miércoles, 10 de octubre de 2012

Los Wayúu, la tribu colombiana que volvió al arco y la flecha para defenderse de una minera.

En La Guajira, casi en el límite con Venezuela, una minera avanza sin freno contra el asentamiento Tamaquito II, donde todavía viven 32 familias. Una crónica de la amarga resistencia de un pueblo para conservar sus ritos ancestrales.

El arco y las flecha, de ser herramientas o armas para alimentarse,
había pasado a ser un juego pero volverán a ser un arma si no los escuchan.
En Tamaquito II, un asentamiento de los indios Wayúu en La Guajira, al norte de Colombia, las familias mantienen vivo un rito ancestral. Cavan un hueco cerca de su Pichi (refugio, casa para el occidental) y entierran allí el ombligo de los recién nacidos. Marcan el lugar, para no olvidar de dónde son. Se conectan con el territorio. Ya enterraron más de 150 ombligos. El último, el de Geovanni Camilo Fuentes, un bebé de dos meses, hijo de Sandra Paola Bravo Epieyuu. Nunca los desentierran. Se van sumando cada vez que viene un nuevo miembro de la familia. Sin embargo, aunque hay dos mujeres embarazadas en el asentamiento, no saben dónde enterrarán sus ombligos. Tamaquito II será reubicado.
En 1965, cuando don José Alfonso Epieyuu llegó a Tamaquito jamás imaginó que el lugar y los ritos de su gente estarían en peligro. Venía de la Alta Guajira, por Lagunita, pasó luego al Descanso, y deambuló por la Serranía de Perijá. Nunca cercó, nunca tuvo en cuenta los límites. Para él, para su pueblo, la tierra es de quien la trabaja. El territorio pertenecía a todos los Wayúu, el mayor pueblo indígena de Colombia, con cerca de 400 mil personas que viven casi todas en La Guajira. Viven sin divisiones, ni mallas, con la libertad de andar y trabajar donde quieren. Don Alfonso llegó allí caminando, siguiendo la tradición nómada de los Wayúu. Era su territorio, pero no sabe si lo seguirá siendo.
La principal amenaza son las varias multinacionales que se apoderaron de miles de hectáreas para extraer minerales. Una de ellas, El Cerrejón, una firma que explota el carbón, en su proyecto de expansión pretende quedarse con más terrenos todavía. Avanza como la locomotora minera, a todo vapor. En 2011, vendió 32,3 millones de toneladas, pero quiere llegar, pronto, a exportar 500 millones de toneladas. Don José Alfonso y su comunidad no duermen tranquilos.
Tamaquito II, un territorio poblado por 32 familias, 195, personas, está a una hora en mula de Venezuela. El camino ya desdibujado, expropiado por la multinacional, los ha cercado. Por ahí ya no pueden transitar. Pero a uno y otro lado de esa frontera que para ellos no existe viven cientos de hermanos de la familia Wayúu. Los de Tamaquito tendrán que irse, exiliados de su lugar ancestral, el mismo en el que entierran su ombligo, guardan sus recuerdos, dialogan con sus espíritus, practican sus rituales de pueblo originario.
“Estamos dispuestos a usar nuestras flechas para defender lo que nos pertenece”, avisa Jairo Fuentes, un joven líder que en 2005 fue electo gobernador y que pertenece al clan de los Pushaina.  Fuentes lidera la lucha de Wayúu en Tamaquito, que se organiza a través de los clanes, grupos de familias con la autoridad y el poder para ejercer autoridad dentro de su estructura. Y dará pelea. 
En estos últimos años, el ejército acampó varias veces cerca del asentamiento. Ellos los dejaban, pese a que escuchaban sus reuniones y asambleas. Más tarde decidieron denunciarlos, cuando el ministro de defensa era el actual presidente, Juan Manuel Santos. Les preocupaba convertirse en falsos positivos (el ejército colombiano tiene varias denuncias por matar a civiles y luego hacerlos pasar como guerrilleros). Y dejaron una advertencia, a modo de defensa.  Si volvían a espiarlos estarían dispuestos a enfrentarlos: volverían a usar las flechas.
“Sabemos que el batallón Gustavo Matamoro cuida el territorio, pero protegen los intereses de la empresa”, reclama Fuentes. Este año volvieron a denunciarlos por invasión de su territorio. Lograron un acuerdo: la fuerza pública debe estar a más de 2 kilómetros de distancia de su predio. Ya no confían. Armaron una guardia indígena. Los mayores usan el bastón como sinónimo de respeto, y los jóvenes llevan el arco y las flechas; se ubican entre los árboles, mimetizados, manteniendo el orden, cuidando sus plantas ancestrales y sus animales, diezmados por los intrusos que talan sus bosques y pescan con explosivos. Sus vertientes, arroyos, fuente de la espiritualidad, fueron contaminadas por la mina, por el polvillo que llega con los vientos. Las explosiones ahuyentan a los monos aulladores, tampoco ha vuelto el tigre ni el león, quedan iguanas y conejos, más unos ñeques y zainos. Su enemigo, así lo llaman, es El Cerrejón.
En el asentamiento, de apenas 10 hectáreas, se ven unos pocos chivos, cerdos y gallinas. Allí cultivan la yuca, el maíz, el frijol guajiro, el filo, la malanga, el ñame. El arco y la flecha, que los ancestros usaban para cazar, para alimentarse, había pasado a ser un juego tradicional para los actuales Wayúu. En Tamaquito II vive el campeón departamental. Pero ahora los jóvenes empuñan sus arcos y flechas desafiantes. Les pregunto para qué lo usan. “Para jugar”, responden. Eso esperan.
Pero al mediodía una explosión los perturba. No se han acostumbrado, cada vez que suena se estremecen, se asustan y el cielo se cubre de gris.  La contaminación le daña la piel, les hace doler la cabeza. Sufren infecciones respiratorias y digestivas. Si hasta los chivos han mermado el parir. Tras el impacto salen a recorrer el territorio. Yurani Mileni Fuentes, una artesana de la comunidad que teje unas manillas, se queda. Entra a su casa, su territorio simbólico, afuera yace enterrado el ombligo de su hijo Adrián, no quiere desenterrarlo.
Pero muchos se resignan. No queda más que la reubicación. El Cerrejón ideó el proyecto, un lugar al que no quisieran trasladarse, porque los sitios ancestrales no se mudan así como así. Los de El Cerrejón dicen en los documentos de reubicación que “las comunidades Wayuu no tienen tradición territorial y mucho menos referentes simbólicos, míticos y culturales que los aten a esta tierra”. Así  justifican el traslado. Cuatro comunidades más, Roche, Patilla, Las Casitas y Chancleta, también serán trasladadas.  “Por qué, si aquí vivimos bien y alegres” dice Dayana Solano de 15 años, quien va todos los días a estudiar a Barranca.
En Tamaquito II no se quieren trasladar. Pero si finalmente los doblegan, exigirán que esas 10 hectáreas se conserven como un sitio sagrado. “Pedimos que no lo toquen, que respeten las tradiciones”, dice Jairo. Les ofrecieron tierras en otro lado, y casas nuevas de unos 3 metros cuadrados, como las que hicieron a los reubicados de Patilla –otro lugar comprado por la multinacional. No les alcanza ni para colgar su chinchorro el espacio. Por ahora, está el acuerdo de las tierras y de las nuevas viviendas. Lo más fuerte de la negociación es el valor cultural, natural y simbólico. No es negociable, exigen que quede como está. “En el otro lugar los espíritus no nos conocen y los de acá no se pueden llevar”, dicen. Tampoco los 150 ombligos que están enterrados.
Extraído de Revista Enie