Diez inventos que cambiaron la Historia

Una huella imborrable Imagen meramente ilustrativa. En la vasta y fascinante historia de la humanidad, ciertos inventos han dejado una huell...

Caracalla: el emperador que gobernó con sangre y fuego

El fratricidio que cambió la historia de Roma

Imagen meramente ilustrativa.

¿Fue Caracalla uno de los emperadores más crueles, despiadados y asesinos que tuvo el Imperio romano? Su nombre real era Marco Aurelio Severo Antonino Augusto, pero se le conoce por el apodo de Caracalla, que hace referencia a la capa gálica que solía vestir. Nació en el año 188 d.C. en Lugdunum (actual Lyon, Francia), hijo del emperador Septimio Severo y de Julia Domna, una aristócrata siria. Desde pequeño mostró una personalidad violenta, ambiciosa y vengativa, que se agravó con la rivalidad que mantenía con su hermano menor, Geta.

Cuando Septimio Severo murió en el año 211 d.C., dejó el imperio en manos de sus dos hijos, que debían gobernar conjuntamente. Sin embargo, Caracalla no estaba dispuesto a compartir el poder con nadie, y menos con su hermano, al que odiaba profundamente. Por eso, aprovechó una reunión familiar para ordenar el asesinato de Geta, que fue apuñalado en brazos de su madre. Según algunas fuentes, Caracalla mató personalmente a su hermano, mientras que otras afirman que lo hizo un grupo de soldados leales a él. Lo cierto es que este fratricidio marcó el inicio de un reinado de terror, en el que Caracalla eliminó a todos los que podían suponer una amenaza para su autoridad, incluyendo a amigos, familiares y senadores. Se estima que unas 20.000 personas fueron ejecutadas por orden de Caracalla, que se ganó el odio y el miedo de sus súbditos.


El emperador que quiso ser Alejandro Magno

Caracalla no solo fue un tirano sanguinario, sino también un megalómano que se creía la reencarnación de Alejandro Magno, el famoso conquistador macedonio. Para emular a su ídolo, Caracalla se embarcó en una serie de campañas militares por el oriente del imperio, con el objetivo de expandir sus dominios y obtener gloria y riqueza. Sin embargo, sus resultados fueron muy inferiores a los de Alejandro, y sus acciones provocaron el descontento y el sufrimiento de las provincias que visitó.

Una de las medidas más polémicas que tomó Caracalla fue la concesión de la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del imperio, en el año 212 d.C. Esta decisión, conocida como el Edicto de Caracalla, ha sido interpretada de diversas formas por los historiadores. Algunos la ven como un gesto de generosidad y de integración, que buscaba unificar a los pueblos bajo una misma ley y una misma cultura. Otros, en cambio, la consideran una medida puramente fiscal, que pretendía aumentar los ingresos del estado mediante el cobro de impuestos y tasas a los nuevos ciudadanos. Lo que está claro es que el Edicto de Caracalla tuvo un gran impacto en la historia de Roma, ya que supuso el fin de la distinción entre romanos e itálicos, y el inicio de una mayor diversidad étnica y cultural en el seno del imperio.


El final de un reinado trágico

Caracalla no pudo disfrutar mucho de su poder absoluto, ya que su vida terminó de forma abrupta y violenta, al igual que la de su hermano. En el año 217 d.C., mientras se dirigía a un templo en las cercanías de Carrhae (actual Harran, Turquía), fue asesinado por uno de sus propios soldados, llamado Julio Marciano. Según algunas versiones, el motivo del crimen fue una venganza personal, ya que Caracalla había ofendido a Marciano al negarse a casarse con su hija. Otras fuentes, en cambio, apuntan a una conspiración orquestada por el prefecto del pretorio, Macrino, que aspiraba a ocupar el trono imperial.

Sea como fuere, la muerte de Caracalla supuso el fin de una de las dinastías más importantes de Roma, la de los Severos, que había gobernado durante casi medio siglo. También significó el inicio de una época de inestabilidad y crisis, en la que el imperio se vio sacudido por guerras civiles, invasiones bárbaras y epidemias. Caracalla pasó a la historia como un emperador cruel, despiadado y asesino, que mató a su propio hermano y a miles de inocentes, y que solo se preocupó por su propia gloria y su propia seguridad. Su reinado fue un ejemplo de cómo el poder absoluto puede corromper absolutamente.

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