sábado, 19 de abril de 2014

Un cráneo desenterrado en Boyacá revela el homicidio más antiguo de América.

Una lesión en la zona parietal izquierda, ocasionada por un ataque con bastón, es el principal rastro forense de lo que podría ser el asesinato más antiguo de América. Los restos encontrados en Floresta (Boyacá) datan de 8.000 años y corresponden a un hombre cazador-recolector cuya expectativa de vida no sobrepasaría los 30 años.

Un golpe con un objeto contundente (un bastón o una madera dura) causó la muerte del individuo paleoamericano, según la evidencia científica arrojada por la UN. Foto Andrés Felipe Castaño / Unimedios
En 1943, el investigador Eliécer Silva Celis, fundador del Museo Arqueológico de Sogamoso (Boyacá), recibió el llamado de habitantes de Floresta (población ubicada en el altiplano cundiboyacense), quienes le informaron sobre la existencia de restos óseos humanos en una cueva de la vereda La Puerta.

El arqueólogo recogió las muestras, que al parecer pertenecían a la etapa más temprana del período Precerámico, el cual llegó hasta mediados del tercer milenio antes de Cristo (a. C.). Esa conclusión se derivó por el desgaste dental redondeado, los cráneos alargados y el proceso de mineralización de los huesos.

El explorador los guardó sin saber que estaba frente a un antiquísimo homicidio. 

En ese entonces, la hipótesis del profesor Silva era que la osamenta pertenecía a pobladores más antiguos que los chibchas. No obstante, setenta años después, el arqueólogo José Vicente Rodríguez, director del Laboratorio de Antropología Física de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá, comprobó que se trataba de hombres del Paleoamericano de hace unos 8.000 años, que llegaron desde Siberia, en el extremo noreste de Asia.

En la investigación también participaron expertos de las universidades Pedagógica y Tecnológica de Colombia, con quienes se sistematizaron los hallazgos.

Si bien, la antigüedad de los huesos sorprendió a los científicos, fueron las lesiones observadas en el cráneo lo que más les llamó la atención, pues eran compatibles con trauma severo perimortem, es decir, muerte en el momento del golpe. El profesor Rodríguez explica que el ataque tuvo tal fuerza y dirección, que se descarta la probabilidad de una caída u otro accidente.

Aún más sugestivo es que luego de analizar la literatura científica, todo indica que se trata del homicidio más antiguo registrado, no solo en el país sino en el continente americano. El ataque fue muy fuerte, tal vez con un bastón o una vara de madera dura que rompió la región parietal-temporal izquierda y afectó el cerebro del sujeto, que vivió seis siglos a. C.

Los restos corresponden a un hombre de edad media, muy robusto, cuya lesión se concentró en la región izquierda de la cabeza y produjo una fractura concéntrica y radial que se expandió por la parte superior del cráneo hasta alcanzar el lado derecho. 

Análisis de las muestras.

La sistematización de los huesos se llevó a cabo con el uso de compases de ramas curvas y rectas para medir la forma, longitud y ancho del cráneo, que en el caso de los paleoamericanos era alargado y angosto.

La profesora Clemencia Vargas, de la Facultad de Odontología de la UN, fue la encargada de analizar los dientes. Ella concluyó que eran de tipo macrodontes (dientes grandes), que presentaron un desgaste por una dieta compuesta por alimentos abrasivos como los tubérculos y que, además, el individuo se nutría de animales de monte.

Esto se verificó al realizar el análisis de isótopos estables de nitrógeno y carbono, los cuales permiten inferir información sobre los hábitos nutricionales de los seres vivos prehistóricos. Estos isótopos son moléculas que permanecen inalteradas con el paso de los siglos y se hallan en elementos como el carbono, el nitrógeno y el oxígeno, del que están compuestos los tejidos orgánicos.

Cuando un ser se descompone, los huesos y dientes pueden subsistir por un período mucho más largo y si se fosilizan, los isótopos estables se mantienen intactos, pues no se contaminan con otros elementos del entorno. Por ello, son muy valorados para realizar estudios relacionados con la alimentación y el hábitat de comunidades antiguas. Por ejemplo, si alguien consume papa, los isótopos del tubérculo se incorporan en el metabolismo de la persona y dejan una evidencia que puede ser hallada por los científicos a largo plazo.

Una técnica distinta se usó para determinar la antigüedad de los restos, a saber, la datación por radiocarbono. A diferencia de la anterior, en donde se analizan los isótopos estables, en este caso se estudian los inestables.

En la naturaleza, el carbono tiene tres isótopos: dos estables (12C y 13C) y uno inestable (14C). Este último se desintegra lentamente a lo largo de miles de años a partir del momento en que un ser muere. Según el grado de descomposición del carbono 14 al momento de hallar un resto, es que se determina su antigüedad. En el estudio del profesor Rodríguez, se extrajo 14C del colágeno de los huesos en el laboratorio Beta Analytic, en Estados Unidos. Los resultados revelaron la edad de 8.000 años de los restos óseos. 

Seres violentos.

Los paleoamericanos que se ubicaron en el altiplano eran cazadores-recolectores, cuya competencia por el acceso a los recursos pudo haber provocado enfrentamientos violentos que produjeron la muerte del individuo estudiado.

“Por lo visto, el acceso a tubérculos y a animales desembocaba en enfrentamientos que llegaban a

ser mortales”, sostiene el director del Laboratorio de Antropología de la UN, quien añade que la población masculina de este tipo de hombre no pasaba de 1,58 metros de estatura.

Se atacaban con palos y bastones, y no solo los hombres eran víctimas sino también mujeres. Además no pasaban de los 30 años de edad, debido a la dura competencia para dominar los territorios ricos en alimentos. Dado a que parte de su dieta era vegetariana, pudieron conocer el ciclo de florecimiento de las plantas en esas zonas.

Al indagar sobre la región donde se hallaron los restos (norte de Boyacá), los científicos han establecido que existió un lago al que acudían animales, como curíes y patos, y en cuya cercanía había una terraza natural, ideal para el avistamiento de la fauna. Este cuerpo de agua pertenecía al período Pleistoceno (de 2,5 millones a 10.000 años de antigüedad) y todavía quedan algunos rastros posteriores a su desaparición.

Por lo pronto, queda pendiente un estudio más sobre estos restos y es el componente paleogenético, que se realizará en el Instituto de Genética de la UN, con el fin de sistematizar y caracterizar el adn de estos antiguos pobladores de Boyacá.