sábado, 15 de junio de 2019

Leonora Carrington, la última pieza del surrealismo

Pintora, escultora y escritora surrealista, su trabajo ocupa un lugar de honor dentro del movimiento

Fotografía de Leonora Carrington realizada por Lee Miller, 1939

Leonora Carrington se definió a si misma como “un viejo topo que nada bajo los cementerios”, lo que demuestra la personalidad única que tenía la artista. Desde pequeña, su entorno y algunos miembros de su familia alimentaron su imaginación. Nace en Lancashire el 6 de abril de 1917, viviendo primero en la mansión Clayton Green y más tarde en el castillo neogótico de Crookhey Hall.


Estos paisajes quedarán para siempre inmortalizados en la obra de Leonora. Tanto su madre como su abuela eran de origen irlandés y la joven crecerá rodeada de mitos celtas y mundos imaginarios, llenos de gnomos y duendes. Pronto entra a estudiar en el Convento del Santo Sepulcro, pero su naturaleza distaba mucho de querer una educación propia de la alta sociedad de la época, orientada simplemente al matrimonio.

La posada del caballo del alba, autorretrato de Leonora Carrington, 1937

El universo de los sueños y lo sobrenatural sigue creciendo en su mente, asegurando que tiene visiones. Esta actitud fantasiosa le valió la expulsión de la escuela, la primera de las muchas en la que su padre le obligó a ingresar, puesto que él se oponía a las aspiraciones artísticas de su hija y pretendía controlar su rebeldía.

Al enviarla a Florencia para continuar sus estudios, Leonora entrará en contacto con el arte italiano y se empapará de sus obras en los museos florentinos. Tras una nueva expulsión de una escuela de modales en París, acabará asistiendo a clases de arte con un pintor de estilo realista. Después, ingresará un año en la Academia Ozenfant y en 1937 comenzará su auténtica vida.

Ese año conoce en una cena en Londres al pintor surrealista Max Ernst, un artista consagrado que ya era toda una eminencia del movimiento. Leonora quedará absolutamente fascinada, por lo que regresa a París e inicia un apasionado idilio con Erns. Se involucrará con todo el grupo perteneciente al surrealismo, rodeándose de personalidades como André Breton, Salvador Dalí, Joan Miró, Man Ray, Luis Buñuel o la fotógrafa Lee Miller, que la retratará en diversas ocasiones.

Max Ernst y Leonora Carrington fotografiados por Lee Miller, 1939

Leonora siente por fin que ese es el mundo al que pertenece y sus compañeros la animaran a que explore su estilo, alabando su talento. Fue para ella una época absolutamente feliz, que por supuesto no contó con el apoyo de su padre. La diferencia de edad entre ella y Ernst, unido a que este estaba casado encendían la ira paterna. Algo que nada importó a la artista, pues estaba decidida a desarrollar su carrera.

En 1938 la pareja compra una antigua vivienda de campo en Saint Martin d’Ardèche, donde darán rienda suelta a su creatividad y su romance. Juntos pintan, esculpen y decoran la casa de sus sueños. La llenan de relieves con criaturas fantásticas en las que representan sus álter ego: Loplop, un enorme animal alado mezcla de pájaro y estrella de mar es Max Ernst; su querida Desposada del Viento es Leonora.

Será un período muy prolífico y alegre para Carrington, no parará de escribir y pintar. Plasmará tanto la naturaleza de su alrededor como su mundo interno y la pasión desmedida que siente por Ernst. Sin embargo, esta felicidad será efímera, pues en septiembre de 1939 y como consecuencia de la II Guerra Mundial, su amado pintor es arrestado y mandado a un campo de trabajo en Les Milles.

Leonora, huyendo de la ocupación nazi, se marchará a España para buscar un salvoconducto que libere a Ernst, cuyo arresto afectará gravemente a su estado de ánimo. Esta situación, unida a sus salidas de tono políticas en un Madrid de posguerra, acarreará que su padre intervenga. Alegando que su estado mental está desequilibrado, Leonora será enviada a un hospital psiquiátrico en Santander.

La tentación de san Antonio, 1947

Su estancia en este horrible lugar, en contra de su voluntad, hará que la personalidad de Leonora cambie para siempre. Allí la fuerzan a recibir agresivos tratamientos para tratar una locura que no existía. Así nacerán sus Memorias de abajo, un texto surrealista fundamental que ella escribe como una simple catarsis para escapar de la tortura a la que la sometían. Sus compañeros de profesión, como Breton, veían en ella una fuente de inspiración, alguien que podía contar los secretos del mundo de la histeria en el que había estado sumida.

Su padre quería internarla en otro centro, pero Leonora logra por fin escapar en Lisboa cuando está siendo trasladada. Allí acude a la embajada mexicana en busca de refugio para escapar de Europa, de la guerra y de su familia. Conoce al poeta y diplomático Renato Leduc, con el que se casa en 1941 y que la ayuda a emigrar a Nueva York. Max Ernst había conseguido su libertad y también viajará desde Lisboa a Nueva York en esta ocasión, pero de la mano de Peggy Guggenheim.

