sábado, 11 de junio de 2016

Mercenarios en el siglo XXI (I)

Sobre los mercenarios del siglo XXI, los combatientes fuera de la ley

Imagen de mercenarios del siglo XXI
El Instituto Heildelberg para la Investigación de Conflictos Internacionales -HIIK- presenta anualmente un informe en el que detalla los conflictos bélicos activos. Simon Ellerbock y Peter Hachemer, autores del estudio, destacan la presencia, cada vez más importante, de mercenarios en cooperación con los ejércitos regulares, a través de empresas privadas.

Según el Derecho Internacional estas empresas son consideradas fuerzas de combate ilegales y carecen del estatus jurídico propio de los soldados. Diversos incidentes han provocado malestar en la población civil y en determinados entes de gobierno, una reacción que no constituye ninguna novedad: ya los tratadistas militares de Roma opinaron sobre la conveniencia, o no, de servirse de mercenarios, y dieron así inicio a un debate que prosigue a lo largo de la Época Moderna y llega hasta nuestros días.


Mercenarios y contratistas hoy

Según la Convención de Ginebra un mercenario es una persona que: «ha sido reclutada con el fin de luchar en un conflicto armado; toma parte directa en las hostilidades; tiene como motivación el beneficio personal y no es ciudadano de ninguna de las partes en conflicto ni miembro de sus fuerzas armadas». Si un soldado es capturado adquiere el estatus de prisionero de guerra y queda así protegido, teóricamente. Por contra un mercenario es considerado un combatiente fuera de la ley. La naturaleza del mercenario varía: se pueden encontrar desde individuos reclutados en África Central a cambio de un bol de arroz al día -por ejemplo en el conflicto libio, luchando a favor del bando de Muamar el Gadafi-, hasta ex miembros de cuerpos de élite.

Como en la Italia renacentista, el mercenario se agrupa bajo la infraestructura de una entidad militar de carácter privado, llamada ahora «empresa proveedora de servicios de defensa» o «contratista militar», todos ellos nombres que algunos autores, por ejemplo Jeremy Scahill, autor de Blackwater: el nacimiento del ejército privado más poderoso del mundo, tildan de descarado eufemismo. Tal es la eclosión del fenómeno mercenario que incluso el avispado sector editorial ha creado publicaciones periódicas especializadas en él, como la revista Soldier of Fortune, entre otras. Quizá por un tema de imagen, estas empresas no ofrecen directamente a sus mercenarios sino que prestan «servicios de seguridad, adiestramiento específico y defensa». Sus actividades se suelen centrar en zonas de conflicto bélico, por ejemplo durante las recientes guerras de Afganistán e Irak, y el actual conflicto en Crimea, así como también en determinadas zonas de América del Sur donde destruyen cultivos de coca. Estas empresas también se involucran en tareas de seguridad civil, por ejemplo, en el año 2005 durante la catástrofe del huracán Katrina y, en fecha reciente, en el contexto del Mundial de fútbol de Brasil.

El estatus jurídico de dichas empresas es más que dudoso en algunos casos: por una parte, algunas de sus acciones han ido más allá de las meras tareas de seguridad y defensa; por otra, países como Estados Unidos, al no ser signatarios de las convenciones internacionales en las que se define y limita el uso y contratación de mercenarios, mantienen una peculiar relación con estas empresas. Legalmente los mercenarios solo pueden acompañar a las fuerzas armadas del estado contratante, pero no entablar combate directo. Por supuesto este aspecto resulta difícil de determinar. Para alimentar recelos y complicar aún más la delicada situación de estas empresas y sus integrantes, Paul Bremer firma en el año 2004 la Orden número 17 en la que se define el estatus de los contratistas que trabajan para el gobierno estadounidense: se establece que ni las empresas ni los individuos que trabajan para ellas están sujetos a las leyes y regulaciones de las zonas donde actúan, sino a las de los estados que los contratan, lo que en la práctica les concede una suerte de inmunidad.


