lunes, 17 de diciembre de 2018

Roma, ¿una sociedad abierta?

Analizar la sociedad romana es algo complejo debido a los profundos cambios evolutivos que sufrió a lo largo de su historia

Roma, ¿una sociedad abierta?

A pesar de la alta jerarquización de la sociedad romana, se podría afirmar que había capacidad de promoción, más económica que social, y posibilidad también de acceder a las ventajas de una clase social más elevada de la que se pertenecía, pero siempre hasta un límite y sobretodo, al alcance real de un número relativamente reducido de población.

Analizar la sociedad romana es algo complejo debido a los profundos cambios evolutivos que sufrió a lo largo de los más de mil años de su existencia. Lo que al inicio, en la época monárquica e inicios de la República, era una sociedad fundamentalmente campesina, siendo campesina también la élite, en la que la sociedad se dividía básicamente entre unos pocos ciudadanos y el resto, en los períodos sucesivos, con el fin de la República y durante el Alto Imperio, el derecho a la ciudadanía fue extendiéndose a mucha mayor parte de la población, teniendo su punto álgido con el edicto de Caracalla (212 d.C.), con lo que la principal división entre la población pasó a ser entre libres y no libres; difuminándose, en Bajo Imperio, la división de los orígenes de los ciudadanos siendo más permeable el trasvase de clases.

No obstante, el análisis debe iniciarse con la premisa de que la sociedad romana se basaba en un rígido orden jerárquico, con importantes desigualdades, en la que las clases pudientes, la élite, recelaban, a su vez que despreciaba todo aquel que no procediera de su estatus.

Vaya por delante que la información de la que disponemos se basa en los textos antiguos, escritos en su mayoría, por y para las altas esferas.

Esta estratificación se traducía a la hora de clasificar a la población, ya fuera según su procedencia, entre patricios y plebeyos, como según su posición en el sistema económico, en el que unos pocos, los honestiores, los propietarios, poseían grandes extensiones de tierra, -un valor económico muy seguro y rentable entonces-; y una gran masa de la población, los humiliores, los trabajadores, ya fueran campesinos, artesanos, etc.

En dicha sociedad jerárquica, el desprecio de la élite, no solo hacia los pobres sino también a aquel que su supervivencia dependiera del trabajo asalariado era profundo.Este rechazo era la respuesta ante una amenaza creciente, no tanto por la promoción económica de las clases bajas sino para proteger su estatus (social) ante su posible deterioro.

A nivel económico, no pocos libertos o artesanos adquirieron grandes fortunas mediante el comercio, obteniendo un poder adquisitivo comparable al de las élites.

En el caso del liberto, por ejemplo, si bien existía una promoción económica real, a nivel social, aunque en la teoría era un hombre libre e integrado a la sociedad, en la práctica, no obstante, dicha promoción social no era tal, puesto que el liberto seguía sometiéndose a todo un conjunto de obligaciones que lo distinguían, para siempre, no tan solo de las clases acomodadas sino también de aquellos que habían nacido libres.

Más allá de la élite privilegiada, se hallaba un amplísimo abanico de población, muy heterogéneo, compuesto por pobres, esclavos, libertos, campesinos, artesanos que tenían como denominador común su clientelismo hacia las élites, así como las escasas posibilidades de promoción social que tenían.Aun así, hubo casos de verdadera ascensión social.

En cada grupo citado, la heterogeneidad era evidente ya que, por ejemplo, con el artesano servil y precario, encontramos, aunque pocos, a otros enriquecidos con la manufactura, tratados como notables. En el caso de los pobres no era comparable la situación de aquel trabajador modesto que compartía un pequeño cubículo en una insula en Roma y que podía beneficiarse de algunas ayudas estatales, con la del mísero que vivía bajo un puente o en sótanos y que era completamente invisible por el sistema.

Así pues, se puede considerar, aunque con muchos matices, que la sociedad romana era abierta, sobre todo si comparáramos, por ejemplo, con la sociedad griega; puesto que si bien en Grecia, el concepto de ciudadanía y el poder acceder a estatus acomodados estaba reservado a unos pocos, en la sociedad romana, aunque con dificultades, esto fue más plausible al tratarse de una sociedad más inclusiva, más permeable.

Si dicho análisis lo hiciéramos con ojos de hoy, es evidente que no podríamos hablar de una sociedad abierta, aquella en que las élites, de forma generalizada y continuada, desprecian a las clases más desfavorecidas, ignorando sus necesidades más básicas.

En definitiva, en la sociedad romana había una capacidad de promoción sobretodo económica, aunque con limitaciones y restringido a situaciones concretas.

La existencia de instrumentos de promoción social y económica,aunque limitados y moderados, para las clases pobres fue uno de los factores que hicieron de la sociedad romana un modelo mucho más exitoso que otros contemporáneos.

Bibliografía

ANDREAU, J., “El liberto” en Giardina, A. (ed.), El hombre romano, Madrid. Alianza Editorial, 1991, pp. 201-225.

KOLENDO, J., “El campesino” en Giardina, A. (ed.), El hombre romano, Madrid. Alianza Editorial, 1991, pp. 227-255.

MOREL, J.P., “El artesano” en Giardina, A. (ed.), El hombre romano, Madrid. Alianza Editorial, 1991, pp. 257-288.

THEBERT, Y., “El esclavo” en Giardina, A. (ed.), El hombre romano, Madrid. Alianza Editorial, 1991, pp. 161-200.

WITTAKER, C., “El pobre” en Giardina, A. (ed.), El hombre romano, Madrid. Alianza Editorial, 1991, pp. 319-350.

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Imagen| Wikipedia

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