Mitrídates VI, el enemigo más temible de Roma

El rey de los venenos

Imagen meramente ilustrativa.

Mitrídates VI fue el último rey del Ponto, un reino situado en la costa sur del mar Negro, entre los actuales Turquía y Georgia. Nació en el año 134 a.C. y murió en el 63 a.C., tras una vida llena de aventuras, intrigas y batallas. Su nombre significa "dado por Mitra", el dios persa de la luz y la verdad, y refleja su origen mixto: su padre era de ascendencia griega y persa, y su madre era una princesa del reino del Bósforo, en Crimea.

Desde muy joven, Mitrídates demostró una gran inteligencia, curiosidad y ambición. Aprendió varios idiomas, entre ellos el griego, el persa, el parto, el galo, el escita y el latín. Estudió historia, geografía, medicina, astronomía y botánica. Se interesó especialmente por el conocimiento de los venenos, tanto para protegerse de ellos como para usarlos contra sus enemigos. Según la leyenda, se sometió a un régimen de inmunización, ingiriendo pequeñas dosis de veneno cada día, lo que le valió el apodo de "el rey de los venenos".

Mitrídates heredó el trono del Ponto a los 14 años, tras el asesinato de su padre por orden de su madre, que quería favorecer a su hijo menor. Sin embargo, Mitrídates logró escapar y refugiarse en las montañas, donde se ganó el apoyo de los pueblos locales. A los 21 años, regresó a la capital, Sinope, y se vengó de su madre y de su hermano, a los que mandó ejecutar. Así comenzó su reinado, que duraría casi 60 años.


El conquistador de Asia Menor

Mitrídates tenía un sueño: restaurar el antiguo imperio de Alejandro Magno, que se había fragmentado tras su muerte. Para ello, se propuso expandir su reino por Asia Menor, aprovechando el vacío de poder que dejaban las guerras civiles de los reinos helenísticos. Así, entre el 120 y el 88 a.C., conquistó las regiones de Capadocia, Galacia, Bitinia, Paflagonia, Frigia, Lidia, Caria y Licia, llegando hasta el mar Egeo. También estableció alianzas con otros reyes, como Tigranes de Armenia y Ariobarzanes de Media Atropatene.

Sus conquistas no pasaron desapercibidas para Roma, que veía con recelo el creciente poder de Mitrídates. Roma tenía intereses económicos y políticos en Asia Menor, donde había apoyado a algunos reyes títeres y había impuesto tributos a las ciudades griegas. Además, Roma temía que Mitrídates se aliara con su enemigo, el rey Mitrídates I de Partia, que dominaba el este de Irán y Mesopotamia.

En el año 89 a.C., estalló el conflicto entre Roma y el Ponto, cuando el cónsul romano Aquilio, que había sido enviado a Asia Menor para restablecer el orden, fue capturado y ejecutado por Mitrídates. Este acto provocó la ira de Roma, que declaró la guerra al rey del Ponto. Así comenzó la primera de las tres guerras mitridáticas, que se prolongarían durante más de 20 años.


El libertador de Grecia

La primera guerra mitridática (89-85 a.C.) fue favorable para Mitrídates, que logró derrotar a los ejércitos romanos en Asia Menor y cruzar el mar Egeo, invadiendo Grecia. Allí, se presentó como el libertador de los griegos, que estaban hartos de la opresión romana. Muchas ciudades griegas se unieron a su causa, entre ellas Atenas, que se convirtió en su base de operaciones.

Mitrídates ordenó una masacre de todos los ciudadanos romanos e italianos que vivían en Asia Menor y Grecia, que se calcula que fueron unos 80.000. Este hecho, conocido como la "vespera siciliana de Asia", fue una de las mayores atrocidades de la historia antigua, y aumentó el odio de Roma hacia Mitrídates.

Sin embargo, la suerte de Mitrídates cambió cuando Roma envió a su mejor general, Lucio Cornelio Sila, a hacerse cargo de la guerra. Sila desembarcó en Grecia en el año 87 a.C. y sitió Atenas, que resistió durante dos años. Finalmente, Sila tomó la ciudad por asalto y la saqueó, castigando a sus habitantes por su traición. Luego, se enfrentó al ejército de Mitrídates, que estaba al mando de su yerno, el rey de Bitinia, en la batalla de Queronea, en el año 86 a.C. Sila venció con facilidad, gracias a su superioridad táctica y disciplina. Mitrídates, que se encontraba en Asia Menor, se vio obligado a pedir la paz.

Sila y Mitrídates negociaron un tratado, que se firmó en el año 85 a.C. en Dárdanos, una ciudad del Helesponto. Por este tratado, Mitrídates renunciaba a todas sus conquistas, devolvía los prisioneros y las banderas romanas, entregaba 70 barcos de guerra y pagaba una indemnización de 3.000 talentos de oro. A cambio, Sila le reconocía como rey del Ponto y le permitía conservar su reino original. Así terminó la primera guerra mitridática, con una victoria romana, pero con un Mitrídates aún vivo y dispuesto a vengarse.


