sábado, 30 de abril de 2016

La civilización y el Estado

Un recorrido que va desde la sociedad primitiva igualitaria hasta el Estado

Fenicia, cuna de la civilización
La cultura es, sin duda, la gran línea divisoria de la sociedad primitiva y la civilizada, siendo una producción social para domesticar y gobernar a los miembros integrantes de una comunidad, lo que posibilita su articulación mediante maquinarias complejas de organización social. Mediante ésta, y demás factores, vemos como las civilizaciones llegaron a la construcción del Estado.

El concepto de civilización ha sido estudiado desde diversas tendencias y posicionamientos ideológicos.

Las ideas evolutivas impregnaron sin dudas toda la filosofía moderna donde se acuñó los términos de "bárbaros y salvajes" a los pueblos primitivos, siendo una denominación peyorativa. Es importante aclarar que la concepción evolutiva aporta una visión lineal del devenir humano, lo que lleva implícito la idea del progreso y la finalidad. Nada más desacertado en el estudio de la realidad.

Para hablar de la civilización en un sentido primigenio y carente de gobierno centralizado o estatal, usaremos la terminación primitivacon esta connotación y no con ninguna tergiversada y mal empleada con otros fines despectivos.

El estudio de la evolución humana no puede estar enfocado con una óptica lineal que busca el punto de partida y su respectivo final, enfocado con perspectivas pragmáticas y funcionalistas. No existen caminos rectos, con sus atajos, ni sociedades superiores e inferiores. La mal llamada evolución humana es un progreso cíclico que comprende confrontaciones que demuestran que no hay evolución sino cambio constante a lo largo de la Historia.

Todas las sociedades, al igual que el ser humano como ente individual, y en general, toda la realidad existente, se han visto contrapuestas por su contrario, su negación continua, y esto es lo que permite una síntesis que se materializa en cambios de todo tipo. Dicho de otro modo, es un proceso dialéctico.

Las sociedades primitivas no se organizaban bajo el poder de un Estado sino por lo que entendemos como un igualitarismo. Esto es, en otros términos, la ausencia de una jerarquía. Estas civilizaciones se regían en condiciones de igualdad, donde era vital la figura del líder.

Para seguir desarrollando este apartado, es necesaria la aclaración de diversos términos para aplicarlos en consecuencia.

La palabra poder tiene diversas connotaciones, pero nosotros emplearemos en su sentido más amplio, como la capacidad relativa de una persona o un grupo para hacer que otra persona o grupo obedezca; o viceversa, es decir, la capacidad para no ceder. Por extensión, diremos también que el poder de la autoridad descansa, no en la obediencia por la posición jerárquica impuesta sino por el respeto, el hábito o la costumbre. Por tanto, entenderemos que este poder es legitimado por la relación recíproca entre la autoridad que la ejerce y el resto que acepta su reconocimiento y,por ende, su posición, pero siempre desde un plano distinto al de la coerción. A éste le denominaremos simplemente fuerza, es decir, poder político basado en la dominación sistemática mediante la violencia (manifestada de múltiples maneras) para el reconocimiento de una posición superior.

Las sociedades de este tipo se acostumbraban a regirse en una base de parentesco, donde la célula más importante es la familia comunitaria, estructurada en linajes familiares y en última instancia en clanes, los cuales se encuentran trabados entre los mismo por relaciones parentales.

En estos grupos de parentescos podemos ver autoridades establecidas. Cuando estos grupúsculos humanos aumentan en número, surge una necesidad de organizar el trabajo. Este trabajo es ejercido de manera comunal y sus recursos son redistribuidos entre los integrantes de la sociedad.

Cuando aumentan, como dijimos, requieren de un organismo que sea capaz de cumplir dicha función, que además genera relaciones de dependencia ya que habrá individuos y grupos que requieran de éste por su posición más desfavorecida. Aquí empezamos a encontrar diferencias sociales con respecto a las ganancias, ya sea en forma monetaria como en nuestra sociedad actual o en forma de bienes materiales como alimento o utensilios como en esta época histórica. Esta relación acabará convirtiéndose en jefaturas, las cuales son legitimadas por la situación material de vida, es decir: la economía.

La jefatura rompe por completo las normas de reciprocidad por las que se rige la sociedad tribal e introduce una figura en la cual se reúnen diversos poderes que acaban dotándole de una superioridad con respecto al resto de la sociedad. Por tanto, estamos ante una jerarquización donde esta reciprocidad perdida acaba cristalizándose en una relación de subordinación. Esta figura se coloca por encima de la estructura parental, dotando a su familia de un estatus social concreto. A partir de este momento, la sociedad comienza a ramificarse y empezamos a ver desigualdades entre unas familias y otras, las cuales buscan situar su presencia en una posición alta dentro de la famosa imagen de la pirámide social.

Es asombroso como, asumiendo dichos roles, las familias situadas en las altas cotas de la sociedad conforman realmente una "clase" dominante, cuyo término a priori puede sonar anacrónico para tiempos primitivos puesto que es propio de las sociedades post-industriales de época moderna pero que, sin lugar a dudas, refleja claramente las características que arropan a estos grupos elitistas.

A estas alturas, donde claramente vemos la estructura basada en la subordinación clasista, vemos necesariamente la aparición del Estado, el cual regula por encima de las relaciones sociales de parentesco, dotándose de herramientas para ellos, como normas coercitivas. Por tanto, a lo largo del desarrollo de todo este proceso, hemos asistido ante el ascenso de un grupo social concreto que, debido a las contradicciones sociales y materiales, se ha tenido que dotar de herramientas suficientes para permitirse su instauración en calidad de dominante, dando como respuesta la aparición del Estado.

Con la aparición del Estado no acaba, evidentemente, la sucesión de contradicciones a la que la realidad es sometida, nada más lejos de la realidad. Las condiciones cambian y por extensión, sus contradicciones también. En este punto, las diferencias antagónicas entre los dos grupos sociales, opresores y oprimidos; dominantes y dominados, son mucho más marcadas, y esto genera nuevas antítesis que son respondidas por las diversas civilizaciones diversas maneras.

Bibliografía

Service, Elman. Los orígenes del Estado y de la civilización. Alianza Editoria, 1984.

Engels, Federich. El origen de la propiedad privada, la familia y el Estado, Planeta-Agostini, 1992.

Lenin. El Estado y la revolución, Fundación Federico Engels, 1997.

Autor| Jesús Blanco García
Vía | Jesús Blanco García