El tratado de paz entre Egipto y los hititas también regulaba qué hacer con quienes huían de un reino a otro

Un nuevo fragmento hallado en Hattusa conserva parte de las disposiciones sobre fugitivos del célebre acuerdo entre Ramsés II y Hattusili III, que establecía su devolución y contemplaba garantías sobre el trato que debían recibir

El nuevo fragmento de tablilla cuneiforme descubierto en Hattusa, pertenece a una de las copias del Tratado de Qadesh | Imagen: Ministerio de Cultura de Turquía

Hace más de 3.200 años, dos de las principales potencias del Próximo Oriente decidieron regular por escrito sus relaciones después de décadas de enfrentamientos. Egipto y el Imperio hitita acordaron respetarse, prestarse ayuda y establecer mecanismos para resolver algunos de los problemas que podían surgir entre ambos reinos. Entre ellos había uno que resulta sorprendentemente reconocible para un lector actual: qué hacer con las personas que cruzaban la frontera huyendo de un territorio para refugiarse en el otro.

Un fragmento de tablilla cuneiforme descubierto en Hattusa, la antigua capital hitita, conserva parte de esas disposiciones del llamado Tratado de Qadesh. El texto menciona a personas procedentes tanto de Egipto como de Hatti y forma parte de las cláusulas destinadas a regular su devolución. El hallazgo no modifica lo que conocemos sobre el acuerdo, pero aporta una nueva evidencia material de uno de sus aspectos más interesantes: la diplomacia de la Edad del Bronce también tuvo que ocuparse del movimiento de personas entre Estados.


Una paz entre dos grandes potencias

El Tratado de Qadesh constituye uno de los documentos diplomáticos más importantes conservados de la Antigüedad.

Fue acordado por el faraón Ramsés II y el rey hitita Hattusili III después de un largo periodo de rivalidad entre ambos poderes por el control de territorios estratégicos del Próximo Oriente.

Su nombre lo relaciona inevitablemente con la célebre batalla de Qadesh, librada años antes entre Ramsés II y las fuerzas del rey hitita Muwatalli II. Sin embargo, el tratado no fue una consecuencia inmediata de aquella batalla. La paz llegó posteriormente, cuando Hattusili III ocupaba ya el trono hitita.

El acuerdo buscaba establecer unas relaciones más estables entre dos potencias que habían competido durante décadas.

No se trataba únicamente de declarar que la guerra había terminado.

El documento regulaba compromisos mutuos, mecanismos de cooperación y obligaciones concretas. Precisamente por ello resulta tan importante para estudiar el funcionamiento de la diplomacia en el Bronce Final.


Un fragmento reaparece en el antiguo palacio de Hattusa

La nueva pieza fue encontrada en Büyükkale, la colina fortificada de Hattusa donde se encontraba el complejo palacial de la capital hitita.

El fragmento apareció concretamente en el denominado «Edificio E».

Solo conserva texto en una de sus caras y ha necesitado meses de estudio para determinar a qué parte del tratado pertenecía. Los investigadores han conseguido situarlo dentro del conjunto de disposiciones correspondientes a los artículos 12 a 20.

Es precisamente en esas líneas donde aparecen referencias a personas que abandonaban uno de los dos reinos y cruzaban al territorio del otro.

No es la primera copia hitita conocida del tratado. Su importancia reside en añadir una nueva pieza material al conjunto documental que permite reconstruir el acuerdo.


Personas que huían de Egipto y Hatti

Las cláusulas conservadas muestran que el movimiento de personas entre ambos territorios constituía un asunto suficientemente importante como para ser incluido en un acuerdo entre sus soberanos.

El texto hace referencia a quienes escapaban desde Egipto hacia Hatti y a quienes recorrían el camino contrario.

La solución acordada no consistía en proporcionarles asilo.

Egipcios e hititas establecieron un sistema de devolución mutua de fugitivos y desertores. Si una persona abandonaba uno de los reinos y buscaba refugio en el otro, las autoridades debían devolverla.

La existencia de estas disposiciones muestra hasta qué punto los tratados antiguos podían ocuparse de cuestiones muy concretas. La paz no consistía simplemente en dejar de combatir. También requería ordenar las relaciones entre dos Estados y determinar cómo actuar cuando sus habitantes atravesaban las fronteras.


Devolver al fugitivo, pero establecer garantías

Hay un detalle especialmente interesante.

La devolución no aparece únicamente como una obligación entre ambos reinos. Las disposiciones incluían también determinadas garantías relacionadas con la integridad de las personas devueltas.

El nuevo fragmento contiene referencias a esa protección y menciona expresamente la prohibición de destruir sus casas.

Esto obliga a matizar la comparación con nuestro concepto contemporáneo de refugiado.

Las personas mencionadas en el tratado no estaban protegidas por un sistema equivalente al derecho de asilo moderno. El objetivo fundamental del acuerdo era precisamente garantizar que quienes huyeran de un reino pudieran ser devueltos.

Sin embargo, el hecho de que la extradición estuviera acompañada de determinadas garantías resulta históricamente significativo.

El poder de los soberanos encontraba aquí una regulación pactada entre ambos Estados.


Fronteras que también atravesaban las personas

Los grandes imperios antiguos suelen representarse mediante mapas formados por territorios de distintos colores. Las fronteras parecen líneas nítidas que separan un poder de otro.

