martes, 8 de febrero de 2011

El deshielo acelera la 'caza' del mamut en Siberia.

Investigadores y comerciantes se disputan los restos del animal extinto que destapa el derretimiento continuo del permafrost. Los colmillos de marfil pueden alcanzar los 90.000 euros. China es el primer consumidor del mundo.

La leyenda dice que los cazadores que encuentran un mamut en Siberia se comen su carne congelada o se la echan a los perros mientras ellos arrancan los valiosos colmillos del animal extinto. En otras ocasiones, hacen cosas aún más raras.

"Una vez usé un secador de pelo para descongelar parte de la carne", explica a Público Dick Mol, uno de los hombres que extrajeron del suelo helado de Siberia al llamado mamut de Jarkov en 1998. "Era una mezcla de humedad, orina y heces única en el mundo; fue la primera vez que olí un animal extinto", asegura Mol, investigador del Museo de Historia Natural de Rotterdam y uno de los mayores expertos mundiales en la vida, muerte y extinción del mamut lanudo hace unos 10.000 años.

Cada primavera, las llanuras de Siberia se convierten en un western. Grupos de científicos, cazadores locales y tratantes de marfil llegados de Moscú se disputan o colaboran por un botín descomunal. Se trata de los cadáveres de hasta 150 millones de mamuts lanudos que aún permanecen bajo el permafrost, el subsuelo helado de la península de Taimyr y la República de Sajá, dos territorios rusos con una extensión siete veces mayor que la Península Ibérica .

La tundra funciona como una máquina del tiempo. Sus temperaturas bajo cero hacen que los mamuts enterrados conserven piel y pelo sobre los huesos y hasta su última comida en las entrañas. Por razones que algunos expertos atribuyen al calentamiento global, el permafrost se derrite cada vez más rápido, destapando un mayor número de fósiles y convirtiendo las praderas heladas de Siberia en una tierra de oportunidades.

Con el deshielo y antes de que el corto verano convierta la tundra en un cenagal intransitable, los científicos desem-barcan en Siberia para una nueva temporada de caza. Disponen de unas semanas para localizar el mayor número de restos. Compiten con cazadores locales que rastrean la tundra durante todo el año y cuyo principal objetivo es el marfil de mamut, con colmillos de hasta tres metros y 90 kilos.

"Si es marfil de primera calidad, su precio es de 1.000 euros el kilo", explica Bernard Buigues, un explorador francés que viaja a Siberia varias veces al año y que dirige el proyecto Mammuthus. Su objetivo es rastrear Siberia en busca de fósiles hasta 2014 para que estos no acaben troceados, enviados a tratantes de Moscú y San Petersburgo y vendidos a China, el mayor consumidor de marfil de mamut, o en páginas web.

Este mercado ha florecido en parte por la prohibición internacional del comercio de marfil de elefante en 1989. Desde entonces han aumentado las exportaciones desde Rusia hasta llegar a la cifra oficial de 60 toneladas al año. "El marfil de mamut no está protegido por ninguna ley, es como un mineral más de los que hay en Siberia", lamenta Buigues. "Lo único que necesitas es una licencia para extraer tanto marfil como quieras", señala el explorador, que advierte que las exportaciones de Rusia llegan a las 80 toneladas anuales contando el mercado negro. Los colmillos más vistosos acabarán vendidos a museos o a coleccionistas privados, según Buigues. Los menos valiosos y los huesos serán troceados y usados en Rusia y China para hacer figuras de todos los tamaños y formas.

Rinocerontes lanudos.

Uno de los ases de este negocio es Fyodor Shidlovskiy. Antiguo piloto de avión en Sajá, Shidlovskiy viaja a Siberia cada año en busca de fósiles. También regenta el Ice Age Museum de Moscú, donde se pueden ver mamuts y rinocerontes lanudos disecados, comprar figuritas de marfil e incluso encargar tallas personalizadas.

Los siberianos llevan usando el marfil de mamut desde el Paleolítico. A veces los colmillos se hallan a simple vista, sobresaliendo de la tierra como si fueran troncos en una tierra donde no hay árboles, explica Mol. "Si los colmillos están enteros nos cuentan la vida completa del animal", detalla. La composición química y el ritmo de crecimiento muestran de dónde llegó el animal, si tuvo hijos y en qué época del año murió, es decir, son un tesoro para comprender Quién o qué mató a los mamuts, el nombre de un proyecto de investigación que Mol y otros expertos inauguraron tras el hallazgo del mamut de Jarkov.

"En estas tierras todo funciona aún según la ley del Lejano Oeste", lamenta Régis Debruyne, investigador del Museo Nacional de Historia Natural de Francia. "Cuando encuentran un mamut, los cazadores limpian los restos con agua a presión para arrancarlos de la tierra y lo echan todo a perder", comenta. Debruyne es experto en extraer y analizar el ADN de mamuts y otros de los enormes animales que poblaron Siberia. Esta primavera acompañará a Buigues a una nueva expedición para extraer nuevos restos que están por identificar. El objetivo es localizar y acumular cuantos más restos mejor.

Si los restos de los mamuts no se retiran a tiempo, se corrompen, pierden toda su información sobre el animal y su hábitat útil para los científicos y también acaban por ser inservibles para el comercio. Según el proyecto Mammuthus, el 70% de los fósiles se pierde para siempre. Los cazadores comerciales logran un 25%, y los científicos, un 5%. La organización está promoviendo la colaboración con la población local para que este Lejano Oeste sea más parecido a una tierra prometida en la que unos puedan hacer ciencia y otros sacar dinero extra.

"En varias ocasiones han sido los habitantes los que nos han traído muestras", reconoce Mol, que comenzó a rastrear Siberia en 1997. Como recompensa de pasar semanas durmiendo en una tienda a temperaturas bajo cero ha podido quedarse con recuerdos, como el trozo de espalda de mamut que tiene en el congelador de su casa. "Aún puedo tener aquel olor único si lo descongelo", concluye.


Extraído de Público