jueves, 30 de agosto de 2012

El tétrico espacio de las calaveras de Wamba.

Los restos óseos están apilados sobre las paredes.
Ni la persona más templada puede permanecer indiferente ante espectáculo tan tétrico. Imposible que un escalofrío no recorra, de pies a cabeza, un cuerpo vivo que pronto o tarde se verá reducido a lo que presencian sus atónitos ojos. Y no digamos si el día es de tormenta -caso de nuestro viaje-, de cielo negro y relámpagos que vierten destellos atronadores sobre un recinto en el que se apilan miles de calaveras, omóplatos y fémures humanos. La sala es de piedra, fría como un cadáver. Al entrar, los ojos se desorbitan, pero pronto detectan la presencia invisible de unas manos cálidas que con paciencia, delicadeza y tesón fueron colocando sobre las paredes esos trofeos de la vida hasta lograr un equilibrio casi imposible. Está catalogado, a pesar de la ausencia de estudios rigurosos, como el osario medieval más importante de la Península y se encuentra junto a la iglesia mozárabe y románica de Santa María, en la localidad de Wamba, a 17 kilómetros de Valladolid.

El pueblo, el único de España que incorpora la uve doble a su topónimo, debe su nombre al rey visigodo que se coronó como tal en un lugar que allá por el siglo VI denominaba 'gérticos' a sus habitantes. La localidad, al igual que la que existe en la provincia de Zamora, se llamó durante mucho tiempo Bamba, hasta que a principios del siglo pasado un historiador decidió cambiar la B por la W, en honor al monarca, según sostiene José Luis Velasco, párroco y estudioso de la historia y del arte de la zona.
Cráneos de facultad.
Quienes apilaron de forma tan minuciosa huesos y huesines fueron los propios habitantes del pueblo, hace más de 20 años, preocupados por las humedades que podrían mermar aún más un atractivo patrimonio histórico y turístico, ya reducido por las toneladas de huesos que de Wamba salieron hacia las facultades de Medicina de toda España, especialmente Madrid y Valladolid. «La diferencia para los alumnos entre estudiar un dibujo de una calavera a hacerlo sobre un cráneo real, era muy notable. Hasta don Gregorio Marañón se llevó de una tacada dos camiones para la capital de España», asegura el cura jubilado, de 72 años, que sigue dando misa a varios pueblos de la comarca de los montes Torozos ante la falta de vocaciones.
Marañón analizó los restos y concluyó que podían situarse entre los siglos XIV y XVII. Otra cosa muy distinta es su procedencia. Algunas tesis sostienen que los cadáveres corresponden a los frailes de la orden de San Juan Bautista de Jerusalén que durante varios siglos habitaron el monasterio adjunto a la iglesia, del que apenas quedan restos. Otros, como el párroco Velasco, creen que, además de pertenecer a los monjes, procedían de los muertos de todos los hospitales medievales que se extendían por territorios contiguos.
Sea como fuere, el osario es digno de visitar. Antes figuraba a su entrada un epitafio demoledor: 'Como te ves yo me vi, como me ves te verás, piénsalo y no pecarás'. Tal vez su hiperrealismo tuvo algo que ver con la decisión de suprimirlo, aunque el cura, don José Luis como le nombran los wambeños, le resta importancia. «Siempre se ha dicho que el hombre es sagrado en vida, muerte y huesos, pero morir solo significa un paso más en la vida». Él prefiere que el visitante explore la riqueza artística de una iglesia realmente coqueta, encantadora, y objeto de estudio para expertos, alumnos de arte, curiosos y licenciados.
Representa la iglesia de Santa María (monumento nacional desde 1931), una de las joyas más destacadas del mozárabe: un ábside poligonal del siglo X que en el interior luce pinturas policromadas medio borradas por el tiempo, pero que dejan ver aún, en rojo y negro, figuras de animales y vegetales. Unido al ábside se erige majestuosa la iglesia construida en románico tardío (siglo XIII) con exquisitos capiteles decorados con escenas vegetales, de animales y humanas que la confieren especial singularidad. A esa época pertenece la pila bautismal, caída en desuso, a pocos metros de otra romana. De mucho antes, del siglo VII aún quedan vestigios visigóticos, pero sobre todo leyendas sobre sus reyes. Dicen que Wamba estaba afanado con el arado cuando le avisaron de la muerte de su antecesor (y para algunos padre) Recesvinto. Si bien es cierto que este monarca murió en la localidad vallisoletana, a la que supuestamente eligió por sus aguas curativas, hay que poner en solfa lo del arado y la amenaza de un soldado de matarle, al negarse a aceptar su destino. También cuentan que en un sarcófago reposaron sus restos que después fueron trasladados a la catedral de Toledo, donde parece que fue coronado Wamba, pese a lo que digan los lugareños, que doña Urraca pasó allí el final de sus días y que muchos reyes asturleoneses se trasladaban a la localidad en sus días de asueto para entretenerse con la caza.
Extraído de HOY