Manifestaciones artísticas en tiempos de pandemias

A lo largo de los siglos los terrores de la enfermedad han servido de inspiración al arte, siendo un testimonio de incalculable valor

Domenico Gargiulo, La plaza del mercado de Nápoles durante la peste, 1657

Vivimos tiempos extraños y difíciles. En la actualidad no imaginamos nuestra vida sin estar sumergidos en las redes sociales, algo que ciertamente está ayudando mucho en estos días. Mantener el contacto con nuestros seres queridos, reírnos un poco o incluso llegar a estar saturados de información ya forma parte de nuestra rutina.

Sin embargo, esta no es la primera vez que la humanidad se enfrenta al peligro que supone una gran pandemia. Mucho antes de que Instagram o WhatsApp fueran una constante había que buscar otras formas de plasmar la realidad. Los pintores y artistas de otras épocas nos dejaron muestras increíbles, testimonios desgarradores de otras enfermedades que azotaron nuestro mundo. Algunos las sufrieron en su propia piel o incluso murieron a causa de ellas. En cualquier caso, estas escenas ponen de manifiesto que siempre nos hemos vuelto a poner en pie y hemos vencido.

Michiel Sweerts, La Peste de Atenas, 1652-1654

Antiguamente a estas epidemias se las conocía como “plagas”, pues la gente las relacionaba directamente con la cólera de Dios. Por aquel entonces las medidas de contención eran insuficientes e ineficaces. Se enfrentaban a un enemigo desconocido y totalmente devastador. Una de estas primeras “plagas” conocidas es la llamada Peste de Atenas, que asoló la ciudad-estado durante el segundo año de la Guerra del Peloponeso.

Los atenienses, bajo el mando de Pericles, se habían refugiado tras las murallas de Atenas, dejando a los espartanos en medio del campo de batalla, sin víveres. Su táctica consistía en que el enemigo se retirara, desesperado ante la falta de comida, pero no sabían que la verdadera amenaza se encontraba en su propia polis. Atenas estaba superpoblada en este período bélico, cuando llegaron hasta el puerto de El Pireo barcos provenientes de Oriente o Egipto y con ellos, la temida enfermedad. La mayor epidemia de la Grecia clásica se llevó por delante un tercio de la población, sin hacer distinciones de estatus y sin cura posible. Este fue uno de los hechos decisivos, entre otros, que acabaron con el glorioso “Siglo de Pericles”.  En lo que al mundo del arte se refiere, puede que este no sea el tema más representado que existe, pero hay algunos cuadros soberbios. Uno de los más destacados es un óleo del pintor barroco neerlandés Michiel Sweerts, fechado entre 1652 y 1654, La Peste de Atenas. Podemos observar el fuerte influjo de Nicolas Poussin, donde el tratamiento equilibrado del color aporta un toque de lirismo a esta terrible escena.

Jules-Élie Delaunay,Peste en Roma, 1869

Otra pandemia en la que se han inspirado algunos autores es la conocida como Peste Antonina o Peste de Galeno, que afectó al Imperio Romano entre los años 165 y 180 d.C. En realidad fue un enorme brote de viruela o sarampión, el cual redujo drásticamente la población de la Ciudad Eterna. Se ha calculado que perecieron unos cinco millones de personas, además de debilitar mucho al ejército romano. Una de las mejores muestras artísticas con esta temática lleva la firma de Jules-Élie Delaunay, pintor francés del siglo XIX conocido sobre todo por sus retratos. Aunque el realismo era la vertiente más común en ese momento, Delaunay se sentía particularmente atraído por el neoclasicismo francés. Ese es el estilo que predomina en su obra Peste en Roma, conservada en el Museo de Orsay y fechada en 1869. Se inspiró en un pasaje de la vida de San Sebastián, recogido por Jacobo de la Vorágine en su Leyenda Dorada. El resultado es una escena casi onírica, protagonizada por dos ángeles que anuncian el horror de la peste, llamando a las puertas. En el ángulo inferior derecho vemos a dos personajes que se refugian bajo la estatua de Esculapio. Fugitivos, cuerpos hacinados y una estatua ecuestre de Marco Aurelio completan el fondo. La vida frente a la muerte, el paganismo enfrentado al cristianismo y otras manifestaciones campan por este lienzo lleno de simbolismo.

Pieter Brueghel el Viejo, El triunfo de la muerte, 1562

No se puede hablar de pandemias sin mencionar el arquetipo de la pesadilla que significó la peste bubónica, la muerte negra. Fue, sin lugar a dudas, una de las más aniquiladoras de la historia y alcanzó su punto álgido entre 1347 y 1353, además de los múltiples rebrotes que hubo en los siglos siguientes. Solo en Europa, las cifras más optimistas hablan de más de 25 millones de muertes. Esta temible enfermedad surgió en Asia y saltó a Europa a través de las rutas comerciales. Dejando a un lado las inimaginables consecuencias de una tragedia de esta magnitud, en el aspecto cultural se produjo un cambio de percepción sin precedentes, transformando por completo al hombre medieval. La epidemia más letal del medievo apareció en medio de tensiones sociales, crisis y guerras. Boccaccio describe como nadie la situación en El Decamerón: “Con tanto espanto había entrado esta tribulación en el pecho de los hombre y de las mujeres, que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las madres evitaban visitar y atender a los hijos como si no fuesen suyos”.