La Gran Manzana es en estos momentos la Meca del arte, estando en el foco de atención Duchamp, Breton o Mondrian, entre otros. En cambio, Leonora no se quedará en esta ciudad sino que partirá hasta México, donde en 1943 se divorcia de manera amistosa de Leduc.

Allí se empezará a relacionar con fotógrafos y pintores surrealistas. En casa de José y Katy Horna, Leonora conoce en 1944 a su futuro esposo y padre de sus hijos, el fotógrafo húngaro Emérico “Chiki” Weisz, colaborador habitual de Robert Capa. Entre su grupo de habituales cabe destacar a Benjamin Peret, Alice Rahon o Remedios Varo, a quien la unirá una estrecha amistad. También conocerá a Frida Kahlo, Diego Rivera y Octavio Paz, que definirá a Carrington como “la hechicera hechizada”. Se nacionaliza mexicana y se establece con su marido y sus hijos.

Y entonces vimos a la hija del minotauro, 1953

Será en este país donde Leonora consigadesarrollar plenamente todo su potencial artístico. Aquí vivirá el resto de su vida, salvo alguna estancia breve en Nueva York o Chicago. Trabajará incansablemente para mostrar el surrealismo a través de sus pinturas, sus grabados, sus esculturas y sus escritos o cuentos. En un primer momento le costará mostrar su producción debido a la gran atención que recibían los muralistas en estos momentos.

Sin embargo, poco a poco consigue colocar sus obras en escena y realiza sus primeras exposiciones. La artista se interesará por las creencias de los pueblos indígenas y la cultura maya, como demuestra su lienzo de gran formato El mundo mágico de los mayas (1964), donde vuelca todo su mundo imaginativo. Esta obra, realizada para el Museo Nacional de Antropología, es un gran ejemplo para contemplar la madurez artística de Leonora en todo su esplendor.

El mundo mágico de los mayas, 1964

Para concebir esta pintura, se trasladará a Chiapas para conocer a estos pueblos, vivir sus costumbres y hacer bocetos in situ. Se trata de un cuadro dividido en tres estratos, cielo, tierra e inframundo, y plagado de simbolismo. La pintora prestará especial atención a la hora de plasmar la iconografía de los animales, tan presentes en toda la producción de Leonora.

Las obras a lo largo de su vida se inspirarán en su mundo más íntimo y subjetivo, acompañado de una imaginación desbordante, la misma que será alabada por los surrealistas. En México, un país lleno de magia, color y cultura, su creatividad se amplía. A través de sus vivencias, Leonora nos traslada a paisajes tenebrosos llenos de significados ocultos.

Sus cuadros se llenan de personajes grotescos, como La tentación de san Antonio, inspirado en el Bosco. Muchos se preguntaban de dónde sacaba la artista estos perturbadores personajes. Puede que como André Breton creía, su descenso obligado a la locura la hubiera convertido en embajadora del más allá. Pero lejos de crear leyendas, Leonora siempre aseguró que pintaba para ella misma, pues no creía que nadie más pudiera interesarse por su trabajo. Quizás por eso su producción es tan personal y singular.

Baño de pájaros, 1973

Estas creaciones rebelan la clave de una vida en la que siempre tuvo que luchar por tener su propia voz. A partir de los años 80, Carrington comienza a trabajar la escultura en bronce, desarrollando temas que se relacionan con la vejez y el paso del tiempo. En el año 2005, el gobierno mexicano le otorga el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Bellas Artes.

Nunca le gustaron los medios de comunicación y apenas concedió entrevistas durante su vida. Fue una incansable defensora de los derechos de la mujer, asegurando que sus propios compañeros surrealistas la veían como una musa alocada y no como una pintora. Luchó contra una sociedad que la declaró enferma solo por expresarse y no compartir los roles que debía tener una mujer de la época: “Nunca tuve tiempo para ser la musa de nadie. Estaba demasiado ocupada rebelándome contra mi familia y aprendiendo a ser artista”.

La barca de las garzas, una de las últimas esculturas de Carrington

Su querida amiga y escritora Elena Poniatowska la retratará mejor que nadie en su novela Leonora. Una mujer excepcional y vital que logró encontrar su propio camino. Era capaz de ver donde los demás no lo conseguían, de hablar con los animales, de dar vida a los objetos. Carrington tuvo una vida apasionante a través de la cual formó su estilo y su carácter: “Desde que nací he tratado de expresar, primero con mis dibujos de niña y después con mi pintura, lo que siento”.

Leonora Carrington falleció a los 94 años, el 25 de mayo de 2011, en Ciudad de México. Hoy en día está considerada como una de las grandes artistas mexicanas de su generación.

Imagen| Wikipedia

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