Una cabeza de Eros y un mosaico monumental revelan la transformación de una ciudad romana en cristiana
Las excavaciones de Pompeyópolis, en el norte de la actual Turquía, están sacando a la luz un edificio que cambió durante siglos y conserva en un mismo espacio las huellas del mundo romano pagano y de la posterior ciudad cristiana
A veces, un yacimiento arqueológico resulta especialmente valioso no por pertenecer a un único momento histórico, sino precisamente por todo lo contrario. Los edificios cambian, se reforman, adquieren nuevas funciones y terminan acumulando las huellas de las sociedades que los utilizaron. Una escultura puede sobrevivir a la religión para la que fue creada. Un edificio romano puede convertirse siglos después en una iglesia. Y un mismo espacio puede conservar, superpuestos, testimonios de mundos que solemos estudiar por separado.
Eso es lo que está ocurriendo en Pompeyópolis, una antigua ciudad de Paflagonia situada en el norte de Anatolia, en la actual Turquía. Las excavaciones de su basílica han descubierto un gran mosaico de época tardorromana del que ya se han documentado aproximadamente 105 metros cuadrados y, en otra estancia del complejo, una cabeza de Eros realizada varios siglos antes. Más que dos hallazgos aislados, ambos permiten observar la larga transformación de un edificio y, con ella, algunos de los cambios experimentados por la propia ciudad entre el mundo romano y la Antigüedad tardía.
Pompeyópolis, una gran ciudad de la Paflagonia romana
Pompeyópolis se encontraba bajo la actual colina de Zımbıllı Tepe y fue creada alrededor del año 63 a. C., después de las campañas de Pompeyo Magno contra Mitrídates VI del Ponto.
La ciudad llegó a convertirse en un importante centro de Paflagonia y conservó durante siglos una destacada posición administrativa y religiosa. Los restos que están apareciendo muestran la dimensión que alcanzó aquel núcleo urbano: edificios públicos, viviendas, termas, esculturas y un teatro forman parte del patrimonio arqueológico documentado hasta ahora.
Precisamente por la riqueza y monumentalidad de sus restos, el yacimiento ha recibido en ocasiones el sobrenombre de «Éfeso del mar Negro».
Sin embargo, las investigaciones más recientes están permitiendo conocer algo quizá más interesante que su monumentalidad: cómo fue cambiando la ciudad con el paso del tiempo.
Uno de los lugares fundamentales para estudiarlo es la basílica situada en la zona elevada de Pompeyópolis, donde las excavaciones comenzaron en 2025.
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| Arqueólogos trabajan en la excavación y documentación del mosaico de la basílica de Pompeiopolis, cuyos restos siguen saliendo a la luz | Crédito: Ministerio de Cultura y Turismo de Turquía |
Un mosaico de al menos 105 metros cuadrados
Uno de los principales descubrimientos de las últimas campañas se encuentra bajo los pies.
En la nave central de la basílica ha aparecido un enorme pavimento de mosaico datado en el siglo IV d. C. Está formado por diferentes composiciones geométricas y la superficie descubierta alcanza ya aproximadamente 105 metros cuadrados.
La cifra, sin embargo, no representa necesariamente las dimensiones originales del pavimento.
Las excavaciones continúan y todavía existen sectores que no han sido descubiertos. Esto significa que el mosaico podría ser considerablemente mayor de lo que permiten observar los trabajos actuales.
Los arqueólogos están actuando al mismo tiempo sobre las partes ya expuestas para estabilizarlas y garantizar su conservación. Excavar un mosaico no consiste únicamente en retirar la tierra que lo cubre. Desde el momento en que queda nuevamente expuesto después de siglos enterrado comienza también el desafío de protegerlo.
Pero mientras los investigadores trabajaban sobre este edificio apareció otra pieza mucho más pequeña y bastante más antigua.
Una cabeza de Eros dentro de un edificio cristiano
En un pastoforio de la basílica, una de las estancias auxiliares asociadas a las antiguas iglesias cristianas, los arqueólogos encontraron una cabeza escultórica de Eros.
La pieza está datada en la segunda mitad del siglo II d. C.
La diferencia cronológica resulta fundamental. La escultura pertenece a una etapa muy anterior a la conversión del edificio en un espacio cristiano y remite al universo religioso y artístico de la Pompeyópolis romana.
Eros era una divinidad vinculada al amor y al deseo dentro de la tradición grecorromana. Encontrar su representación en un contexto que posteriormente formó parte de una basílica cristiana crea una imagen aparentemente contradictoria, pero arqueológicamente resulta mucho más interesante evitar una lectura demasiado simple.
La cabeza no demuestra que Eros recibiera culto dentro de aquella iglesia.
Lo que muestra es que un objeto perteneciente a una fase anterior terminó incorporado, conservado o reutilizado dentro de un espacio que había adquirido una función completamente diferente.
Y ahí reside buena parte del interés del descubrimiento.
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| El mosaico romano de la basílica de Pompeiopolis, del que ya se han excavado al menos 105 metros cuadrados | Crédito: Ministerio de Cultura y Turismo de Turquía |
Los edificios también tienen biografía
Estamos acostumbrados a clasificar el pasado mediante periodos relativamente definidos: romano, pagano, cristiano, bizantino. Las personas que vivieron aquellas transformaciones, sin embargo, no abandonaban una ciudad para construir otra desde cero cada vez que cambiaba la sociedad.
Habitaban los mismos espacios.
Reformaban edificios, reutilizaban materiales, desmontaban estructuras, levantaban nuevos muros y adaptaban construcciones anteriores a necesidades diferentes.
La basílica de Pompeyópolis constituye un buen ejemplo de esa continuidad.