Michel Serre, Vista de Marsella durante la peste de 1720, 1721

Sin embargo, el ascenso posterior de la burguesía y el avance de la ciencia marcan el trayecto desde la Edad Media hasta el Renacimiento. La experiencia de la muerte hace que el hombre tome conciencia de si mismo y abandone la religiosidad. La muerte no entiende de estamentos y el amor por la vida cobra un nuevo sentido. La peste negra marcará tanto el destino de la humanidad que son muchos los artistas que se inspiran en ella para desarrollar sus obras. El triunfo de la muerte, una de las tablas más sublimes de Pieter Brueghel el Viejo, pintada hacia 1562, es un magnífico ejemplo. Tras la sensibilización por la pandemia, aquí están representados todos los grupos de la sociedad, que no pueden escapar a la danza de la Muerte. La influencia de El Bosco es más que palpable en este impactante y estremecedor óleo, que podemos encontrar en el Museo del Prado.

Italia fue una de las regiones más castigadas, sobre todo Venecia, que se vio sometida a varios rebrotes de la peste. Genios como Giorgione en 1510 o Tiziano en 1576, sucumbieron a causa de esta enfermedad.  Llena de detalles está la obra que realizó el pintor italiano Domenico Gargiulo en 1657, La plaza del mercado de Nápoles durante la peste. Con gran dominio capta este artista a la multitud de su ciudad natal. Al haber vivido la situación en primera persona, representa fielmente los miedos de la población ante esta catástrofe. A partir del siglo XVII en adelante, la pintura se inclinó cada vez más por representar la realidad y la muerte negra seguía dando fuertes coletazos. El artista francés Michel Serre nos dejó un impresionante testimonio de la Gran Peste de Marsella, que tuvo lugar entre 1720 y 1722, cuyos horrores sufrió en carne propia. Para la posteridad quedaron un total de tres cuadros donde el autor plasma las calles de Marsella, plagadas de cadáveres. Es una visión realmente pavorosa.


Francisco de Goya, Corral de apestados, 1798-1800

En el terreno español, el maestro Francisco de Goya creó una brutal escena de cómo se trataba a los aquejados de peste. Pintada entre 1798 y 1800, tras recuperarse de la enfermedad que le dejó sordo, este Corral de apestados es una pieza abrumadora. Invadido por un infinito pesimismo, Goya nos presenta a un grupo de moribundos, hacinados en un frío y oscuro hospital, abandonados a su suerte, esperando su cruel destino. Incluso artistas posteriores, como el simbolista Arnold Böcklin, nos dejaron representaciones más alegóricas: La Peste, de 1898, aparece en este caso vestida de negro, con la guadaña entre las manos y a lomos de un dragón.

Edvard Munch, Autorretrato después de la gripe española, 1919

Avanzando hasta el siglo XX, el mundo se enfrentó de nuevo a la pesadilla cuando llegó la “gripe española” en 1918, con la I Guerra Mundial aun en el campo de batalla. Considerada la pandemia más devastadora hasta el momento, se calcula que solo en un año mató entre 20 y 40 millones de personas. Autores como Apollinaire, Gustave Klimt, Egon Shiele u Otto Wagner perecieron a causa de esta enfermedad. Otros, como Edvard Munch o Georgia O’Keeffe, tuvieron la suerte de sobrevivir y nos dejaron valiosos testimonios. Munch, con su característico estilo expresionista, se retrató a si mismo en 1919, Autorretrato después de la gripe española. El artista se nos muestra convaleciente en lo que hoy podríamos considerar casi un selfie. Está sentado junto a la cama, tapado con una manta y con el rostro claramente afectado. El propio pintor afirmaba que la locura y la enfermedad le perseguían, incluso se puede decir que despertaban su creatividad, ya que en 1919 pintó más de diez cuadros.

Keith Haring, Todos juntos podemos parar el sida, 1989

Otra pandemia, a la que todavía no se ha vencido completamente, es el sida. La gran avalancha se produjo entre los años 80 y 90. Aunque afortunadamente se ha avanzado muchísimo en este terreno, antes el desconocimiento jugaba en nuestra contra. Ha llegado a matar a más de 30 millones, dejándonos sin genios como Freddie Mercury, Rock Hudson, el poeta Jaime Gil de Biedma o el filósofo Michel Foucault. El artista neoyorquino Keith Haring, fiel reflejo de la generación pop de los 80, también sucumbió ante esta dolencia. En 1989, un año antes de morir, realizó un significativo mural en una plaza del Raval de Barcelona. Antes de que se perdiera la pintura, se hizo un calco a escala real y hoy se puede ver una réplica exacta junto al MACBA. Representa una jeringuilla ahogada por grandes serpientes, todo en color rojo. El lema “Todos juntos podemos parar el sida” se lee a lo largo del mural. Es un mensaje que se puede adaptar a estos días inciertos, de los que puede que hablen futuros creadores de arte en sus obras.

Imágenes| Wikipedia

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