El rival de Pompeyo

La segunda guerra mitridática (83-81 a.C.) fue breve y poco relevante. Se inició cuando Mitrídates aprovechó la guerra civil entre Sila y Mario, los dos líderes romanos que se disputaban el poder, para recuperar algunas de sus antiguas posesiones en Asia Menor. Sin embargo, Sila envió a uno de sus lugartenientes, Lucio Licinio Murena, a detener a Mitrídates. Murena atacó al rey del Ponto, pero fue derrotado en dos ocasiones. Sila, que había consolidado su poder en Roma, ordenó a Murena que cesara las hostilidades y respetara el tratado de Dárdanos. Mitrídates aceptó la paz y se retiró a su reino.

La tercera guerra mitridática (74-63 a.C.) fue la más larga y decisiva. Se desencadenó cuando el rey de Bitinia, Nicomedes IV, murió sin herederos y legó su reino a Roma. Mitrídates, que consideraba a Bitinia como parte de su esfera de influencia, se opuso a esta decisión y volvió a invadir Asia Menor, con el apoyo de su aliado, el rey de Armenia, Tigranes II. Roma reaccionó enviando a uno de sus cónsules, Lucio Licinio Lúculo, a hacer frente a Mitrídates.

Lúculo era un general competente y un administrador honesto, pero también un hombre arrogante y poco popular, tanto entre sus soldados como entre sus colegas. Lúculo consiguió derrotar a Mitrídates en varias batallas, como la de Cízico (73 a.C.), la de Cabira (72 a.C.) y la de Zela (67 a.C.), y lo persiguió hasta Armenia, donde se encontró con la resistencia de Tigranes. Sin embargo, Lúculo no pudo acabar con Mitrídates, que siempre lograba escapar y reorganizar sus fuerzas. Además, Lúculo tuvo que enfrentarse a las rebeliones de sus propias tropas, que estaban cansadas de la guerra, y a la oposición de sus rivales políticos en Roma, que le acusaban de prolongar el conflicto por su ambición personal.


El fin de un sueño

En el año 66 a.C., Roma decidió sustituir a Lúculo por otro general, Cneo Pompeyo Magno, que era un general joven, ambicioso y popular, que había triunfado en la guerra contra los piratas del Mediterráneo y en la guerra civil contra el partido de Mario. Roma le confió el mando de la guerra contra Mitrídates, con plenos poderes para negociar la paz y organizar las provincias de Oriente. Pompeyo llegó a Asia Menor ese mismo año y se encontró con un escenario favorable: Lúculo había debilitado a Mitrídates y a Tigranes, y había sofocado las revueltas de las ciudades griegas. Pompeyo solo tuvo que rematar la faena.

Pompeyo persiguió a Mitrídates hasta Armenia, donde le infligió una derrota decisiva en la batalla de Nicópolis, en el año 66 a.C. Mitrídates huyó hacia el norte, buscando refugio en el reino del Bósforo, en Crimea. Pompeyo no le siguió, sino que se dedicó a pacificar y reorganizar las regiones de Asia Menor, Siria, Judea y Egipto, creando nuevas provincias y reinos clientes, y asegurando la supremacía romana en Oriente.

Mitrídates, mientras tanto, no se resignó a su destino. A pesar de su avanzada edad, de sus heridas y de sus escasos recursos, planeó una última y desesperada empresa: invadir Italia por el norte, atravesando el Cáucaso, el mar Caspio, el mar de Aral y las estepas de Escitia. Para ello, intentó reclutar a los pueblos bárbaros de la zona, como los sármatas, los escitas y los partos. Sin embargo, su proyecto se vio frustrado por la oposición de su propio hijo, Farnaces II, que se rebeló contra él y le arrebató el trono del Bósforo.

Mitrídates se vio acorralado y sin salida. Ante la inminente llegada de las tropas de Farnaces, decidió quitarse la vida. Según cuenta Apiano en Historia romana (XVI, 111), Mitrídates intentó suicidarse ingiriendo veneno para evitar su captura por los romanos, pero al estar inmunizado debió recurrir a uno de sus oficiales para que le provocase la muerte a espada. Otra versión, recogida por Plutarco en Vida de Pompeyo (XLV), dice que Mitrídates se apuñaló a sí mismo, pero no murió al instante, sino que fue rematado por un soldado galo llamado Bituito. Sea como fuere, Mitrídates murió en el año 63 a.C., poniendo fin a su sueño de restaurar el imperio de Alejandro y de liberar a Oriente del dominio romano.

Su cadáver fue entregado a Pompeyo, que lo envió a Roma para exhibirlo en su triunfo. Sin embargo, el cuerpo de Mitrídates se perdió en el camino, y nunca llegó a la capital. Según una leyenda, fue enterrado en Sinope, su ciudad natal, donde se le rindió culto como a un héroe. Mitrídates fue el último gran rey de Oriente, y el enemigo más temible que Roma tuvo que enfrentar. Su nombre quedó grabado en la memoria de la historia, como el de un hombre valiente, astuto y orgulloso, que luchó hasta el final por su libertad y la de su pueblo.

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