El momento actual

En la primera década del siglo xxi, el mercado de los ejércitos privados se dispara hasta convertirse en un negocio que mueve más de 100.000 millones de dólares en todo el mundo. Un informe del Congreso de los Estados Unidos señala que un 20% de su gasto militar entre los años 2003 y 2007 se empleó en la contratación de estas empresas, un total de 85.000 millones de dólares. Y no son solo los gobiernos quienes recurren a estas empresas, sino también organismos de carácter no estatal como la ONU, hecho que ha generado polémica. Por un lado, al usar mercenarios, los estados disminuyen el riesgo de sufrir bajas en sus tropas, pero, por el otro, el empleo de soldados privados conlleva ciertos dilemas éticos.

El analista político Carlos Alberto Pereyra Mele señala que no importa quiénes contraten a las compañías porque estas persiguen solo sus intereses: «Evidentemente lo ocurrido en las cárceles de Irak, lo que está ocurriendo hoy en día con la utilización de mercenarios en Siria y en el territorio libio, demuestra realmente que hay una hipocresía muy grande de las potencias occidentales cuando hablan por un lado de no combatir y por otro lado contratan y destinan gigantescas sumas de dinero a que estas empresas sigan funcionando, y facturando, ininterrumpidamente en estos territorios ocupados».

Las que siguen son las principales empresas que operan a nivel mundial en este controvertido sector a día de hoy:

- Academi: conocida anteriormente como Blackwater es la principal contratista de la que se sirve Estados Unidos, a través del Pentágono. Hasta 300.000 han sido los empleados de Academi que recibe, solo en el año 2004, 320 millones de dólares por sus servicios. Recientemente ha sido comprada por la corporación Monsanto, un fabricante de productos químicos para la agricultura cuya diversificación en el ámbito empresarial y la habitual controversia que despiertan sus acciones, le ha llevado a ganarse el siniestro y pomposo título de empresa más malvada del planeta.

- CS4: la contratista que cuenta con el mayor número de efectivos, más de 620.000. Con sede en Reino Unido, se encarga principalmente de la seguridad de bancos, aeropuertos -a escala mundial-, protección de prisiones y asentamientos israelíes en Cisjordania. El gobierno británico contrata en el año 2012 a CS4 para que gestione la seguridad de los Juegos Olímpicos de Londres.

- Defion International: con sede en Perú, recluta principalmente a mercenarios latinoamericanos. Su radio de acción se extiende hasta los Emiratos Árabes e Irak. Durante el reciente conflicto, envía a 3.000 de sus efectivos a Bagdad.

- Aegis Defense Services: presta servicio en 40 países y entre sus clientes encontramos hasta a 20 estados además de la ONU. Con 5.000 efectivos, tiene sede en Estados Unidos, Afganistán, Bahréin e Irak.

- Triple Canopy: creada por veteranos de las fuerzas especiales del ejército de Estados Unidos, su principal actividad consiste en la protección de instalaciones nucleares en todo el mundo. En el año 2009, consigue la totalidad de los contratos del Pentágono, por un valor total de 1.500 millones de dólares, cuando este tiene que prescindir del anterior contratista, Academi, que se encuentra bajo investigación.

- Dyn Corp: con 30.000 empleados, dispone incluso de fuerzas aéreas propias. Tras la retirada de las tropas estadounidenses de Irak, son sus miembros quienes asumen gran parte de sus funciones, por las que perciben un total de 3.400 millones de dólares al año. En 2003, la Computer Sciences Corporation compra Dyn Corp por casi mil millones de dólares. En la actualidad cotiza en bolsa.

- Unity Resources Group: con 15 oficinas en todo el mundo, tres de ellas en Irak, despliega a sus efectivos a medida que se retiran las tropas de las coaliciones internacionales.

Todas estas empresas necesitan personal con un perfil muy específico: un alto grado de entrenamiento militar y conocimientos de combate y manejo de armas. Por ello se nutren de antiguos soldados de élite. El aliciente del elevado salario que ofrecen hace que muchos cuerpos, como los SAS británicos, los Boinas Verdes norteamericanos y los JTF-2 canadienses, hayan visto muy reducido su número de efectivos. Así se comprende que, por citar un ejemplo, en el contexto de la operación Libertad Duradera, se encuentren apoyando a Estados Unidos en Afganistán hasta 104.000 efectivos de distintos contratistas privados.

Imagen| Wikimedia