La realidad humana era mucho más compleja.

Comerciantes, soldados, emisarios, artesanos, prisioneros y fugitivos circulaban constantemente entre territorios. Las guerras podían además provocar desplazamientos y alterar las lealtades políticas de poblaciones enteras.

La existencia de cláusulas específicas sobre fugitivos demuestra que esos movimientos generaban problemas diplomáticos.

Una persona que abandonaba un reino no era necesariamente un individuo irrelevante para el Estado. Podía ser un desertor, alguien vinculado a la administración, un opositor o simplemente una persona cuya huida afectaba a la autoridad del soberano.

Egipto y Hatti necesitaban establecer qué ocurriría cuando uno de esos individuos alcanzara el territorio de la otra potencia.

Y decidieron dejarlo por escrito.


El tratado sobrevivió en dos mundos diferentes

Una de las características que convierten el Tratado de Qadesh en un documento excepcional es que conocemos versiones procedentes de ambos lados del acuerdo.

Los egipcios reprodujeron el texto mediante inscripciones jeroglíficas. Se conservan versiones monumentales en Karnak y en el templo funerario de Ramsés II en Tebas.

Los hititas utilizaron un soporte completamente diferente.

Sus copias fueron escritas en lengua acadia y escritura cuneiforme sobre tablillas de arcilla.

Esta circunstancia permite comparar la manera en que dos grandes potencias conservaron el recuerdo de un mismo acuerdo diplomático.

La versión original del tratado no ha llegado hasta nosotros. Lo que poseemos son precisamente esas copias realizadas por las partes implicadas.


Diez mil tablillas bajo las ruinas de una capital

Durante mucho tiempo, los textos egipcios plantearon un problema.

Las inscripciones hablaban de un acuerdo con el gran rey de Hatti, pero la identidad histórica de aquel poder no pudo comprenderse plenamente hasta que avanzó el conocimiento moderno sobre los hititas.

La situación cambió radicalmente con las excavaciones de Hattusa.

A comienzos del siglo XX aparecieron allí miles de tablillas escritas en cuneiforme. Los archivos de la antigua capital permitieron reconstruir buena parte de la historia política y diplomática del Imperio hitita y proporcionaron las copias que confirmaban desde el otro lado el acuerdo conocido por las inscripciones egipcias.

El nuevo fragmento pertenece a ese mismo universo documental.

Más de un siglo después de aquellas grandes excavaciones, Hattusa continúa proporcionando pequeñas piezas de un archivo que todavía no ha revelado toda su información.


La diplomacia de hace más de tres milenios

Resulta tentador describir el Tratado de Qadesh como el origen directo de la diplomacia moderna.

La comparación debe manejarse con cuidado.

Egipto y Hatti eran monarquías de la Edad del Bronce con estructuras políticas, conceptos jurídicos y relaciones internacionales muy diferentes de los Estados contemporáneos.

Pero eso no convierte su diplomacia en algo rudimentario.

El tratado muestra precisamente lo contrario.

Dos grandes poderes podían negociar compromisos recíprocos, establecer obligaciones de asistencia y acordar procedimientos para cuestiones concretas. El problema de los fugitivos constituye un buen ejemplo porque revela que la relación diplomática descendía desde las grandes declaraciones políticas hasta asuntos que afectaban directamente a individuos.

La paz necesitaba normas.


Un pequeño fragmento que completa un documento enorme

El descubrimiento de Büyükkale no cambia nuestra interpretación general del Tratado de Qadesh.

Las disposiciones relativas a fugitivos eran conocidas gracias a otras copias. Tampoco estamos ante la aparición de una cláusula completamente desconocida que obligue a reescribir la historia de las relaciones entre Egipto y Hatti.

Su importancia es diferente.

El fragmento constituye una nueva evidencia material del tratado y permite reconstruir mejor la transmisión de uno de los documentos diplomáticos más extraordinarios conservados del mundo antiguo.

También recuerda algo esencial sobre la arqueología de los textos.

Una pequeña pieza de arcilla puede contener apenas unas líneas, pero esas líneas pertenecieron a un sistema político que necesitaba registrar compromisos, conservar acuerdos y establecer obligaciones entre dos reinos separados por cientos de kilómetros.


La paz también necesitaba decidir qué hacer con quienes huían

Quizá sea precisamente la cuestión de los fugitivos la que hace que este fragmento resulte tan cercano.

Las guerras antiguas suelen llegarnos a través de faraones, reyes, ejércitos y grandes batallas. Mucho menos sabemos de las personas que se desplazaban entre esos poderes, voluntariamente o empujadas por las circunstancias.

El Tratado de Qadesh permite vislumbrarlas.

No conocemos sus nombres. Tampoco sabemos qué razones concretas podían llevarlas a abandonar Egipto o Hatti. El documento las contempla desde la perspectiva de los Estados, preocupados fundamentalmente por controlar su devolución.

Pero su simple presencia en un tratado internacional demuestra que existían y que su movilidad podía convertirse en un problema político.

Hace más de tres milenios, dos de las grandes potencias de su tiempo comprendieron que terminar una guerra exigía algo más que guardar las armas. También había que decidir cómo convivir después.

Y eso incluía establecer qué ocurriría con quienes cruzaran la frontera intentando dejar atrás uno de los dos reinos.

Comentarios