, 1895

Pero su vida en Provenza le hace ser un artista completamente independiente de los impresionistas y su foco de actuación, París. En 1886, habiendo muerto su padre y contraído matrimonio con Hortense, consigue por fin la estabilidad económica gracias a la herencia, aunque sin cambiar sus convicciones ni su aislamiento. Llega a romper su relación con uno de sus pocos amigos de la infancia, el escritor Émile Zola.

Seguirá exponiendo sus obras de manera limitada, pero acontecimientos posteriores harán que se encierre cada vez más en sí mismo, sobre todo al empezar a padecer diabetes, motivo por el que se aleja de su mujer y de su hijo.

Paul Cézanne, Los jugadores de naipes, 1892-95

Será en 1895 cuando exponga por primera vez en solitario gracias al marchante de arte Ambroise Vallard. A partir de este momento, sus obras empiezan a revalorizarse, se reconcilia con Hortense e inicia la famosa serie de la montaña Sainte-Victoire, convirtiéndola en el personaje principal de sus pinturas. Aunque empieza a alcanzar la fama y muestra algunos de sus cuadros en la Exposición Universal de 1900, sigue prefiriendo trabajar en soledad, quedándose en un estudio que se construye en Provenza desde donde podía contemplar su querida montaña.       

Para 1903, su obra ha alcanzado por fin todo el prestigio que merecía y el año siguiente, el Salón de Otoño le dedica una sala entera, exponiendo más de 30 de sus cuadros. Le visitan una gran cantidad de artistas jóvenes que quieren aprender y recibir consejos del maestro.

Paul Cézanne, Montaña de Sainte-Victoire, 1897

En el otoño de 1906, después de pintar varias horas bajo una fuerte tormenta, cae enfermo y muere de neumonía el 22 de octubre, pensando que abandonaba este mundo sin discípulos, sin nadie que continuara su corriente. Pero no podía estar más equivocado.

La pintura de Cézanne rechaza el estilo impresionista en favor de las formas, quiere pintar la realidad tal como la ven y la entienden sus ojos, quiere buscar un significado más profundo, un arte firme que no idealice lo que está representado. Por este motivo, afirmaba: “Quiero hacer del impresionismo algo sólido y perdurable como el arte de los museos”.

Para llegar a esa verdad, a esa realidad, observa los objetos una y otra vez desde diferentes ángulos y puntos de vista. En definitiva, la forma va a ser su preocupación central y su obsesión: “Todo en la naturaleza se modela según la esfera, el cono, el cilindro. Hay que aprender a pintar sobre la base de estas figuras simples; después se podrá hacer todo lo que se quiera”.

Se detenía en cada detalle del paisaje que pintaba, llegando a interesarse por sus cualidades geológicas, esa es la realidad que quiere captar, valiéndose solo de la forma y el color: “Cada pincelada que doy es como un poco de mi sangre mezclada con la sangre de mi modelo, en el sol, en la luz, en el color”.

Paul Cézanne, Montaña de Sainte-Victoire, 1902-04

Una vez que tiene la forma y el color llega el problema de la composición, consiguiendo captar los volúmenes desde varias perspectivas simultáneamente. Cézanne logra de esta manera una nueva percepción de la profundidad, una perspectiva diferente que rompe con los cánones renacentistas y que alcanzará su punto álgido con el cubismo, creando una dimensión del espacio completamente inédita, sin artificios.

A menudo se divide la obra de de este inclasificable artista en cuatro períodos: un primer período oscuro (1861-1870), mientras reside en París y que se caracteriza por el uso de una paleta en la que predomina el negro; un período impresionista (1870-1878), a caballo entre Provenza y París, donde se nota la influencia de Pisarro, los colores brillantes y la pincelada fugaz para representar paisajes; un período de madurez (1878-1890), cuando fija su residencia definitiva en Provenza, rompe con los impresionistas, realiza la serie de la montaña de Sainte-Victoire y su evolución artística da paso al protagonismo de las formas; y un período final (1890-1905), en el que se centra en sus géneros favoritos: bodegones, retratos, paisajes y estudios de bañistas.

Es este último período el que se considera el germen para la pintura cubista. Cézanne logra solamente a través del color representar la luz y las formas, consiguiendo volumen a través de unas pocas pinceladas. Su perfeccionismo era tal, que nunca llegaba a estar satisfecho del todo y dejaba muchas de sus obras inacabadas debido a su frustración de no lograr representar lo que quería.

Paul Cézanne, Las grandes bañistas, 1906

Pero eso no es lo que pensaban los jóvenes pintores que tomaron su relevo pues, a pesar de que Cézanne murió pensando que no había conseguido discípulos, sin él artistas como Picasso, Braque o Léger no habrían podido continuar su labor y alcanzar los ideales cubistas. Léger dijo en una ocasión: “A veces me pregunto qué sería de la pintura actual sin Cézanne. Él me enseñó el amor por las formas y los volúmenes y me hizo concentrarme en el dibujo. Entonces presentí que este dibujo debía ser rígido y nada sentimental”.

Picasso afirmaba que era su único maestro, que sus cuadros le habían acompañado toda la vida y que lo había estudiado año tras año. Era tal la admiración que el pintor malagueño sentía por su mentor que se compró el castillo de Vauvenargues, situado en la falda de la montaña de Sainte-Victoire, donde Picasso fue enterrado, mostrando la importancia y la estrecha relación que llegó a tener Cézanne con su obra, además de la absoluta devoción que sentía por el que consideraba que era “el padre de todos nosotros”.

Artistas de la talla de Pablo Picasso sería el discípulo con el que Cézanne llevaba soñando toda la vida, y su huella se puede descubrir en muchas de las obras cubistas más extraordinarias de la Historia del Arte.

Imágenes| WikiArt

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