Un altar de fuego y un osario descubiertos en Uzbekistán arrojan luz sobre las antiguas creencias de Asia Central
Las excavaciones de la ciudad de Odirmon han sacado a la luz una estructura ritual con huellas de fuego y un recipiente funerario decorado en una región donde las prácticas mazdeas y zoroastrianas tuvieron una importante presencia antes de la expansión del islam
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| Altar de fuego zoroástrico hallado en Uzbekistán | Crédito: Agencia para el Patrimonio Cultural de la República de Uzbekistán |
Durante siglos, Asia Central fue mucho más que un territorio situado entre grandes imperios. Por sus ciudades y caminos circularon comerciantes, ejércitos, religiones e ideas que conectaron el mundo iranio, las estepas euroasiáticas, la India y China. Las excavaciones arqueológicas continúan mostrando hasta qué punto aquella región fue también un espacio donde convivieron y evolucionaron tradiciones religiosas propias.
Uno de los últimos descubrimientos procede de Odirmon, una antigua ciudad situada en el sur del actual Uzbekistán. Allí, los arqueólogos han encontrado una estructura ritual con evidencias de fuego y un osario decorado con motivos que parecen representar un ciervo y un árbol. Ambos hallazgos resultan especialmente interesantes por aparecer en la antigua Sogdiana, una región donde están bien documentadas diferentes formas de creencias mazdeas y zoroastrianas. Sin embargo, los investigadores mantienen por ahora una cautela importante: ni el altar ha sido identificado oficialmente como zoroastriano ni se ha demostrado que ambos objetos pertenecieran al mismo contexto ritual.
Una antigua ciudad de la Sogdiana meridional
Odirmon se encuentra en una región históricamente vinculada a la Sogdiana, uno de los grandes territorios culturales de la antigua Asia Central.
Las investigaciones anteriores habían permitido reconocer allí un asentamiento fortificado de considerables dimensiones. Contaba con murallas defensivas, cuatro sectores urbanos, caminos y una ciudadela rectangular. Las prospecciones también habían recuperado en superficie más de medio centenar de fragmentos cerámicos.
La Agencia de Patrimonio Cultural de Uzbekistán sitúa provisionalmente la ocupación del yacimiento entre el siglo III a. C. y el siglo III d. C.
Ese amplio marco cronológico resulta importante. No significa que los objetos descubiertos puedan fecharse automáticamente dentro de un momento concreto de esos seis siglos. Por ahora no se ha anunciado una datación científica independiente ni para el altar ni para el osario.
La campaña de 2026, dirigida por Sanjar Abduraximov, del Instituto de Arqueología de Samarcanda, es la primera excavación realizada en Odirmon bajo su dirección.
Y uno de sus descubrimientos más interesantes apareció en el sector nororiental del asentamiento.
Una estructura donde el fuego ardió durante mucho tiempo
Los arqueólogos encontraron allí una estructura de unos 70 centímetros de altura y aproximadamente 90 centímetros de anchura.
Su suelo estaba construido con ladrillos cocidos de 18 por 28 centímetros y unos 2,5 centímetros de grosor. Alrededor se extendía una capa de enlucido de arcilla que alcanzaba entre 2,5 y 3 centímetros.
Pero el detalle más significativo no está únicamente en sus dimensiones.
Los investigadores observaron que ese revestimiento había sido reparado y renovado en varias ocasiones. Esa sucesión de intervenciones indica que la estructura no tuvo un uso ocasional. Fue mantenida durante un periodo prolongado.
Además, conserva huellas de fuego.
La combinación de estos elementos ha llevado a relacionarla con actividades rituales, aunque la Agencia de Patrimonio Cultural de Uzbekistán no la ha identificado formalmente como un altar zoroastriano. La formulación oficial es más prudente y habla de una estructura vinculada con ritos religiosos en la que se han conservado evidencias de combustión.
La diferencia no es menor.
El fuego y el zoroastrismo
La asociación resulta inevitable porque el fuego desempeñó un papel fundamental en las tradiciones religiosas iranias vinculadas al mazdeísmo y al zoroastrismo.
Pero eso no significa que cualquier estructura antigua con restos de combustión pueda identificarse automáticamente como un altar zoroastriano.
El fuego tiene usos domésticos, productivos y rituales en numerosas culturas. Para determinar la función religiosa de una instalación arqueológica es necesario estudiar su arquitectura, su contexto, los materiales asociados y, cuando existen, inscripciones o representaciones que permitan precisar su significado.
En Odirmon todavía faltan algunas de esas evidencias.
No se ha documentado ninguna inscripción que identifique una divinidad ni se ha comunicado ningún elemento que permita atribuir inequívocamente el altar a una tradición religiosa concreta.
Aun así, el contexto regional hace que la hipótesis resulte especialmente interesante.
En otros lugares de Asia Central se conocen instalaciones rituales relacionadas con el fuego. También existen paralelos en Yerkurgan, en la región de Kashkadarya, mientras que las prácticas funerarias mediante osarios están ampliamente documentadas en la Sogdiana preislámica y han sido relacionadas por los especialistas con distintas expresiones locales de creencias mazdeas o zoroastrianas.
Un osario decorado con animales y árboles
El segundo hallazgo añade otra pieza al problema.
Los arqueólogos han recuperado un osario, un recipiente destinado a contener restos humanos, cuya superficie exterior presenta diferentes motivos decorativos.
Los especialistas creen distinguir la figura de un ciervo y la representación de una archa, un tipo de enebro.
