Sadí de Buen, el científico español que quiso erradicar la malaria antes de que la guerra arrasara su obra
El médico que llevó la ciencia al corazón de los pantanos
En la España de comienzos del siglo XX, la malaria no era un recuerdo remoto ni una enfermedad exótica, sino una amenaza cotidiana en muchas comarcas rurales. En zonas húmedas de Extremadura, por ejemplo, el paludismo condicionaba la vida, debilitaba a miles de personas y convertía el paisaje en una trampa biológica. Allí, entre charcas, mosquitos y pobreza, trabajó Sadí de Buen Lozano, un médico y parasitólogo que no se conformó con aliviar la enfermedad, sino que intentó cortarla de raíz.
Nacido en Barcelona en 1893, hijo del naturalista Odón de Buen, Sadí de Buen se formó en Medicina en Madrid y fue discípulo de Gustavo Pittaluga, una de las figuras decisivas de la parasitología moderna en España. Muy pronto orientó su trabajo hacia el estudio de las enfermedades transmitidas por vectores y, en particular, hacia la malaria, que en aquel tiempo afectaba a centenares de miles de personas en el país y causaba miles de muertes cada año.
Lo importante en su caso no fue solo el conocimiento científico, sino el modo de entenderlo. Sadí de Buen no veía la medicina como una disciplina de laboratorio separada de la vida social. Para él, la investigación debía traducirse en intervención concreta sobre el terreno. Esa combinación de ciencia, salud pública y reforma práctica explica por qué su nombre debería ocupar un lugar mucho más visible en la historia sanitaria española.
Talayuela, los mosquitos y un plan para cambiar el curso de la enfermedad
En 1921, Sadí de Buen se instaló en la zona de Talayuela, en Cáceres, una de las regiones más castigadas por el paludismo. Allí estudió de cerca a los mosquitos anófeles, vectores de la enfermedad, y comprobó los límites de los métodos que se venían utilizando hasta entonces, como el drenaje, los insecticidas, el petróleo o las mosquiteras. Aquellas medidas podían ayudar, pero no bastaban para transformar de forma decisiva el problema.
Fue entonces cuando apostó por una solución tan audaz como insólita. Conocía la presencia, en ciertos humedales de Estados Unidos, de un pequeño pez, la gambusia, que se alimentaba vorazmente de larvas de mosquito. En Italia se había intentado introducirlo sin éxito, pero Sadí de Buen decidió probar de nuevo. Logró traer ejemplares desde Carolina del Norte, los aclimató con enorme dificultad y consiguió que una pequeña población sobreviviera y se reprodujera en una charca de Talayuela. Desde allí comenzó una expansión que alteraría la lucha antipalúdica en España.
El valor de aquella iniciativa no residía solo en el pez en sí, sino en la lógica que la acompañaba. Sadí de Buen entendía que la malaria debía combatirse mediante una estrategia integrada, combinando control biológico del vector, observación epidemiológica, dispensarios especializados y atención médica organizada. No buscaba solo contener la enfermedad. Quería erradicarla. Y eso era extraordinariamente moderno para su tiempo.
Una red sanitaria pionera que estuvo cerca de lograrlo
La labor de Sadí de Buen fue creciendo con rapidez. Participó en la creación de una amplia estructura antipalúdica y en 1924 fundó el Instituto Antipalúdico de Navalmoral de la Mata, que se convirtió en un centro de referencia para la investigación y la intervención sanitaria. A partir de esa base se desarrolló una red de dispensarios, consultorios, laboratorios y médicos especializados que permitió actuar sobre el territorio con una eficacia poco habitual en la España de la época.
Los datos muestran la magnitud del avance. Según la información recogida en la prensa reciente y en repertorios biográficos, en 1935 la morbilidad palúdica había descendido de forma drástica y la mortalidad se había reducido a cifras muy inferiores a las de décadas anteriores. El proyecto contaba además con respaldo internacional. La Fundación Rockefeller apoyó su formación y sus iniciativas, la Sociedad de Naciones se interesó por el método, y las gambusias criadas en Extremadura comenzaron a distribuirse dentro y fuera de España.
Ese reconocimiento no fue casual. Sadí de Buen no era un investigador marginal, sino una figura muy respetada en la comunidad científica. Trabajó también sobre lepra, leishmaniasis y fiebre recurrente española, y llegó a describir el agente y el vector de esta última. Pero su gran empresa histórica fue la malaria. Ahí es donde su nombre quedó ligado a una posibilidad excepcional. La de que España hubiera podido adelantar en varios años, quizá en una década, la derrota de una de sus enfermedades endémicas más persistentes.
Cuando la guerra civil destruyó una conquista científica
La Guerra Civil interrumpió brutalmente esa trayectoria. Sadí de Buen, que había militado en el PSOE, pertenecido a la UGT y ocupado responsabilidades sanitarias durante la Segunda República, fue detenido en Córdoba en julio de 1936. No era solo un científico prestigioso. Era también un profesional identificado con una concepción moderna, laica y reformista de la salud pública, algo que en el nuevo clima de violencia política se convirtió en un motivo de persecución.
Fue fusilado en Córdoba, en las tapias del cementerio de San Rafael, en la noche del 2 al 3 de septiembre de 1936. Su muerte no supuso únicamente el asesinato de un hombre. Supuso también la demolición de un proyecto sanitario. La red antipalúdica quedó desmantelada, los institutos de parasitología fueron arrasados o vaciados, los fondos científicos se destruyeron y muchos investigadores acabaron muertos o exiliados. Poco después, los indicadores de malaria volvieron a empeorar de forma dramática.
La ironía histórica es devastadora. Un país que había estado a las puertas de controlar de forma decisiva la enfermedad retrocedió por efecto de la guerra y la represión. La malaria no desapareció de España hasta décadas más tarde, pero lo hizo sobre las ruinas de una estructura que Sadí de Buen había ayudado a levantar mucho antes.
El nombre que el franquismo quiso borrar
La historia de Sadí de Buen Lozano obliga a mirar la ciencia no como una aventura abstracta, sino como una construcción frágil, dependiente de instituciones, libertad intelectual y estabilidad política. Su caso demuestra que el progreso sanitario puede acelerarse gracias a la inteligencia y al trabajo colectivo, pero también que puede ser destruido en muy poco tiempo cuando la violencia convierte al científico en enemigo.
Durante mucho tiempo, su figura quedó relegada al olvido. No porque su obra careciera de importancia, sino precisamente porque estaba ligada a una tradición republicana, reformista y librepensadora que la dictadura quiso borrar del relato nacional. Recuperar hoy su nombre no es un gesto retórico. Es devolver a la historia española uno de sus grandes pioneros de la salud pública. Y también recordar que, en ocasiones, una guerra no solo mata personas. Mata futuros enteros.

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