miércoles, 20 de febrero de 2019

Las fotografías post mortem

Las fotografías de personas fallecidas era una práctica habitual en el siglo XIX

Fotografía post mortem de principios del siglo XX

La primera fotografía post mortem se tomó en 1840. Desde ese momento, su popularidad fue en aumento. Estas fotografías se tomaban del ser querido recientemente fallecido. En ocasiones se fotografiaba al difunto en su lecho de muerte pero también era habitual que el fotógrafo tratase de insuflar la ilusión de vida en la imagen colocando el cadáver en un entorno y en una postura vitales.

Las fotografías tomadas en el lecho del difunto solían ser retocadas para dar la ilusión de que el difunto estaba teniendo un plácido sueño. Se limpiaba y maquillaba el cuerpo, recostándolo sobre almohadones y entrelazando sus manos. A veces se añadían detalles que aludían a la muerte como una Biblia o flores colocadas alrededor.

Lo más frecuente, en cambio, era que se manipulase el cadáver para dar la apariencia de que estaba vivo. Para lograr esto, los fotógrafos se valían de diferentes métodos. Los cuerpos se sujetaban erguidos con sistemas de barras que colocaban debajo de la ropa, los ojos se abrían con astillas de madera o se pintaban directamente las pupilas sobre los ojos cerrados en la fotografía final así como rubor en las mejillas. La simulación de vida ya se había utilizado antes en la prensa con fines propagandísticos.

No es inhabitual encontrar imágenes en las que toda la familia acompaña al difunto, ya esté éste en el lecho o erguido como si no hubiera fallecido. En las fotografías post mortem de bebés, no era infrecuente que la madre sujetase al niño, tapándose con una sábana para parecer parte del fondo de la fotografía.

La fotografía de difuntos era la más lucrativa para los fotógrafos de mediados del siglo XIX. La popularidad de esta práctica puede explicarse como una manera de recordar a la persona fallecida, asequible para las numerosas familias que no podían permitirse un retrato pintado después de la muerte, como hacían los aristócratas. Además, era muy posible que la persona fallecida no hubiera tenido ocasión de hacerse una fotografía nunca antes, especialmente cuando se trataba de niños, por lo que la fotografía de difuntos era la última oportunidad de la familia de tener un recuerdo de la persona.

Estas imágenes ofrecían una suerte de momificación visual del cuerpo, de salvarlo en cierto modo de su putrefacción. Debe ponerse en contexto con el interés que había en esta época por embalsamar los cadáveres, como el célebre caso de la hija del Doctor Velasco en Madrid. También era frecuente preservar la memoria del finado cortando un mechón de cabello y confeccionando con él bisutería de luto. Este deseo de recordar la muerte del prójimo no debe entenderse con un sentido macabro sino como un deseo de rememorar al fallecido, igual que se hacía en la Antigüedad clásica al conservar las máscaras mortuorias de los antepasados.

Las fotografía post mortem empezó a decaer a principios del siglo XX, cuando se impuso la fotografía del funeral como evento colectivo y no del momento íntimo de la muerte. La desaparición total de estos retratos mortuorios se dio con los avances de la fotografía, cuando era mucho más sencillo y barato sacarse fotos en vida. Después de la Segunda Guerra Mundial esta práctica cayó en desuso prácticamente por completo debido a una nueva concepción de la muerte, más higiénica, que no transcurre en el lecho, como el siglo anterior, sino en el hospital, de la que somos herederos. No obstante, hay fotografías post mortem todavía incluso en los años 60.

Bibliografía

BORGO, M., LICATA, M. y IORIO, S., (2015): “Post-mortem Photography: the Edge Where Life Meets Death?” Human and Social Studies, Vol. 5, nº 2.

BORRÁS LLOP, J. M., (2010): “Fotografía / Monumento. Historia de la infancia y retratos post mortem”, Hispania, Vol. LXX, nº 234.

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