Por ahora, la pieza continúa en proceso de conservación y restauración. Será necesario esperar a que los trabajos avancen para observar con mayor claridad los motivos representados y estudiar su posible significado.
El descubrimiento resulta relevante porque el uso de osarios posee una larga tradición en la Asia Central preislámica.
Estos recipientes formaban parte de determinadas prácticas funerarias en las que los restos óseos podían recibir un tratamiento específico antes de su depósito definitivo. Su presencia permite estudiar no solo cómo se afrontaba la muerte, sino también las ideas sobre el cuerpo, la contaminación ritual y la relación entre los vivos y los muertos.
Sin embargo, en el caso de Odirmon todavía existe una pregunta fundamental.
Dos hallazgos que quizá no estén relacionados
Encontrar un altar con huellas de fuego y un osario en un mismo yacimiento resulta tentador.
La imagen parece encajar con demasiada facilidad: una comunidad vinculada al zoroastrismo, un fuego ritual y una determinada práctica funeraria.
Pero la arqueología exige resistirse precisamente a ese tipo de asociaciones cuando las evidencias todavía no son suficientes.
Los investigadores no han demostrado que el altar y el osario formaran parte de un mismo complejo ritual. Tampoco sabemos si fueron utilizados simultáneamente.
Ni siquiera disponemos todavía de una datación específica para cada pieza.
Podrían estar relacionados. También podrían pertenecer a momentos o actividades diferentes dentro de una ciudad ocupada durante varios siglos.
Esa incertidumbre no resta importancia al descubrimiento. Al contrario, delimita exactamente qué sabemos y qué queda por averiguar.
Una región atravesada por religiones e intercambios
El interés de Odirmon aumenta cuando se observa su posición dentro de la historia de Asia Central.
Sogdiana fue durante siglos un territorio situado en las grandes rutas de comunicación entre Oriente y Occidente. Sus poblaciones participaron en redes comerciales que atravesaban enormes distancias y que, mucho antes de que se popularizara la expresión «Ruta de la Seda», permitían circular mercancías, personas e ideas.
Las religiones también viajaban.
Las creencias de tradición irania convivieron a lo largo del tiempo con otras corrientes religiosas que fueron penetrando en Asia Central. Ese paisaje espiritual nunca fue completamente uniforme.
Por eso resulta arriesgado imaginar el zoroastrismo antiguo como un sistema idéntico en todos los lugares y periodos.
La arqueología muestra prácticas locales, adaptaciones y formas diversas de expresar las creencias. Precisamente por ello, estructuras como la de Odirmon pueden ayudar a conocer cómo se materializaban los rituales en comunidades concretas y alejadas de los grandes centros políticos.
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| Osario hallado en Uzbekistán | Crédito: Agencia para el Patrimonio Cultural de la República de Uzbekistán |
Lo que puede contar un simple revestimiento de arcilla
Uno de los detalles más modestos del hallazgo quizá sea también uno de los más reveladores.
El enlucido que rodeaba la estructura fue renovado repetidamente.
Alguien se ocupó de repararlo.
Ese gesto debió repetirse durante años. El mantenimiento implica que aquel lugar seguía teniendo utilidad para las personas que vivían en Odirmon. Si su función ritual se confirma, las sucesivas reparaciones permitirían observar algo difícil de captar arqueológicamente: la continuidad de una práctica.
Los rituales no existen únicamente como ideas.
Necesitan espacios, objetos y personas que los mantengan. Una estructura se limpia, se repara y vuelve a utilizarse porque continúa teniendo significado para una comunidad.
Es precisamente esa repetición de pequeños actos la que termina dejando huellas materiales capaces de sobrevivir durante siglos.
Un descubrimiento que acaba de empezar a interpretarse
Los próximos trabajos serán decisivos.
La restauración permitirá observar mejor la decoración del osario. Las nuevas excavaciones podrán aclarar el contexto de la estructura ritual y quizá establecer si existe alguna relación entre ambos descubrimientos.
También será necesario precisar sus cronologías.
Por ahora, sabemos que Odirmon estuvo ocupado aproximadamente entre los siglos III a. C. y III d. C., pero esa datación corresponde al conjunto del yacimiento y no puede trasladarse sin más al altar y al osario.
Las futuras campañas deberán determinar además qué función exacta tuvo la estructura, durante cuánto tiempo fue utilizada y qué significado tenían las imágenes representadas en el recipiente funerario.
El pasado religioso rara vez es sencillo
El hallazgo de Odirmon resulta atractivo porque parece ofrecer una imagen reconocible de las antiguas religiones de Asia Central: fuego, rituales funerarios y símbolos vinculados con la naturaleza.
Pero su verdadero interés reside precisamente en que todavía no encaja perfectamente en una explicación cerrada.
No sabemos si el altar era estrictamente zoroastriano. No sabemos si el osario estuvo relacionado con él. Tampoco conocemos todavía la fecha exacta de ninguno de los dos.
Lo que sí tenemos es una ciudad fortificada de la antigua Sogdiana, una estructura utilizada repetidamente en actividades aparentemente rituales y un recipiente funerario decorado dentro de una región donde las tradiciones mazdeas dejaron una profunda huella.
La arqueología irá completando el resto.
Y quizá ahí esté lo más interesante del descubrimiento. No confirma simplemente algo que ya sabíamos. Abre una pequeña ventana hacia la forma concreta en que una comunidad de Asia Central organizaba sus ritos, trataba a sus muertos y daba significado al fuego hace alrededor de dos mil años.


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