viernes, 4 de noviembre de 2016

Pan y toros (II)

Conflictividad social y fiesta de los toros

Grabado sobre una antigua corrida de toros 
La aglomeración de gente en un espacio reducido, interactuando en medio del bullicio y las ansias de esparcimiento de gente que busca olvidar las penalidades y frustraciones de una vida dedicada a la pura subsistencia, resultó un escenario propicio a cualquier conato violento. Si bien, se procuró soslayar tal contingencia en exposiciones como la que se le hizo llegar al Papa posiblemente en 1570, donde se defendía la fiesta de los toros tras haber sido suspendida por el luto ocasionado por las muertes de la reina y del príncipe en un corto espacio de tiempo, y la prohibición implícita en la bula Salute regis” de Sixto V en 1567 en la que se describían las fiestas de toros como “espectáculos tan torpes y cruentos, más de demonios que de hombres”, motivo por el que se abolía “en los pueblos cristianos (…) bajo pena de excomunión a todos los príncipes, cualquiera que sea su dignidad, lo mismo eclesiástica, que laical, que asistan a tales espectáculos.

En dicho documento se desprende únicamente la preocupación papal por la integridad física de los participantes en la lidia, a lo que el anónimo defensor de la fiesta argumentaba: 
“esta costumbre de correr los toros en estos reinos por fiesta y regocijo es en ellos antiquísima, en tal manera que por auténticos testimonios se puede afirmar haber más de quinientos años que se usa y es una fiesta y costumbre muy general no sólo en los lugares más grandes y principales, mas asimismo en los pequeños y aldeas, y que es regocijo ordinario en ciertos días de cada año, y asimismo en las otras ocasiones extraordinarias de demostración de alegría, como en los casamientos de los príncipes, nacimientos de sus hijos, nuevas venidas de ellos a los lugares, buenas nuevas de las victorias u otros felices sucesos. Y es esto de correr los toros un género de fiesta mayor de que en estos reinos se hacen. Y de tal manera que quitada ella, cesa casi del todo el placer, regocijo y fiesta del pueblo”.

En cuanto a la seguridad de los participantes en las corridas, el exponente, tras alabar la “sabiduría permisiva y disimulación de los príncipes y de sus consejos y tribunales” al dar “licencia y orden para que se hagan”, pasó a describir someramente las prevenciones que las justicias tomaban y los tipos de lidiadores que intervenían: 
“En el correr de los toros en estos reinos para que no suceda el daño y peligro que a Su Santidad se debe haber referido, se han hecho y hacen muchas y muy buenas prevenciones por las justicias y personas que lo gobiernan, haciéndose talanqueras, reductos y lugares donde se aseguren y recogen los que andan al toro, proveyendo que los niños y mujeres y otras personas impedidas no estén en la plaza, proveyéndose toda prevención por sus personas y haciendo sus pregones, ordenando que anden en la plaza alguaciles y personas para lo prevenir y ejecutar. Además de esto en las plazas concurre y ordinariamente mucha gente de caballo que guarece a los de a pie, y los de a pie se favorecen los unos a los otros, y entre ellos hay muchos muy diestros y animosos que lo hacen muy fácilmente, y no se va a combatir ni lidiar con el toro (como se debe hay presupuesto) cara a cara ni temerariamente, y los que lo hacen son algunos que tienen tanta destreza y con tanta seguridad, que entre mil no sucede a uno peligro, y los demás lo hacen de lejos, de donde pueden fácilmente salvar (…) mas, el peligro y daño es pocas veces y no es con mil partes el que a Su santidad se debe haber encarecido, y aquel no es por culpa de los que gobiernan y dan a esto autoridad teniéndolo prevenido, de manera que si no es por grande negligencia o culpa de los hombres a quien sucede el caso, no hay ni puede haber tal peligro. En el correr de los toros pueden concurrir, como es muy ordinario gente de a caballo y de a pie. Los de a caballo es cosa sin duda que no corren sus personas ningún género de peligro, no sólo los que andan en la plaza aparte sin acometer ni esperar al toro, pero ni asimismo los que le acometen y esperan, y sólo corren el peligro de herirles o matarles el caballo. Y es el discurso de cien años no se había visto haber peligrado dos personas y demás que de estos a caballo pueden andar y salir al toro sin peligro y sin inconveniente. Es el ejercicio en sí muy bueno y muy loable de destreza y de ánimo y muy propio de hombres y de caballeros”.

El descontento de los vasallos del rey ante la prohibición de los festejos de toros raramente pasó más allá de la tradicional resignación cristiana que asumía buena parte de la población española del momento. Pocos pasaron de las quejas de los corrillos que solían forman en calles y plazas públicas, pero cuando esa frontera se terminaba por traspasar, la violencia verbal daba paso a la acción, tal como ocurrió en Capilla (Badajoz) el 4 de mayo de 1729, cuando varios clérigos encabezaron un motín en el que además de desobedecer la prohibición del duque de Béjar sobre no hacer correr los toros, agredieron al corregidor de la villa y soltaron a los presos que se hallaban en la cárcel.

