miércoles, 6 de abril de 2011

París rinde homenaje al arte vudú.

La Fundación Cartier expone por primera vez la colección Kerchache.

Vudú. Las dos sílabas suelen provocar pánico o fascinación en el hombre occidental. Hasta el propio poder militar colonial francés, a finales del siglo XIX y principios del XX, se interesó por la geomancia practicada por los rebeldes de Dahomey en tanto que temible arma esotérica de guerra. El estigma ahí quedó. Para salir de ese estigma, y para subrayar el valor estético de toda una cultura, la Fundación Cartier expone a partir de hoy en París, por primera vez, una colección de unas 70 esculturas vudú. Sin pretextos etnológicos o coloniales. Sólo por su valor artístico.

"Para las artes primitivas, y sobre todo para el vudú, existe Jacques Kerchache, y sólo existe él", escribió Malraux para referirse precisamente a su colección de bocios (esculturas rituales) de la etnia Fon y de la etnia Nagó (cercana a los Yoruba) de Benin, que se expone en la sede de la Fundación Cartier. La gran institución acoge al visitante en la planta baja con un primer círculo de bocios guardianes de las casas, simples esculturas de madera, de formas humanas o semihumanas.

A la luz del día, en el edificio semitransparente de la fundación ideado por Jean Nouvel, esos bocios guardianes cobran la forma de una amable aldea, que acoge con sonrisas al visitante parisino. Los bocios, que muchos aldeanos fon colocan delante de sus puertas, tienen por supuesto una función ritual: esas deidades atraen todo maleficio o mala intención que pudiera pasar por su puerta, y los engullen; sólo dejarán pasar las vibraciones positivas, y las transmitirán en el círculo de vida aldeano.

Pero en esas figuras simples, hechas de madera, barro, saliva, sangre, pellejos y vísceras, se esconde otra realidad más elocuente para el sofisticado occidental. La cultura vuduizante como la llama el artista haitiano Patrick Vilaire "responde a las preocupaciones que todos los seres humanos siguen teniendo, pese a los progresos extraordinarios de la ciencia. ¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos? ¿De dónde venimos?", explica el teórico Gabin Djimassé. El pueblo Fon llama vudú (palabra que se puede traducir por deidad) a "esa idea ampliamente compartida de la presencia de una fuerza por encima de todo, intangible, de la que depende todo lo que existe, y que se transmite por un aliento del que nosotros no somos más que una de las resultantes", añade Djimassé.

El arte del shock.

Pasada la planta baja, expuesta al sol, hay que bajar al sótano sin ventanas para ver el plato fuerte, la sala oscura concebida por el escenógrafo Enzo Mari. Tenues iluminaciones en medio de la habitación enteramente negra alumbran pequeños bocios rituales. Sus mil cordeles que pueden representar las guerras de la trata negrera en la Costa de los Esclavos. Sus restos de mandíbulas humanas o animales. Las pieles de reptil. Los cauris, a la vez vida y moneda. Hasta llegar al formidable Carruaje de la muerte, una escultura que muestra paralelismos entre la mitología de la Grecia clásica y la mitología Fon, probablemente unidas según ciertos expertos vía Egipto.

"Ante el arte africano, cuanto más sea usted agredido y desconcertado, más tendrá que estar atento; no tenga miedo a la conmoción, al shock", escribió Jacques Kerchache, recordando que en esta escultura, sustituta de la escritura en las civilizaciones de tradición oral, la antigüedad de las obras carece de importancia.

Tras ser ninguneado por varios presidentes y ministros franceses, el aventurero Kerchache se plantó un día de 1990 ante Jacques Chirac, mientras este se bronceaba en Isla Mauricio. "Esa foto en la que se le ve a usted con un libro de arte africano en su despacho ¿es una puesta en escena o de verdad le interesa? Me presento: Soy Jacques Kerchache". Chirac se quitó las gafas de sol: "¡Hombre, Kerchache! ¡Qué gustazo!". Cinco años después, Chirac era presidente, seguía apasionado por las artes primigenias y ya era un iniciado. Kerchache lo convenció para meter mil millones de euros en el Museo del Quai Branly y en sus obras. El arte de otros mundos ya era arte en pie de igualdad.

Extraído de Público