El papel de la antropología en la legitimación del racismo y la esclavitud

La noticia de la muerte de George Floyd a manos de un policía blanco ha recordado al mundo que hay otros problemas pendientes por resolver además del coronavirus 

Afroamericano bebiendo de una fuente para “personas de color” en Oklahoma en 1939. Fotografía de Russell Lee

Las últimas semanas han traído muchas discusiones en torno al racismo, el colonialismo y la esclavitud. Tras varios meses en los que los medios han estado dominados por noticias relativas al coronavirus, la noticia de la muerte de George Floyd, un hombre afroamericano, a manos de un policía blanco, en unas circunstancias terribles recordaba al mundo que hay otros problemas pendientes de resolver. La indignación en redes sociales y las protestas y manifestaciones se han extendido fuera de las fronteras de Estados Unidos. Así, en Bristol (Reino Unido), dichas protestas culminaron con el derribo de una estatua del comerciante y esclavista Edward Colston, responsable del tráfico de al menos 80.000 personas del continente africano a las Américas. En respuesta a estos acontecimientos, esta entrada va a explorar el papel de la antropología en la justificación del racismo y la esclavitud.

Para ello, partiremos de la siguiente premisa: la esclavitud ha estado presente en la historia de la humanidad desde el principio de los tiempos y su práctica se extendía desde los primeros imperios expansionistas hasta las tribus más remotas alrededor del mundo entero. Al comienzo, los esclavos venían de zonas inmediatamente vecinas a la de los esclavistas. Por lo tanto, la esclavitud no ha estado siempre ligada al color de la piel, ni necesariamente necesitaba de una fundamentación “lógica” que deshumanizara a las víctimas de la esclavitud y justificara moralmente la validez de la práctica. En otras palabras, los esclavistas no siempre han necesitado “probar” que aquellas personas a las que esclavizaban no eran seres humanos al igual que ellos (Daley “Akala”, 2018). No obstante, si pensamos en la esclavitud desde nuestro momento histórico, es prácticamente inevitable no pensar en afrodescendientes trabajando en plantaciones de algodón y azúcar en las américas. Tampoco podemos evitar pensar en el hecho de que se consideraba que estas personas eran inhumanas o que pertenecían a un orden biológico inferior al de los blancos. Por lo tanto, en algún momento de nuestra historia hubo un punto de inflexión que cambió la manera en la que practicábamos y justificábamos la esclavitud.  Es aquí donde los precursores del pensamiento antropológico y la antropología misma tuvieron un papel fundamental. 

Si bien muchos autores sitúan este punto de inflexión directamente en los antropólogos evolucionistas del siglo XVIII, la semilla de esta corriente se encontraría en la Junta de Valladolid, que tuvo lugar en 1550 y 1551. Este evento consistió en un debate institucionalizado entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda y la cuestión a resolver era si los indios de las Américas tenían o no tenían alma. Esta pregunta, implícitamente y formulada en aquellos tiempos, lo que pretendía establecer era si los indios eran completamente humanos o no lo eran (Diaz-Valdes Teran, 2017). No era una discusión meramente metafísica,si los indios tenían alma (postura defendida por Bartolomé de las Casas), a los ojos de Dios no podían ser esclavizados, sino que debían ser evangelizados. Por el contrario, si se resolvía que no tenían alma (postura defendida por Ginés de Sepúlveda), podrían ser esclavizados, comprados, vendidos y masacrados ya que, a los ojos de Dios, no serían más que animales. Cabe destacar que, aunque pudiera parecer que la postura de Bartolomé de las Casas no era racista, como bien apunta Ramón Grosfoguel (2012), ambas posturas representan dos ramas de racismo usadas por los imperialismos occidentales: el discurso racista biológico y el discurso racista culturalista. Posteriormente, durante los siglos XVIII y XIX,la discusión teológica de la Junta de Valladolid se traduciría a “términos científicos” y sería la “ciencia antropológica” la que justificaría el racismo y la esclavitud. 

De esta manera, surgieron dos tendencias: el monogenismo y el poligenismo. Ambas escuelas, aunque impregnadas de una narrativa “científica”, se inspiraban de distintas formas en la narración del Génesis. Así, el monogenismo se inspiró en el libro del Génesis afirmando que la humanidad compartía como ancestros a Adán y Eva. El reto para los monogenistas consistía en explicar de qué manera los seres humanos se habían dividido en “razas” y por qué unas razas eran “superiores a otras”. Ejemplos de esta corriente serían Johann Blumenbach o Georges Louis Leclerc, quienes defendían la supremacía blanca bajo el presupuesto de que Adán y Eva habían sido blancos (a imagen de Dios) y que todas las razas no blancas constituían una degeneración del “modelo original” -llevando el argumento a su extremo, hablaríamos de una deshumanización progresiva de los “no blancos”. Por su parte, los poligenistas mantenían que la narración del Génesis era falsa, que las diferencias raciales se debían a distintos actos de creación y que blancos y negros pertenecían a especies distintas. Edward Long fue uno de los poligenistas más relevantes, su obra “History of Jamaica” (1774) fue un éxito en Estados Unidos y fue utilizada para defender la esclavitud e inspiró a otros racistas de la época como Charles White. White, como muchos otros, defendía que los negros no sentían dolor, tenían un cerebro más pequeño, genitales más grandes y “olían a mono”, lo que les hacía más próximos a los monos que a los caucásicos (Harris, 2009). Es interesante resaltar que, si bien fueron muchos los antropólogos que justificaron la esclavitud bajo los pretextos mencionados anteriormente, otros no apoyaban la esclavitud, aunque seguían defendiendo la supremacía blanca. 

De esta forma, armados con “pruebas científicas”-sobradamente refutadas, evidentemente-, los antropólogos de la época no solo defendieron la supremacía blanca, sino que también contribuyeron a la creación de “zoos humanos”, justificaron e impulsaron el colonialismo(y todo lo que este suponía) con pretextos “civilizatorios” y sentaron las bases para la justificación y permanencia de la esclavitud y la segregación racial que llegó tras el abolicionismo. Sobra decir, por supuesto, que estos antropólogos eran blancos y que el colonialismo y la esclavitud que apoyaron fueron negocios tremendamente rentables para aquellos que insistieron en deshumanizar a los sujetos colonizados y esclavizados. Tampoco es casual que esta insistencia en validar la esclavitud y el colonialismo “de manera científica” surgiera junto al movimiento ilustrado. A fin de cuentas, había que encontrar una justificación “racional” para una práctica que, si no fuera propia, sería consideraba “barbárica” y “primitiva”. 

Bibliografía

Daley, K. “Akala” (2018) Natives: Race and Class in the Ruins of Empire. Two Roads.

Diaz-Valdes Teran, D. (2017) Los Derechos Humanos en la mira de la Antropología: ¿Un escenario de posibilidades? Grin Publishing.

Grosfoguel, R. (2012) “El concepto de “racismo” en Michel Foucault y Frantz Fanon: ¿Teorizar desde la zona del ser o desde la zona del no-ser?” en Tábula Rasa. Bogotá, Colombia. Num 16. Pp. 79-102.

Harris, M. (2009) El desarrollo de la teoría antropológica: Una historia de las teorías de la cultura. Siglo XXI Editores S.A. Madrid.

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Autora| Diana S. Díaz-Valdés Teran

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En colaboración| Diantropos

En Twitter| @DiAntropos

Imagen| Wikipedia

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