El conflicto estalló cuando Juan Manuel López de Zúñiga y Castro, duque de Béjar, decretó “que todos los lugares de sus estados, que por este año no se hiciesen fiestas de toros (…) por ser cosa tan decente a la ocasión y tiempo”. Sólo la villa de Capilla le solicitó licencia para hacer sus fiestas y hacer las comedias, danzas y toros que acostumbraban hacer todos los años. Habiendo accedido el duque a todo menos a los toros, los clérigos Sebastián Gómez, Juan Calderón y Francisco Pérez, “indujeron y persuadieron a los mayordomos” de la villa para acudir al teniente vicario de la Puebla de Alcocer para que no se impidiese lidiar los toros bajo amenaza de excomunión.

Los acontecimientos fueron relatados de la siguiente forma: 
“Levantaron el pueblo a motín. La gente que había concurrido a las fiestas a son de campana tañida, ayudados y favorecidos los unos de los otros (después que con grave nota y escándalo lo hicieron al corregidor de la iglesia impidiéndole oír misa mayor, so color de que estaba excomulgado por el mandamiento del teniente de vicario de la Puebla, salieron a la plaza donde se habían de correr los toros con grande ruido de voces y descomposturas. Y el dicho Juan Calderón en cuerpo de hábito de soldado con una bandera tendida al hombro y detrás un tambor de guerra por su propia persona y la de un pregonero, hizo echar y echó otro bando en altas voces en que so pena de excomunión acudiesen a los toros, diciendo que él tenía comisión y era juez para ello y que se habían de correr aunque pesase al rey, al Papa y al duque, con lo cual se consiguió su intento y se corrieron los toros”.

Para evitar posibles alteraciones, las autoridades locales debieron aplicar las necesarias prevenciones para tener controlado el orden público, tanto durante el desarrollo del festejo como en su preparación. Desde la noche anterior a la corrida de toros se disponían rondas para evitar cualquier tipo de altercado y se aseguraba el cierre completo de la plaza para evitar cualquier posible huida de los astados, lo que en ocasiones sembraba el malestar entre aquellos que tenían la plaza como paso acostumbrado. Así ocurrió en 1676 cuando Juan de Villanueva, teniente de corregidor de Cartaya (Huelva), colocaba una carreta en una de las bocacalles que daban a la plaza mayor para cerrarla al tráfico, momento en el que José Domínguez tuvo el empeño de pasar a toda costa por ella. Su obstinación tuvo como resultado su arresto y posterior causa criminal contra su persona.

Las principales causas que alteraban el normal desarrollo del festejo consistían en la realización de robos, resistencia a desalojar el ruedo, salir espontáneamente a la plaza, situarse en lugares prohibidos, etc. Los alguaciles actuaban de grilleros y carceleros, hasta que el alcalde o corregidor iniciara proceso y dictara sentencia. Cada delito podía ser penado con azotes, galeras o con multas de diversa cuantía dependiendo de la gravedad del delito cometido.

La tarea de los alguaciles para mantener el orden no estaba exenta también de peligros, incluso para aquellos que se interponían en las reyertas espontáneas que se formaban. Uno de estos episodios ocurrió en Baquerín de Campos en 1587, cuando Rodrigo Sánchez y Bautista de Amusco en el intento de poner orden en un alboroto surgido en el desarrollo de una corrida, fueron agredidos y heridos por varios de los implicados. Sin embargo, lo más frecuente era que las espadas, puñales y rejones se empuñaran sin desenvainar completamente, como muestra de advertencia o amenaza. Pocas veces la hoja quedaba desnuda o se empleaba contra un contrario, pero cuando se hacía, las consecuencias eran bien trágicas.En 1602 por ejemplo, así sucedió un serio altercado en Corella entre varios espectadores de la corrida de toros celebrada en honor a San Roque, y en la que Juan de Sesma apuñaló en el pecho a Juan García, hecho que motivó que algunos amigos suyos fueran en su ayuda “metiendo manos a sus espadas”.

Los motivos que provocaban tumultos eran a veces de lo más baladíes, baste referir el suceso ocurrido en la plaza mayor de Dalías en 1677, cuando el joven Salvador Rodríguez volvía con una calabaza llena de agua para unas mujeres que se lo habían pedido y se hallaban en uno de los terrados de una de las casas que daban a la plaza. El joven, al pasar junto a Francisco Fernández Flores, éste le pidió agua, a lo que Salvador se negó justificando que era para unas mujeres. Enojado Francisco, “le quitó la dicha calabaza y la arrojó a la plaza, sobre lo cual tuvieron algunas palabras y se bajaron a la calle, y detrás de ellos bajaron algunas de las personas de las muchas que allí había”, y aunque los apaciguaron y convencieron volvieran al terrado, al poco “de la plaza salió a la calle mucha gente con las espadas desnudas dando voces”, lo que hizo actuar a los alcaldes de la localidad, que ayudados por un beneficiado de ella y el abad mayor de la iglesia colegial de Ugíjar “fueron quitando algunas espadas y apaciguaron la gente y todas se volvieron a la plaza y se prosiguió el regocijo de los toros, hasta que se acabaron con mucha quietud”.

No te pierdas la tercera parte de este artículo: Pan y toros (III).

Imagen| Taurología