domingo, 5 de octubre de 2014

El loco alemán que descubrió la mítica ciudad de Troya.

El loco alemán que descubrió una mítica ciudad.

El loco alemán que descubrió la mítica ciudad de Troya.
Por Diego Cortecero García.

Hay veces que pasa. Es raro, pero ocurre. Un tipo que parece no tener dos dedos de frente y al que nadie cree acaba haciendo algo grandioso y pasa a la historia por ello. Como le pasó a Colón tras su gran descubrimiento, a Van Gogh al innovar en su técnica o al personaje del que quiero hablar hoy, Heinrich Schliemann, descubridor de la mítica Troya.

Durante siglos se pensó que esta gran ciudad próxima al Estrecho de Dardanelos no era más que la invención de un poeta griego de la Antigüedad, Homero. Nadie tenía certeras pruebas de su existencia ni tampoco indicios de dónde podía encontrarse y fue por ello por que lo que acabó considerándose como el lugar protagonista de un cuento bélico.  Y así fue hasta que en 1871, ese loco alemán de apellido Schliemann confió en sus teorías e intuición y acabó cumpliendo su sueño, llegando a descubrir las ruinas de lo que fue esta poderosa urbe. Pero ¿Quién fue realmente este descubridor? ¿Qué sabemos de él?

Cuando era crío, con no más de cinco o seis años, su padre optó por, en lugar de contarle cuentos infantiles, leerle una y otra vez la famosa obra de Homero. Poco después, ya con ocho añitos, anunció a su familia que tenía la intención de descubrir Troya y así quitarle la razón a sus profesores de Historia, que negaban su existencia. Poco después ya había aprendido latín y escribió un ensayo con su teoría del lugar donde se encontraba su objetivo. Fue a los dieciséis años cuando parecía habérsele pasado la fiebre por la arqueología y se puso a trabajar en una droguería de dependiente. Tras varios problemas, acabó emigrando a América para encontrar un mejor empleo. No obstante, no llegó a su destino, pues el barco en el que viajaba naufragó y él estuvo a punto de morir. Por suerte fue rescatado en las costas de Holanda.

Fotografía de Heinrich Schliemann.
Interpretó aquel acontecimiento como una señal del destino, y decidió quedarse en Europa dedicándose al comercio. De tal modo que a los veinticuatro años era ya un comerciante acomodado, y a los treinta y seis  auténtico capitalista. Nadie sabía, que entre negocio y negocio, entre venta y venta, lo que seguía preocupándole a este señor era lo mismo que le quitaba el sueño cuando era niño: Troya. Debido a que por su trabajo viajaba mucho, él había aprendido a hablar, además del alemán, el holandés, el francés, el inglés, el español, el polaco, italiano, ruso, portugués y el árabe; sin embargo, su obsesión era el griego antiguo.

Sin previo aviso, Schliemann  dejó sus negocios y le comunicó a su esposa su decisión de ir a Troya. La mujer no daba crédito y tras intentar sin éxito hacerle entrar en razón ella acabó pidiendo el divorcio. El alemán no puso ninguna pega a tal decisión y al poco tiempo colocó un anuncio en el periódico para buscar esposa, donde pedía como condición que fuese griega. Acabó encontrando, gracias al anuncio, una mujer veinticinco años más joven que él y con la que acabó casándose. La ceremonia se celebró bajo el rito homérico, y cuando  tuvieron hijos, decidió ponerles de nombre  Andrómaca y Agamenón. La mujer hizo impensables esfuerzos por convencer a su marido de que bautizase a sus hijos, pero Heinrich, aunque aceptó, puso de condición que el cura leyese también alguna estrofa de la Ilíada.

Fue ya en 1870 cuando llegó a un lugar desértico de Asia Menor, con la certeza de que allí estaría lo que buscaba. Le hizo falta un año entero para conseguir las licencias necesarias para cavar allí, en la colina de Hisarlik. Fueron doce meses haciendo agujeros sin encontrar nada. Cualquier tipo con algo de cordura habría abandonado. Pero el protagonista de esta historia no era alguien muy cuerdo, y siguió insistiendo hasta que por fín encontró una caja de cobre que contenía cientos de objetos de lujo, fabricados con oro y plata. Schliemann lo llamo “El tesoro de Príamo”.

Tras este hallazgo despidió a sus excavadores y se encerró en su barraca con el tesoro, donde adornó a su mujer con los collares y joyas que se había encontrado. Telefoneó a todo el mundo para dar la noticia, pero nadie le creyó. Se dijo que era él quien había puesto a propósito allí aquellos objetos. 

Al poco tiempo se realizaron diversas investigaciones y acabó por confirmarse lo que Schliemann ya sabía. Aquello era Troya. Las excavaciones continuaron y se descubrieron hasta nueve ciudades. A partir de entonces la pregunta que los arqueológos se hacían no era la de si Troya había existido, sino averiguar qué ciudad de las nueve halladas era la mítica Troya.

Mientras tanto, el loco alemán se dedicó a enviar todo lo que se encontraba al Museo de Berlín. Realizó algunos pagos al gobierno turco, que le interesaba más el dinero que la arqueología. Y después se dispuso a demostrar que los personajes de la Ilíada eran reales, buscando en las ruinas de Micenas la tumba de Agamenón.  Una vez más volvió a demostrarse que una sola persona puede poner patas arriba toda una teoría histórica, pues él encontró los sarcófagos con los esqueletos de los descendientes del rey Atreo, con máscaras de oro, alhajas, y máscaras de oro de monarcas que se suponía que nunca había existido. Entonces nuestro protagonista escribió al rey de Grecia: Majestad, he encontrado a sus antepasados.  Tras esto, quiso seguir haciendo Historia y se dirigió a Tirinto, donde desenterró las murallas ciclópeas del palacio de Proteo, de Perseo y de Andrómaca.

Schliemann pasó el final de su vida polemizando acerca de los que dudaban de su descubrimiento desde Alemania. Murió en 1890, con casi setenta años tras haber trastornado los fundamentos, tesis e hipótesis sobre la ciudad de Troya, que se había considerado, hasta él, una ciudad mítica, un cuento inventado de Homero, o una leyenda griega transmitida de generación en generación.

Bibliografía:

MOREU, C. La guerra de Troya. Madrid, Oberon, 2005
MONTANELLI, I. Historia de los griegos. Madrid. Debolsillo, 2002.