El edificio no nació como iglesia. Su primera fase constructiva se remonta aproximadamente a los años 150-160 d. C., durante un periodo de prosperidad de la ciudad romana.
Siglos después, aquel mismo espacio experimentó importantes modificaciones.
Durante la Antigüedad tardía, la expansión del cristianismo transformó progresivamente la organización religiosa y monumental de las ciudades del Imperio. Pompeyópolis terminó convirtiéndose en un centro episcopal durante el siglo V y el edificio quedó integrado en esa nueva realidad.
Entre una etapa y otra, sin embargo, existieron transformaciones sucesivas.
Por eso resulta especialmente significativa la presencia de materiales de diferentes cronologías dentro del mismo conjunto.
Del mundo pagano a la ciudad cristiana
La cabeza de Eros permite materializar un proceso histórico que, expresado únicamente mediante fechas, puede parecer mucho más abrupto de lo que realmente fue.
La cristianización del Imperio romano no significó que todo el paisaje material anterior desapareciera inmediatamente.
Las ciudades continuaron utilizando buena parte de sus edificios e infraestructuras. Algunos espacios fueron abandonados; otros cambiaron de función. Materiales arquitectónicos y escultóricos podían desplazarse y reutilizarse en nuevas construcciones.
El resultado fue un paisaje urbano formado por distintas capas históricas.
En Pompeyópolis podemos observar precisamente esa superposición. Una pieza escultórica del siglo II terminó dentro de un edificio que posteriormente funcionó en un contexto cristiano, mientras un gran mosaico del siglo IV decoraba su nave central.
No estamos ante dos mundos completamente separados, sino ante una ciudad que fue transformándose.
Una basílica que todavía no conocemos por completo
Las excavaciones se encuentran además en una fase relativamente reciente.
Los trabajos sistemáticos en la basílica comenzaron en 2025 y todavía quedan sectores por investigar. El propio mosaico continúa parcialmente enterrado, por lo que sus dimensiones definitivas y la composición completa del pavimento aún no pueden establecerse.
Esto obliga a mantener cierta prudencia.
Cada nueva campaña puede proporcionar elementos que permitan precisar la cronología y las distintas fases arquitectónicas del edificio. La interpretación de un yacimiento arqueológico nunca depende únicamente de una pieza espectacular, sino de la relación entre muros, pavimentos, objetos, niveles de ocupación y modificaciones constructivas.
La cabeza de Eros llama inevitablemente la atención. El mosaico impresiona por sus dimensiones. Pero su verdadero valor histórico aparece cuando ambos se sitúan dentro de la larga secuencia del edificio.
Una enorme residencia romana bajo tierra
La basílica no es el único lugar donde se están concentrando las investigaciones.
Otro de los grandes sectores del yacimiento es la denominada Villa Romana, una residencia señorial de más de 2.500 metros cuadrados.
También allí han aparecido mosaicos y espacios cuidadosamente decorados. Algunas salas de recepción utilizaron opus sectile, una técnica ornamental basada en piezas de distintos materiales cortadas y combinadas para formar diseños.
Hasta el momento también se han localizado cuatro estancias dotadas de hipocausto, el conocido sistema romano de calefacción que permitía hacer circular aire caliente bajo el pavimento.
Estos restos ayudan a reconstruir la riqueza de determinados sectores de Pompeyópolis y muestran que estamos ante una ciudad cuya investigación arqueológica todavía tiene mucho recorrido.
Una ciudad que sobrevivió a sus propios cambios
La historia de Pompeyópolis no terminó con la transformación cristiana.
La ciudad mantuvo su importancia durante siglos antes de entrar en un proceso de decadencia al que contribuyeron posteriormente las incursiones selyúcidas y mongolas. Ya en el siglo XIII se desarrolló cerca de sus ruinas la actual Taşköprü, cuyo nombre significa «puente de piedra» y hace referencia al antiguo puente sobre el río Amnias que todavía se conserva.
Ese largo recorrido explica la complejidad del yacimiento.
Bajo la tierra no existe una única Pompeyópolis congelada en un momento concreto. Hay calles, viviendas y edificios públicos que fueron utilizados, reformados y reinterpretados durante generaciones.
La arqueología debe separar esas capas para después volver a relacionarlas.
La transformación de Roma quedó escrita en sus edificios
Quizá por eso la pequeña cabeza de Eros sea más interesante cuando deja de contemplarse únicamente como una escultura aislada.
Fue creada en la segunda mitad del siglo II, cuando Pompeyópolis formaba parte de un mundo romano en el que las antiguas divinidades continuaban presentes en la religión, el arte y la vida cotidiana. Siglos después, el edificio donde terminó apareciendo había pasado a formar parte del paisaje cristiano de una ciudad episcopal.
Entre ambos momentos había cambiado la religión dominante, pero la ciudad seguía allí.
Sus habitantes continuaban construyendo sobre espacios anteriores, reutilizando materiales y adaptando edificios heredados. El pasado no desaparecía de repente. Permanecía físicamente integrado en el presente.
El gran mosaico, la cabeza de Eros y las sucesivas transformaciones de la basílica permiten observar precisamente ese proceso.
Y ahí reside el verdadero valor del hallazgo. No estamos simplemente ante un «dios pagano encontrado en una iglesia cristiana», una formulación llamativa pero insuficiente. Estamos ante algo históricamente mucho más revelador: un edificio que conserva en sus muros, pavimentos y objetos la lenta transformación de una ciudad romana durante varios siglos.
Pompeyópolis todavía permanece en buena medida bajo tierra. Pero cada una de esas capas que vuelve a salir a la luz permite comprender que las grandes transformaciones históricas rara vez borran por completo lo que existía antes. Con frecuencia construyen, literalmente, sobre ello.



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