lunes, 21 de julio de 2014

Arqueólogos hallan un templo de cazadores de tiburones de hace 3500 años.

Fue construido hace 3500 años frente al mar de Huanchaco. Forenses determinaron que fue habitado por pescadores.

Arqueólogos hallan un templo de cazadores de tiburones de hace 3500 años.
Recientes excavaciones han permitido encontrar el templo donde hace 3500 años los primeros pescadores de la aldea de Gramalote, asentados frente al mar de Huanchaquito, oficiaban sus misteriosos rituales.

Se trata de una construcción de piedra hecha en la zona más alta del pueblo. Tiene en el centro un patio ceremonial, con gradas y lo que pudo ser una especie de estrado. Aún quedan las huellas de un fogón que posiblemente los aldeanos impidieron que se apagara por años. 

También fueron hallados recintos privados en la parte posterior del templo. Lo especial de estos espacios es que un gran corredor los conectaba y el piso estuvo hecho de piedra. 

Hasta hace poco se pensó que estos pobladores dedicados a la pesca de tiburones caminaban horas hasta la zona media del valle para rendir tributo a sus dioses en las pirámides conocidas hoy como Caballo Muerto y Huaca de los Reyes, en Laredo. Pero este hallazgo ha demostrado que en Gramalote tenían su templo y hasta quizá sus deidades.

El centro de la plaza estuvo techado con totora sostenida por cuatro postes. Aún se observan los hoyos cavados para sostenerlos y en estos los arqueólogos encontraron tres cadáveres de niños. Se presume que fueron sacrificados, una costumbre que se repitió después en las huacas del Sol y la Luna y, siglos más tarde, en Chan Chan.

¿Es posible que hace tres milenios ya haya existido la figura del gobernador o del sacerdote o del personaje encargado de encabezar los ritos? Y si existió, ¿dónde vivía y dónde está sepultado su cuerpo?

La hipótesis planteada por el arqueólogo Gabriel Prieto es que esta sociedad entraba en un proceso de transición. De una civilización en la que todos se dedicaban a pescar a que algunos pobladores comiencen a especializarse en los rituales, pero sin dejar del todo su actividad en el mar. 

“A todos los adultos hombres que hemos desenterrado en Gramalote les creció un callo en el oído para proteger el tímpano. Eso ocurre en los hombres que se sumergen con mucha frecuencia en aguas frías. Pero uno de los personajes desenterrados en el templo no tiene este meato auditivo. Presumimos que en Gramalote no había sacerdotes a tiempo completo como los hubo en Huaca de la Luna siglos después, pero estaban en ese proceso de cambio”, explicó el arqueólogo.

Otro hecho que llamó la atención de Prieto es que en la mitad del templo se hallaron elementos masculinos como herramientas de pesca; y en la otra, femeninos como artefactos para hilar. 
“Pensamos que este templo, además de haber concentrado grandes festines, fue un espacio para iniciar a los jóvenes y enseñarles cómo ser útiles en la sociedad”, dijo el investigador. 

Los elementos relacionados a lo masculino y femenino fueron hallados en dos recintos hundidos, a los laterales de la plaza ceremonial. Se piensa que los jóvenes, hombres y mujeres, allí participaban en los rituales de iniciación. No hay iconografía o mayores evidencias al respecto. 

Hombres de rojo.

Un hecho demostrado es que estos pescadores se teñían el cuerpo de rojo. Aunque aún resulta difícil determinar con qué fin, se cree que lo hacían antes de ir de pesca.

El año pasado, el arqueólogo Régulo Franco descubrió una mina en el cerro Campana. Se pensó que se trataba de cinabrio, pero la especialista en pigmentos del Instituto Francés de Estudios Andinos Veronique Wright determinó que se trataba de hematita. 

Coincidía esto con las piedras, los batanes, las cerámicas, las conchas y hasta los cadáveres teñidos de rojo que se encontraron en Gramalote. Los análisis minerales son contundentes. El material lo extraían de esta mina y luego lo procesaban moliéndolo y mezclándolo con grasa de lobo marino. 

Justo uno de los siete cuerpos hallados en las tumbas del templo tenía los huesos del pecho de rojo y junto a él un pequeño recipiente de cerámica con rastros del pigmento. 
“Está demostrado que los tiburones tienen un desarrollado sentido del olfato. Tal vez este pigmento impedía que estos animales huyeran advertidos por la presencia de los humanos”, explicó Prieto. 

A pesar de estos descubrimientos, queda pendiente resolver quiénes tenían acceso a este templo, cuánto tiempo tomó su construcción, cuál fue su verdadera función y qué otros secretos seguirán enterrados en la zona aún inexplorada.