viernes, 17 de junio de 2016

Breve historia de los judíos en España hasta su expulsión en 1492

La presencia semítica en la península Ibérica hunde sus raíces en lo más profundo de nuestra historia

La expulsión de los judíos de Sevilla, de Joaquín Turina y Areal
"Al quitarnos a los judíos nos habéis quitado infinidad de nombres que hubieran sido una gloria para la patria" (Emilio Castelar, 1869)

La presencia semítica en la península Ibérica hunde sus raíces en lo más profundo de nuestra historia. Podemos seguir su rastro desde Tartessos, en el contacto con los comerciantes fenicios, hasta la Hispania romana, donde los judíos gozan del estatuto de religión autorizada (religio licita), aunque no sin cierto repudio, como se muestra en el Concilio de Elvira.

Con los visigodos, sobre todo a partir del rey Recaredo, se adopta una actitud beligerante contra los judíos. La situación se agrava hasta el punto de ocasionarse crueles persecuciones, como las del reinado de Égica. No es extraño, por tanto, que los judíos allanen el camino de entrada a los musulmanes en el 711. Al-Ándalus supuso una época de tolerancia como dimmies, o protegidos del Islam, hasta la llegada de los almohades en 1147.

El rigorismo islámico de la nueva dinastía andalusí provoca el éxodo de muchos judíos a otras tierras. En los reinos cristianos del norte, en este caso, juegan un importante papel cultural y económico ya que, por un lado, son los transmisores del saber de los árabes y, por otro lado, se encargan de la recaudación de tributos y del tesoro estatal de los monarcas. Su creciente influencia en las altas órbitas y la práctica de la usura generan una actitud antisemita en la población alimentada, además, por el clero. La situación desemboca definitivamente en las feroces persecuciones del final del medievo.

Con el tiempo, el antijudaísmo comienza a orientarse hacia los judeoconversos, fundamentalmente desde la crisis político-económica castellana de mediados del siglo XV. La situación se agrava con el conflicto, revestido de sucesorio, que Enrique IV de Castilla mantiene con la nobleza y que termina desembocando en una guerra civil. Los “nuevos cristianos” se convierten en chivos expiatorios, se les culpa de la grave situación y se producen revueltas populares con cierto cariz antisemítico.

En los inicios del reinado de los Reyes Católicos, el criptojudaísmo no es castigado, más que nada, por la falta de instrumentos jurídicos apropiados. Sin embargo, en las Cortes de Madrigal, se satisface a las ciudades volviendo a una línea de intransigencia. En las Cortes de Toledo, igualmente, se dispone situar a los judíos en barrios separados, de los que sólo pueden salir en casos excepcionales, para evitar influjos. Las juderías se convierten en verdaderos guetos cercados por muros.

El papa otorga la bula Exigit sincerae devotionis y concede así el establecimiento de la Inquisición en los reinos de Castilla y Aragón. El tribunal, en este caso, estaría bajo el control de los Reyes Católicos. Se pensó, según Joseph Pérez, que con las medidas inquisitoriales los conversos se verían obligados a su completa integración. En 1483, por medio del tribunal de Sevilla, los inquisidores consiguen la expulsión de los judíos de Andalucía, alegando que esa era la única forma de acabar con el criptojudaísmo.

No obstante, no es hasta la después de la conquista de Granada, el último reducto musulmán, cuando se toma la decisión final. El 31 de marzo de 1492, los Reyes Católicos firman en Granada el Decreto de la Alhambra, elaborado por el inquisidor general Tomás de Torquemada, por el que se expulsa a los judíos de sus reinos. Esta población se ve obligada o bien al bautismo forzoso, o bien al exilio definitivo y al abandono de su tierra.

Imagen| Wikipedia